El futuro inteligente de las ciudades

Helsinki, Ámsterdam, París, Londres o Peterborough son ejemplos de ciudades que aplican la economía circular

Especialistas en robótica, arquitectos de cloud o técnicos de impresión 3D serán profesiones necesarias para crear ciudades inteligentes

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En pleno siglo XXI asistimos a un momento de disrupción social y económica en el que el papel de la tecnología adquiere un protagonismo cada vez más relevante. Atrás quedan las grandes innovaciones que lideraron el crecimiento en el siglo XX —como la electricidad, las autopistas, los aviones o los ordenadores— para dejar paso a un ciclo de innovación que transformará nuestras vidas en algo que no alcanzamos a imaginar: la inteligencia artificial, los robots, las máquinas que aprenden, la realidad aumentada, las impresoras 3D, la nube, el Big Data, la economía colaborativa, los objetos conectados, los smartphones, etc.

El ya demasiado utilizado concepto de «transformación digital» surge en cada conversación tanto en el ámbito de la empresa como en el personal. Para poder dimensionar los cambios que estamos viviendo es importante entender las macrotendencias que configuran ese nuevo entorno y, aún más importante, cómo se interrelacionan entre ellas. Porque, lo que conocíamos como simple causa y efecto, ha dejado de ser un axioma. Y es que pequeños cambios en una de ellas puede suponer consecuencias exponenciales de gran dimensión en otra.

¿Cómo se comportan la globalización, la economía circular, la demografía y la confianza del ciudadano cuando se interconectan?

El cuestionamiento sobre la validez de los modelos de negocio tradicionales en este nuevo siglo está encima de la mesa. La economía circular como opción ganadora y responsable (la economía lineal de producir, usar y tirar está en cuestión) aparece en todas las agendas de las ciudades que tendrán un papel protagonista en su éxito. Helsinki, Ámsterdam, París, Londres —que creó en el año 2008 The London Waste and Recycling Board— o Peterborough —y su Smart City Program DNA— son ejemplos de ciudades circulares.

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Este proceso económico, tecnológico, político y cultural a escala planetaria, cada vez más retado por la influencia de los cambios locales —ciudades y ciudadanos—, nos lleva a pensar que la globalización no es un imperativo sino una opción y que hay que entender cuándo tiene sentido y cuándo no es aplicable. Os recomiendo leer la nota del gurú y profesor de Harvard Pankj Gemhawat «Distance still matters», publicada en la Harvard Business Review. Afirma que lo que es una realidad es que nos enfrentamos a una nueva economía, también denominada economía social, economía colaborativa y economía de los datos, en la que los millenials irrumpen con el concepto de «pago por lo que uso» o «pay as a service» y en la que la importancia del concepto «activo en propiedad» queda atrás porque lo que importa es pagar por lo que utilizas.

Ejemplos como BlaBlaCar —me interesa viajar en coche pero no tener uno propio— o Car2go son solo una muestra de que el mundo está cambiando. La llamada «economía colaborativa» es también un ejemplo de de esta nueva economía. Las fórmulas actuales de prestar dinero a través de Twitter o de conseguir fondos para financiar un proyecto en 17 minutos ponen en cuestión el modelo de negocio actual de los bancos. El modelo colaborativo Airbnb es, sin duda, el más disruptivo en su sector y ya en 2015 se había convertido en la mayor empresa hotelera con un millón de habitaciones, por delante de Hilton o Intercontinental y sin tener hoteles; para este año estiman que el crecimiento sea del 30%.

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Cambios demográficos y economía

La concentración de la población en grandes ciudades —en 2050 un 70% de la población será urbana (es decir, en torno a 6.300 millones)— es una corriente imparable y, si la unimos al fenómeno de la inmigración y los refugiados, aún más. En la actualidad, las ciudades concentran ya el 50%, aunque en ciertas partes de algunos continentes, como Latinoamérica, se llega al 80%.

En España, más del 80% de la población es urbana. De las diez ciudades más pobladas del mundo en 2016 (Tokio, 37 millones; Nueva Dehli, 27 millones; Seúl, 25 millones; Shanghái, 24 millones; Bombay, 23 millones; Ciudad de México, 22 millones; Sao Paulo, 21 millones; Pekín, 21 millones; Osaka, 20 millones; Nueva York, 20 millones), cada una tiene su idiosincrasia y su encanto, que básicamente radica en su historia y en las personas que viven en ella. Sin embargo, hay un aspecto común a todas, grandes y pequeñas: la ausencia de una experiencia de ciudadano, el cliente de la ciudad, en la forma de prestar los servicios cotidianos utilizando la digitalización y la oportunidad que ello supone.

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He estado en cinco de ellas y me han parecido muy diferentes por su cultura y sus tradiciones; por ejemplo, en Tokio la seguridad no es un problema —olvidé un Kindle en un tren bala y lo recuperé al día siguiente con una llamada a objetos perdidos, lo cual me pareció un ejemplo de educación y valores—, mientras que en Ciudad de México o Sao Paulo la seguridad es la primera preocupación en la agenda de los gobiernos locales y de los ciudadanos. Sin embargo, en Tokio eché de menos aplicaciones para la geolocalización y redes wifi, y en Nueva York un buen transporte público que funcionara por la noche. No me extraña que Uber y opciones similares se conviertan en una necesidad primordial. En este proceso de urbanización, las ciudades deberían crear clientes utilizando la tecnología de los datos y del papel de los gobiernos locales para liderar la ejecución de los proyectos digitales.

Otro aspecto demográfico que afectará a la sostenibilidad económica es el envejecimiento de la población o el vacío existente a nivel de educación con respecto a las profesiones futuras. Se estima que solo en Europa habrá tres millones de puestos de trabajo sin cubrir y 20 millones en China para 2020.

Según Cisco, que lidera el proyecto IoT, Talent Consortium, dieciséis nuevas profesiones serán imprescindibles para que los proyectos Smart Cities sean una realidad: especialistas en robótica, analistas de ciberseguridad, científicos del ámbito de la inteligencia artificial que crean sistemas que aprenden automáticamente, desarrolladores de plataformas, arquitectos de cloud, expertos en innovación urbana, técnicos de impresión 3D, entre otros. Sin esos profesionales, la transformación digital en entornos urbanos no será posible.

Marieta del Rivero cuenta con más de 20 años de experiencia en el sector de las telecomunicaciones. Este artículo es un extracto de su último libro, «Smart Cities. Una visión para el ciudadano» (LID Editorial), presentado recientemente en Fundación Telefónica.


COMENTARIOS


  1. Piensan en todo, menos en humanizar las ciudades


  2. Esta aportación de ideas de futuro es lo más necesario para nuestros jóvenes.


  3. Elisa Álvarez Rancaño


  4. Y 17 carpinteros


  5. Si, urge dirigir las ciudades por entes inteligentes, porque esta visto que inteligencia falta en los actuales dirigentes.


  6. < ¿Cómo se comportan la globalización, la economía circular, la demografía y la confianza del ciudadano cuando se interconectan? El cuestionamiento sobre la validez de los modelos de negocio tradicionales en este nuevo siglo está encima de la mesa. La economía circular como opción ganadora y responsable (la economía lineal de producir, usar y tirar está en cuestión) aparece en todas las agendas de las ciudades que tendrán un papel protagonista en su éxito. Helsinki, Ámsterdam, París, Londres —que creó en el año 2008 The London Waste and Recycling Board— o Peterborough —y su Smart City Program DNA— son ejemplos de ciudades circulares.>