«Tenía dos opciones: casarme joven o ser objetivo de agresiones sexuales»

joven

Saira: «Tenía miedo de casarme, era demasiado joven, pero tuve que escuchar a mis padres; fue su decisión»

Comparte este artículo

La estufa de arcilla alimentada con leña chisporrotea mientras Saira, una niña de 15 años, sopla a través del bambú hueco para mantener las brasas encendidas. Cocinar es una de las muchas tareas que la joven heredó cuando se convirtió en nuera a los 13 años. «Me dijeron que era mejor casarse joven que ser objetivo de agresiones sexuales, ¿qué opción tenía?», dice Saira.

Al crecer y hacerse más mayor, Saira reflexiona sobre la difícil vida que su numerosa familia de diez miembros soportó para salir adelante. Con los escasos ingresos obtenidos de la venta de artículos de bambú, cada día era un reto. «Mi padre hacía canastas de bambú para venderlas y poder ganar dinero para administrar la casa».

Para Saira, estudiar hasta tercer grado fue lo más cerca que estuvo de recibir una educación. La presión de ayudar a un hogar con pocos ingresos en una edad tan complicada como la adolescencia hicieron que, al final, abandonara sus estudios. «En la escuela aprendíamos a contar e idiomas, pero tuve que dejarla porque mis hermanos eran pequeños y mi padre necesitaba a alguien que le ayudara a obtener ingresos. Fabricaba artículos de bambú y ​​los vendíamos en el mercado. Los hombres, incluido mi padre, no iban al mercado. Existía el temor de que si iban podían ser obligados a realizar trabajos para los militares sin recibir nada a cambio, como cortar hierba, coger agua y otras tareas en la construcción. Por eso las mujeres íbamos al mercado. Yo tenía miedo de ir sola por si los militares me agredían», cuenta Saira.

El miedo de Saira se hizo realidad cuando una niña de su pueblo fue agredida sexualmente. «Zaira era mi amiga e íbamos juntas a la escuela. Era más joven que yo. Fue violada por los militares. En nuestra cultura, si a una mujer le sucede esto es estigmatizada y condenada al ostracismo junto con su familia», dice Saira. Este suceso desencadenó una realidad aterradora para la joven que no estaba preparada mental, física ni emocionalmente. «Tenía miedo de casarme, era demasiado joven, pero tuve que escuchar a mis padres; fue su decisión. Casarse me pareció la opción más segura para protegerme de los ataques».

La única celebración que recuerda fue vestirse con ropa especial el día en que se fue a vivir a la casa de sus suegros. No hubo una ceremonia de celebración, tan solo el cambio de residencia, que marcó el comienzo de su enlace con su esposo de 18 años.

Marcada con el símbolo del matrimonio, Saira se preparó para asumir las responsabilidades de una nuera obediente. «El piercing en la nariz es el símbolo del matrimonio. Mis suegros me regalaron, por mi llegada a la familia, un nose pin y un reloj. Mi vida cambió con el matrimonio y en casa de mis suegros tenía que cocinar, lavar la ropa de toda la familia y ayudar a mi cuñada». Tratando de hacer frente a sus nuevas responsabilidades Saira se quedó embarazada. «Una partera me ayudó a dar a luz en casa». Con un golpe de navaja cortó el cordón umbilical y dejó al bebé en los brazos de su madre, todavía una niña.

Al poco tiempo la violencia llegó a su aldea y con ella la idea de verse obligados a mudarse a otro país para salvar la vida. «Los tiroteos se prolongaron durante tres días. Tuvimos que permanecer tumbados para evitar que una bala nos alcanzara. Pensamos que los ataques cesarían, y esperamos. Pero la situación empeoró».

Para Saira dejar todo atrás y mudarse no era nuevo; lo había hecho antes, cuando se trasladó a casa de sus suegros. Pero este cambio implicaba desplazarse a otro país con un bebé. «Fue un desafío para un niño tan pequeño. Era difícil llevarlo constantemente, así que nos turnamos para llevarlo. Los caminos a través de la jungla eran estrechos y estaban abarrotados de gente huyendo y asustada. Recorrimos los bosques durante tres días y tres noches. El bebé lloraba mucho. Estábamos en constante movimiento. No había lugar para que yo descansara y el bebé estaba hambriento; tratábamos de distraerlo, pero él seguía llorando y yo no podía proporcionarle leche materna. El llanto de mi hijo y la incapacidad para consolarlo fue lo más duro para mí».

Oyendo los disparos a sus espaldas y teniendo enfrente el peligro que suponía cruzar la frontera, Saira se vio obligada a tomar una decisión: quedarse y morir o intentar cruzar y comenzar de nuevo en una tierra desconocida.

Sin nada, Saira se encuentra ahora entre los 605.000 refugiados que huyeron de Myanmar y que actualmente viven en campamentos improvisados en Bangladesh. Ella y su familia reciben asistencia alimentaria de WorldVision. «En este momento estamos centrados en sobrevivir y estoy muy agradecida por recibir la ayuda necesaria para salir adelante».

Hasta ahora, WorldVision ha ayudado a 105.250 personas con asistencia alimentaria.

Artículo escrito por Annila Harris, Comunicación WorldVision Sur de Asia y Pacífico. Traducción y redacción: Blanca Ariño, Departamento de Prensa WorldVision España


Los comentarios están cerrados.