Opinión

Sobre la falla de Wellington

Alma Pérez, directora de La Célula, reflexiona sobre los desafíos del cambio climático y advierte que mientras los estados muestran su incapacidad para el liderazgo, las empresas avanzan tímidamente.

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09
May
2011

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Por Álma Pérez

Recientemente en uno de esos programas que visitan a los españoles que se han instalado fuera de nuestras fronteras acompañaban a una mujer que residía en la capital de Nueva Zelanda, Wellington.

Como es habitual en este formato televisivo, el encuentro contenía todos los elementos que nos hacen envidiar la migración a lugares diferentes. Una vida agradable en un entorno envidiable. Pero la protagonista no podía ocultar un poso de desazón permanente mientras mostraba las maravillas del lugar. Y es que la visita y las explicaciones sobre Wellington incluían referencias constantes a la actividad sísmica de la ciudad, la cual es elevada incluso para Nueva Zelanda. En 1855 allí tuvo lugar el terremoto más devastador de la historia del país, con un magnitud de 8,2 en la escala de Ritcher.

Lo más epatante de todo es que una falla pasa por el centro de la ciudad. Los habitantes de Wellington conducen sus coches por encima de una falla sísmica. Así es fácil comprender la incomodidad de una madre de dos hijos, especialmente cuando mostraba detalles como la marca  en el asfalto que indicaba hasta donde llegó la última ola que entró en la ciudad a causa de un terremoto. Daba miedo hasta desde Madrid.

Todo muy anecdótico y algo excéntrico, pero también enigmático. ¿No es extraño fundar una familia en un lugar donde es inevitable que se produzca un gran terremoto? ¿No es imprudente que cerca de 200.000 personas residan sobre una falla?

Hace unos días la Agencia Internacional de la Energía publicaba que en 2010 se batieron los récords de emisiones de CO2. Por este motivo, la Agencia calificó de “casi una utopía” el objetivo de la comunidad internacional de limitar el calentamiento global en unos dos grados centígrados. La tendencia actual implica que estamos ante el 50% de posibilidades de que las temperaturas medias en el planeta aumenten hasta más de cuatro grados centígrados el próximo siglo. Una auténtica amenaza para la vida en la Tierra según apuntan los expertos.

Los habitantes de Wellington no son unos locos, demuestran una gran humanidad. Esa misma que parece afectarnos a todos cuando vivimos contemplando sin reaccionar una amenaza que se constata con cada nueva evidencia relacionada con el cambio climático.

Hay algo en nuestro modo de abordar el futuro desde el presente que está fallando. Tal vez es la dimensión del reto, la urgencia de resolver los problemas inmediatos o  alguna suerte de mecanismo de supervivencia,  pero lo que parece cierto es que el proceso de cambio climático nos exige una evolución individual y social que no se está produciendo.

Los estados han mostrado su incapacidad para liderar el proceso, las empresas avanzan de forma tímida aunque algunas reclamen a los gobiernos compromisos más serios y los ciudadanos no acaban de reaccionar, lo que reduce drásticamente los incentivos de los dos primeros para abordar los grandes cambios que se necesitan.

Sin embargo, al cambio climático estamos todos invitados. Como en Wellington, vivimos sentados sobre un terremoto que se está fraguando. El informe de la Agencia Internacional de la Energía es sólo un aviso más de que la erupción se está acercando.

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