Teatro, prescripción facultativa
Numerosos estudios confirman que asistir al teatro y, con mayor intensidad, practicarlo, incrementa la memoria emocional, la flexibilidad cognitiva y la capacidad de resolución de conflictos.
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Diversas investigaciones en psicología coinciden en que el teatro es una de las experiencias culturales más completas desde un punto de vista emocional y cognitivo. Más allá del entretenimiento, la escena funciona como un laboratorio de emociones, un espacio de reflexión ética y un terreno para la transformación subjetiva y social. Como plantea McConachie, la experiencia teatral activa procesos mentales complejos que pocas prácticas culturales consiguen con igual fuerza.
Numerosos estudios confirman que asistir al teatro y, con mayor intensidad, practicarlo, incrementa la memoria emocional, la flexibilidad cognitiva y la capacidad de resolución de conflictos. Este entrenamiento se relaciona con la neuroplasticidad y el fortalecimiento de funciones ejecutivas esenciales para la regulación emocional. Por eso, hay que ir al teatro con todo. La mente del espectador, si se mantiene despierta durante la representación, se implica en lo que sucede y la respuesta emocional se intensifica. La escena exige un procesamiento simultáneo de estímulos visuales, verbales, sonoros y afectivos que ejercita múltiples funciones cognitivas. La atención sostenida, tan amenazada hoy en día, puede entrenarse yendo al teatro.
La escena exige un procesamiento simultáneo de estímulos visuales, verbales, sonoros y afectivos que ejercita múltiples funciones cognitivas
La observación directa de emociones ajenas activa las neuronas espejo, fenómeno medible en parámetros fisiológicos. Según Noelia Hernando Real, de la Universidad Autónoma de Madrid, toda experiencia teatral moviliza diversos tipos de empatía: la cognitiva, que permite interpretar intenciones del acto; la afectiva, que impulsa a experimentar emociones paralelas; y la social, que hace al espectador confrontar su propia realidad. Si una obra está bien escrita, el conflicto particular del personaje se vuelve universal, lo que permite cuestionar ideas preconcebidas y aproximarse a realidades no vividas en primera persona.
La presencia física de los actores genera un tipo de empatía que ningún otro medio cultural alcanza. El actor funciona como «vehículo emocional» que facilita la identificación del público. Ver una obra en vivo implica seguir el viaje de los personajes sin pausas, lo que intensifica la inmersión y reduce las distracciones. A ello se suman elementos visuales y sonoros, como la iluminación, la escenografía o la música que actúan como lenguajes sensoriales y modulan la percepción, a veces sin que el espectador sea consciente. La calidad interpretativa y la solidez del texto son también determinantes para ello. Sobre las diferencias entre el teatro dramático, la comedia o el musical, Lera apunta que no existen esencialmente. Todos ellos persiguen lo mismo: explicar la vida mediante ejemplos de vida con los que resonar.
En este sentido, resulta ilustrativo el caso de Diario Vivo, espectáculo basado en historias reales narradas en primera persona. La narrativa autobiográfica es una herramienta poderosa para reorganizar experiencias emocionales, tanto para quien lo cuenta, como para quien lo escucha. En este tipo de propuestas, el público encuentra espejos de su vida, como señala el actor Javier Lera. La edad, el género, el bagaje cultural o la biografía influyen en la recepción de un espectáculo, generando identificaciones o revelando mundos desconocidos.
El teatro no solo moviliza emociones. También contribuye al bienestar psicológico, como señala Noelia. Puede hacer la vida más ordenada y menos caótica, frente al riesgo de convertirnos en sujetos pasivos movilizados por el último mensaje recibido en las redes sociales. Investigaciones señalan que asistir regularmente a espectáculos escénicos reduce el estrés, favorece la autocomprensión y fortalece la conexión social. Determinadas obras modifican el estado de ánimo y generan resonancias que perduran más allá del aplauso final. La noción de catarsis, ya estudiada por los griegos, sigue siendo útil para describir la liberación emocional experimentada en un entorno seguro, aunque no siempre ocurra, ya que dependerá del espectáculo y del momento vital del espectador. Precisamente por su capacidad para trabajar emociones complejas en un marco protegido, prácticas derivadas del teatro, como el psicodrama, se han incorporado a contextos clínicos, educativos y comunitarios para favorecer la integración emocional. La experiencia teatral se prolonga en coloquios, encuentros con artistas o debates tras la función, donde el intercambio de impresiones amplifica la reflexión y consolida el aprendizaje emocional, además de favorecer el sentido de pertenencia. Reír, llorar o aplaudir a la vez nos recuerda que somos seres sociales y alivia el aislamiento.
La catarsis describe la liberación emocional experimentada en un entorno seguro
Desde el Renacimiento, el teatro ha funcionado como herramienta crítica frente a la realidad social. Autoras contemporáneas como Lauren Gunderson lo utilizan como instrumento político y transformador. En Lauren Gunderson and Feminist Theatre in the Twenty-First Century (Cambridge University Press), Hernando Real muestra cómo este teatro visibiliza la manera en que los cuerpos y enfermedades de las mujeres han sido omitidos o estigmatizados, cuestionando injusticias de género. Muchas obras pueden leerse como pathografías teatrales, lo que sitúa al sujeto, y no a la patología, en el centro.
Más allá del escenario, el teatro puede disfrutarse en su dimensión textual. Leer teatro permite explorar dilemas existenciales a través de diálogos elaborados, activando la imaginación y la mentalización. Muchas personas descubrieron su poder en la escuela, leyendo obras como Historia de una escalera o La zapatera prodigiosa, primeras aproximaciones a conflictos profundos como la frustración, la libertad, los celos o la injusticia social… Aunque entonces no se entendieran del todo, esas lecturas sembraron la idea de que el teatro es un espejo incómodo pero necesario.
En definitiva, el teatro activa procesos cognitivos y afectivos de una intensidad poco frecuente en otros formatos culturales. Nos retrata como especie imperfecta y nos convoca a celebrarlo juntos. En un momento en que las sociedades buscan herramientas para fortalecer la cohesión social y la sensibilidad colectiva, el teatro se revela como un lugar insustituible de encuentro, diálogo y transformación. Que el público respire, se queje, aplauda o se vaya de la sala son siempre buenas señales de que el teatro siga vivo.
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