Pascal Bruckner
Sufro, luego existo
A la humanidad victoriosa de la modernidad le sucede hoy una sociedad victimista. El filósofo francés Pascal Bruckner aborda esta tendencia actual hacia la autocompasión.
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El 8 de diciembre de 2015, el Elíseo comunicó que el presidente François Hollande estaba considerando conceder la Legión de Honor a título póstumo a las ciento treinta víctimas de los atentados del 13 de noviembre en el Bataclan y en las calles adyacentes. El gran canciller expresó su desacuerdo. La Legión de Honor recompensa desde su creación (19 de mayo de 1802 por Napoleón Bonaparte) a los militares y civiles que han prestado servicios eminentes a la nación. Los ciento treinta inocentes abatidos por la barbarie yihadista, que tuvieron la desgracia de encontrarse en el momento y en el lugar inadecuado, merecían el homenaje de la nación, pero de una manera diferente.
En España se creó en 1999 una condecoración específica para las personas muertas en atentados terroristas. En Estados Unidos se levantó un monumento a los asesinados el 11 de septiembre. Pero la Legión de Honor no es una recompensa a la tragedia ni al duelo: se supone que premia el mérito. Una cosa es proclamar el homenaje del país a las víctimas, y otra, atribuirles una recompensa reservada a los actos heroicos. Como si se hubiera querido exorcizar la tragedia adjudicando condecoraciones republicanas a esos hombres y mujeres desafortunados. Para ser condecorado hay que haber combatido valientemente y no solo haber sido abatido al azar.
Finalmente, el Elíseo renunció a ese proyecto y el 12 de julio de 2016 creó la Medalla Nacional al Reconocimiento de las Víctimas del Terrorismo, quinta condecoración por importancia en el orden protocolario, por delante de la Medalla de la Resistencia y la Cruz de Guerra. Pero esta decisión fue recibida con frialdad por ciertos segmentos de la opinión pública, así como por el Ejército. ¿El hecho de sufrir un ultraje o ser asesinado por individuos fanatizados era más relevante que homenajear a los combatientes? La nación incluía a todos sus hijos, pero hacía distinciones entre unos y otros. Los condecorados como víctimas del terrorismo son considerados como «víctimas civiles de guerra» desde 1990 y sus hijos pueden optar al tutelaje del Estado. Como un síntoma significativo de una confusión muy contemporánea que ya había suscitado un debate después de la Segunda Guerra Mundial entre miembros de la Resistencia y deportados, ¿la tortura infligida merece más reconocimiento que la hazaña realizada? ¿El desgraciado es más heroico que el valeroso?
Tucídides y Jesucristo
En La guerra del Peloponeso, relato del conflicto que enfrentó a Atenas, Esparta y las ciudades griegas, el historiador ateniense Tucídides (460‑395 a. C.) enuncia la ley siguiente: «La justicia solamente es tenida en cuenta en el razonamiento de los hombres si las fuerzas son iguales en ambas partes; en caso contrario, los fuertes ejercen su poder y los débiles deben cedérselo». Tal es la ley inmemorial: los poderosos reinan, los miserables doblan el espinazo. Fue la revelación cristiana, anunciada por el judaísmo, la que invirtió ese paradigma para gran disgusto de los paganos, espantados por la exaltación de un Dios que se deja crucificar como un esclavo para salvar a la humanidad. «¿Era propio de un Dios dejarse prender y ser tratado como un criminal? Menos adecuado aún era que fuera abandonado, traicionado por los suyos que lo seguían como a un mesías, como Hijo y enviado de Dios», exclama el filósofo romano Celso en el siglo II. Lo que era absurdo para un hombre de la Antigüedad, es que Jesús proclamase el mandamiento de amar a los enemigos y se diera preeminencia a los lisiados, a los pobres, a los desposeídos. Es un cambio antropológico radical que sitúa arriba lo que está abajo, lo innoble por encima de lo noble, y contra el cual Friedrich Nietzsche, gran adorador de la fuerza y de la aristocracia, no dejó de vituperar.
Patria común
En el relato de la Pasión, Jesús comparte su sufrimiento con todos los humillados de la Tierra y les ofrece el consuelo de la cruz. Es el golpe de genio del cristianismo y su singularidad absoluta, el nuevo concordato propuesto al género humano: la invención de un hombre dios que tiene las debilidades del primero y la transcendencia del segundo. Los contemporáneos están estupefactos por esta secta oscura que ha triunfado entre la cohorte de fanáticos, zelotes y sanadores que poblaban Galilea en aquella época. El Hijo del Hombre no predica ni a los ricos ni a los justos, sino a los pecadores, las mujeres de mala vida, los ladrones, los desposeídos. Se hace humilde entre los humildes. Su intransigencia no es de este mundo y dinamita todas las instituciones, incluso las de las Iglesias. Con esa mezcla de dulzura y agresividad que caracteriza a los Evangelios, llama a la insurrección contra los poderosos que moldeará al conjunto del mundo occidental, incluidas las grandes doctrinas seculares de la modernidad. ¿Qué es la clase obrera en el marxismo sino el cuerpo de Cristo constituido en bloque revolucionario para transformar la historia e instaurar la sociedad perfecta?
Este texto es un extracto de ‘Sufro, luego existo’ (Ediciones Siruela), de Pascal Bruckner.
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