Innovación

Ciudades inteligentes… ¿Ciudadanos inteligentes?

En España ya son 49 las urbes adscritas a la Red de Ciudades Inteligentes que aplican la última tecnología para ser sostenibles. La pregunta es: ¿qué hacen sus ciudadanos?

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30
julio
2014

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España está haciendo sus deberes y ya son 49 las urbes adscritas a la Red de Ciudades Inteligentes que aplican la última tecnología para ser más eficientes y sostenibles. La pregunta es: ¿qué hacen sus ciudadanos al respecto?

Santander es una ciudad plagada de sensores. Los parques, los aparcamientos, los autobuses, los taxis, los edificios, incluso los grifos de muchos santanderinos llevan estos tags – 12.000 en total, y subiendo – para medir, en tiempo real, todo lo que fluye y todo lo que se consume en la bella urbe cántabra. Un ciudadano, por ejemplo, puede saber en qué momento exacto llegará el autobús a su parada; incluso, su teléfono móvil le avisará un par de minutos antes para que no tenga que esperar bajo la marquesina. O informarse gracias a una ‘app’ del nivel de llenado de un contenedor de reciclaje, para saber si es o no un buen momento para sacar la basura. «Así pueden aprovechar mejor su tiempo», aclara el director general de Innovación del Ayuntamiento, José Antonio Teixeira.

Eficiencia. Esa es la palabra clave. Las ciudades ponen los medios para aprovechar mejor la electricidad, el agua, el vertido de residuos y , por supuesto, el tiempo. En plena crisis, estas medidas se presentan como una exigencia del guión. «Con nuestro proyecto no solo logramos una ciudad mejor gestionada y más limpia; también ahorramos dinero porque se optimizan los recursos. Ahora, cada año, ahorramos alrededor de un millón de euros en energía, que se pueden invertir en otros proyectos sociales. Es también una medida anticrisis, sin duda», afirma Teixeira.

La ciudad es un ecosistema complejo, atravesado por flujos de energía e infinidad de materiales.

La ciudad es un ecosistema complejo, atravesado por flujos de energía e infinidad de materiales.

La ciudad cántabra ha invertido mucho dinero y esfuerzo en «ser más inteligente». La Unión Europea ha tomado nota, y ha concedido al Ayuntamiento 480.000 euros a fondo perdido para realizar una auditoría energética. Previsiblemente, los resultados serán positivos: la ciudad mide incluso los niveles de humedad de sus parques y un sistema automatizado emplea en cada momento el agua justa para regar. También optimiza el alumbrado público. Es una de las más eficientes de nuestro país, y solo es el principio. «Al principio fue un proyecto piloto de la UE, pero nosotros aprovechamos para aplicarlo desde el principio a casos reales», explica Teixeira. «Esta es la dirección a tomar, y seguimos avanzando en nuestro plan de eficiencia».

Málaga es otra de las ciudades con más «cerebro» de España. Un consorcio de 11 empresas lideradas por Endesa está desplegando en la zona de la playa de la Misericordia tecnologías de última generación para una mejor gestión de la energía en las redes, para desarrollar balances eficientes de la demanda e involucrar a todos los agentes del sistema eléctrico, desde la generación hasta el consumo. La ciudad andaluza ha sido el campo de pruebas de Enel, matriz de la eléctrica española, y ha demostrado que es viable un nuevo modelo de gestión energética para las ciudades, al alcanzar los objetivos iniciales de ahorro energético del 20%, lo que supone una reducción anual de 6.000 toneladas de emisiones de CO2 y una mejor integración de las renovables en la red de distribución.

Son dos ejemplos esperanzadores de las decenas de ciudades que se han sumado a la fórmula de «mejor gestión significa más ecología y ahorro». La pregunta que nos queda es: y nosotros, ¿qué hacemos al respecto? La persona es el eje principal de estas políticas, pero a veces da la impresión de quedar sepultada bajo tanta tecnología.

«Hay mucho camino por recorrer aún en el cambio de hábitos, y ese es uno de los puntos de nuestro plan», comenta la responsable del proyecto Smartgrids de Endesa, Susana Carrillo. «No basta con dar información, que también es importante; hay que tratar el tema desde abajo, desde la infancia. El comportamiento sostenible debería ser una materia a estudiar en el colegio».

Informados estamos, y también preocupados por nuestro entorno. Al menos, eso es lo que se desprende de un estudio realizado el pasado mes de septiembre por la empresa TNS a partir de datos de la Unión Europea. Casi todos los españoles, un 94%, consideran que proteger el medio ambiente es importante, y un 87% admite que tenemos un papel relevante en la protección del entorno, aunque no nos hacemos del todo responsables: la mayoría seguimos achacando la responsabilidad contaminante a las grandes corporaciones industriales. Esto demuestra, según dice el estudio, que aún no hemos dado el paso para aceptar nuestro poder como ciudadanos en revertir gran parte de los problemas ambientales, y preferimos escudarnos en que las grandes empresas dejen de contaminar.

Sin embargo, el estudio arroja también algunos datos que dan pie al optimismo: en el último mes previo a su publicación, el 65% de los españoles preguntados separaron los residuos para reciclar, y más de la mitad declararon que están concienciados en reducir la factura de luz y agua. Respecto a lo que piensa el ciudadano medio: un 59% considera que se debe reciclar, un 56% reducir el consumo de energía en el hogar y un 45% usar el transporte público tanto como sea posible en lugar de su propio coche.

Endesa está implantando una herramienta crucial para lograr esa reducción del consumo en el hogar: el contador electrónico de lectura automatizada, que en 2018 será obligatorio en toda Europa. La eléctrica española se ha adelantado y ya lo ha instalado en cuatro millones de hogares. «Permite a los usuarios saber cuánto están consumiendo en cada momento, y cuánto consume cada uno de sus aparatos», informa Carrillo, y aclara: «Queremos acabar con las facturas farragosas y las estimaciones, y dar una información muy detallada que permita al ciudadano adaptar sus tarifas según el uso diario o decidir qué electrodomésticos comprar en función de lo que gastan». Es una ayuda inestimable a la hora de cambiar los hábitos de la población para que gestionen mejor los recursos, pero Carrillo insiste en que el factor educacional «es fundamental».

En esa misma línea opina el arquitecto urbanista Carlos Verdaguer. «El urbanismo debe dejar de ser un concepto limitado a un sector y convertirse en un lenguaje común para todos. Hasta en los colegios, los pequeños deberían saber ‘contar’ sus ciudades y participar en ese proceso colectivo por el que construimos nuestra ciudad».

Verdaguer pertenece a la consultora Gea21, dedicada al asesoramiento en temas que abarcan el urbanismo, el medio ambiente, la igualdad de oportunidades, la economía social, la movilidad sostenible, los ciclos del agua, el recurso y consumo de residuos… Su último proyecto, EcoCity, fue inicialmente diseñado para generar alternativas de transporte sostenible, pero ha ampliado su ámbito de aplicación a lo largo de su desarrollo hasta convertirse en un programa integral de investigación sobre la sostenibilidad urbana en Europa. Para esta consultora, la educación ciudadana es fundamental, y entre sus proyectos hay muchos dedicados a la formación en el ámbito urbanístico y rural.

En la Playa de la Misericordia, en Málaga, se están desarrollando tecnologías de última generación para impulsar la sostenibilidad de esta ciudad.

Hay otros signos de que algo está cambiando. Algunos centros educativos empiezan a tomarse muy en serio la sostenibilidad y la incluyen en sus programas de asignaturas. El colegio pacense Puente Real, por ejemplo, implica a todos los alumnos, todos los años, en la recogida de cartuchos y tóners, pilas, móviles viejos, aceite doméstico usado, bombillas, papel y cartón e incluso aparatos eléctricos y electrónicos como ordenadores o radios para su reciclaje. «Concienciar a los escolares –y a través de ellos a toda la comunidad educativa y a sus familias– de que el reciclaje es una acción necesaria para proteger el medio ambiente y construir un mundo más sostenible», señalaba recientemente su jefe de estudios, Lucas Macarro, al diario Hoy.

Otros se toman tan en serio la sostenibilidad que la incluyen como elemento troncal de todo su programa lectivo e, incluso, en el propio nombre del colegio. Es el caso de la Escuela Sostenible San José, en la localidad madrileña Torrejón de la Calzada. Todos sus alumnos deben cumplir con un decálogo de conducta ambiental que incide mucho en el reciclaje, pero también en el ahorro y la optimización de recursos, principales objetivos de las ciudades inteligentes. Así, las cuatro últimas reglas rezan: «Utilizaré solo el agua que necesite, ahorrándola siempre que sea posible», «Apagaré las luces cuando no sean necesarias», «Cerraré puertas y ventanas cuando esté la calefacción funcionando» y, tal vez la más importante: «Procuraré que en casa también cumplan estas normas».

Sin duda un gran avance, aunque al final, ser o no ser sostenible depende de la implicación de cada uno, individual o colectiva. Para Gea21, «la ciudad es un ecosistema complejo, atravesado por flujos de energía y materiales, como escenario privilegiado de lo social y como realidad construida, lo que se traduce en un conjunto de innovadoras metodologías de diagnosis, intervención y evaluación en las que los mecanismos de participación y control de los usuarios tienen un especial protagonismo».

Pero no solo el ciudadano debe implicarse para que las ciudades inteligentes tengan sentido y cumplan con su finalidad. Las empresas son otro actor fundamental que tiene que cambiar sus hábitos de producción y distribución. «La base de todo esto es que tú tienes que adaptarte a un nuevo contexto social y económico en el que vives», opina Carrillo.  «Las corporaciones también deben tomar nota de esto. La gente cada vez es más exigente, quiere saber en qué se gasta su dinero y le preocupa el medio ambiente. Ahora las reglas del juego son otras».

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