El tabú del suicidio infantil
Un estudio de la Fundación ANAR revela que, en España, las conductas suicidas y las autolesiones representan casi el 42% de los motivos de consulta psicológica en menores de edad.
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Un suicidio deja detrás, aparte de una vida deliberadamente truncada, el desasosiego en los familiares y amigos de la persona que decidió quitarse la vida. Preguntas sin responder y una angustia que suele acrecentarse con el paso de los años ante la incomprensión de que un ser querido haya decidido poner fin a su propia vida.
Todavía no tenemos la capacidad para asimilar un suicidio cuando quien lo ejecuta es un menor de edad. En estos casos, el impacto supera la barrera del círculo familiar y nos hace preguntarnos qué estamos haciendo mal como sociedad. Hablar de ello está pasando de ser un tabú a convertirse en una emergencia que precisa urgente atención.
El informe presentado este año por la Fundación ANAR desvela cifras preocupantes respecto a las conductas suicidas de nuestros menores. Las líneas telefónicas de ayuda que la entidad mantiene activas recibieron en 2025 más de 250.000 contactos de menores y adolescentes. Y, por cuarto año consecutivo, las conductas suicidas se convierten en la principal problemática atendida (29,6%), seguidas muy de cerca por las autolesiones (12,3%).
Si sumamos estos datos a los aportados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) revelando que el suicidio representa la tercera causa de defunción entre personas de 15 a 29 años y que sigue creciendo de manera progresiva, podremos comprender la necesidad de superar la estigmatización a que se somete a las personas con tendencias suicidas. Más aún si pensamos en aquellas que aún no han alcanzado la mayoría de edad.
Para ello es preciso desarrollar medidas necesarias que pasan por aumentar la sensibilización y la prevención. Medidas que deben implicar a diversos sectores sociales, desde los de salud y educación hasta los políticos y legislativos, pasando por los medios de comunicación. Son demasiados los estudios que inciden en que, en el ámbito infantil, juvenil y adolescente, el uso de las nuevas tecnologías se convierte en el principal causante de problemas de salud mental.
El uso de las nuevas tecnologías es el principal causante de problemas de salud mental
El citado informe de la Fundación ANAR revela que el 62,7% de los casos atendidos en sus líneas de ayuda proviene del uso inadecuado de la tecnología.
El abuso de sustancias, el acoso escolar y la presión social y académica son determinantes a la hora de generar en los menores tendencias suicidas. Pero el uso de las redes sociales y otros entornos cibernéticos potencia dichos comportamientos y expone a los menores a una vulnerabilidad aún mayor que la ya propia de sus edades de desarrollo.
Hasta ahora, el suicidio infantil tiende a permanecer oculto en el entorno de quién lo ha sufrido. Pero cada vez son más los progenitores que deciden comunicar su experiencia, no sólo a las personas más cercanas sino también de manera pública. Detrás de cada suicidio de un menor existe un problema larvado que no se ha sabido ver ni abordar. De ahí la importancia de que se rompa el tabú y se compartan tan dramáticas experiencias para poder ayudar a otros adultos a reconocer las señales de alerta que puedan trasmitir sus propios hijos.
Asimismo, a nivel social, es urgente tomar medidas que vayan desde la información hasta el tratamiento temprano. En este aspecto, el entorno escolar es de vital importancia. Las instituciones educativas, en cuyo interior se producen numerosos casos de acoso potenciados por el uso de las tecnologías, han de tomar medidas preventivas. Los centros de salud primaria tendrían que incorporar a sus metodologías aquellas que conduzcan a la detección temprana de tendencias suicidas o autolesivas en los menores a que tratan.
Por otra parte, desde las instituciones públicas se deben emprender campañas de concienciación y sensibilización que saquen a la luz el dramático crecimiento de casos de suicidio en menores y logren reducir la estigmatización actual. También urge apostar por una mejora en la conciliación familiar que impida las largas horas de soledad de nuestros menores. El entorno familiar debe recuperarse como un espacio para la comunicación que permita a nuestros hijos expresar sus emociones para que podamos prestarles la máxima atención.
Y, aunque no todos los menores sufren trastornos de salud mental que puedan conducirles al suicidio, es necesario que todos conozcan los riesgos para que, desde el entorno grupal puedan también ser partícipes en la necesaria ayuda que muchos compañeros necesitan al respecto.
Si queremos revertir el progresivo aumento de casos de suicidio infantil, hablar de ellos y de las causas que los motivan es absolutamente imprescindible. Como sociedad, debemos velar por la salud mental de todos los miembros que la componen, especialmente de los que aún están en el difícil sendero hacia la edad adulta.
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