Renovarse o morir: ¿cuáles son los siguientes pasos en la adaptación climática?
El vocabulario del urbanismo ha tenido que cambiar a la fuerza: lo que antes eran conceptos teóricos sobre sostenibilidad ahora son infraestructuras de supervivencia. Adaptar las ciudades y sus redes al clima extremo ya no es una opción de futuro, sino la condición mínima para seguir funcionando.
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Hace apenas diez años, el cambio climático se entendía como un problema del mañana relegado a un futuro inconcreto, una bomba de relojería que heredarían las siguientes generaciones y cuya llegada buscábamos aplazar. Cubierto el primer cuarto del siglo XXI, el cambio ha sido más rápido de lo que podíamos imaginar. Ya no se trata de debatir cuándo vendrá o cómo aminorarlo, sino de qué hacer para reducir su impacto. Refugios climáticos, tanques de tormentas o smart cities… El léxico de la ingeniería se ha transformado acuciado por una urgencia inaplazable: adaptar ciudades, infraestructuras y entornos naturales a un clima inestable y a fenómenos extremos…
Navegamos en un escenario donde la incertidumbre es la norma, tal como se puso de manifiesto en las Jornadas de Sostenibilidad de Redeia, celebradas en Madrid el 14 y 15 de octubre. Durante la apertura, Beatriz Corredor, presidenta de Redeia, explicó que la brújula que nos orienta está «desimantada» y advirtió de que «ni la brújula ni las estrellas son ya suficientes para guiarnos en el escenario actual». En un contexto de competencia internacional, Corredor defendió el papel de Europa y situó la resiliencia de la red eléctrica como prioridad estratégica: repotenciar líneas y desplegar nueva infraestructura capaz de sostener la inteligencia artificial y resistir los embates del clima.
Anticipar lo extremo: resiliencia de las infraestructuras
La anticipación es clave a la hora de enfrentarnos a una realidad que, cada vez más, resulta imprevisible. «Estamos en terreno desconocido, con cosas que nunca habían pasado en nuestro país o en nuestro mar», aseguró Mónica López, meteoróloga y presentadora de televisión. La experta afirmó que, si bien se trabaja con modelos a 25 años, lo sucedido en las últimas décadas ha roto todos los esquemas: anomalías en el Mediterráneo, con aguas por encima de los 25 y 26 grados, o sequías térmicas que desecan la vegetación y desatan incendios ingobernables. «El clima ya ha cambiado y todo lo que ha llovido, ha llovido mal», apuntó López, señalando que los modelos meteorológicos de los últimos 30 años se han quedado desfasados.
Íñigo Losada: «Si no diseñamos para las peores condiciones, estamos infraestimando el riesgo»
Esta mutación obliga a pensar en cómo diseñar las obras públicas y redes esenciales del presente. Íñigo Losada, director de investigación del Instituto de Hidráulica Ambiental de la Universidad de Cantabria (IH Cantabria), abogó por huir del atajo técnico: «Si no diseñamos para las peores condiciones, estamos infraestimando el riesgo. En cada borrasca vamos perdiendo resiliencia; nuestro sistema está cada vez menos preparado».
Adaptarse también es cambiar cómo se alerta a la población. López pidió una transformación drástica que sustituya los avisos meteorológicos generales por predicciones centradas en el impacto real sobre la vida y propiedades de los ciudadanos que pueden tener los fenómenos meteorológicos desatados.
Prevenir y maximizar la gestión operativa es la única garantía ante catástrofes como las DANA. María Soler, directora de Gestión y Transformación del Transporte de Redeia, explicó que cuando las vías y redes móviles caen, la respuesta depende de la preparación previa: «El partido de la resiliencia se gana o se pierde antes de que empiece». Soler defendió que, con protocolos preventivos, la improvisación se reduce al mínimo cuando llega el impacto.
Bosques del futuro: activando el valor de los servicios ecosistémicos
España es el segundo país de la UE —solo superado por Suecia— con más superficie forestal. Y, si la resiliencia urbana depende del rediseño de las ciudades, la del territorio está en sus montes. En este contexto, la vulnerabilidad ante los incendios es máxima. «Tenemos más superficie forestal que hace décadas, pero una vulnerabilidad mucho mayor por el cambio climático», advirtió Miren del Río, vicedirectora científica del Instituto de Ciencias Forestales (INIA-CSIC), apelando a una gestión adaptativa a largo plazo: «Lo que hagamos ahora serán los bosques que nuestros nietos disfruten», sentenció.
Pedro Agustín Medrano: «El 80% de la propiedad forestal privada no tiene un plan»
Esta masa forestal no va acompañada de una correcta gestión. Con un 72% del terreno en manos privadas y atomizado entre siete millones de propietarios, falta planificación. Pedro Agustín Medrano, director de la Asociación Forestal de Soria, alertó de que solo se aprovecha el 34 % de la madera producida: «El 80% de esa propiedad forestal privada no tiene un plan. Incendios habrá siempre, pero con un gran índice de combustible es imposible apagarlos». Medrano reclamó la implicación del sector privado sin caer en lo superficial: «Sería deseable que las empresas no lo tratasen como una cuestión de marketing».
Ana Belén Noriega, CEO de PEFC España, coincidió en que la inversión forestal responde a una lógica de supervivencia corporativa: «Parece que los bosques no piden pan y van a crecer, pero luego llegan los incendios. La gestión tiene que ser completa. Las empresas deben incorporar la inversión en el monte no solo por ser buenas con el medio ambiente, sino porque además es necesario para su modelo de negocio».
Adaptarse al clima extremo ya no es una cuestión estética ni un compromiso a largo plazo. Toca pasar de la cultura del parche a futuro a la de la prevención real. En esa misma línea hay que situar tanto las arterias eléctricas como nuestros montes: todo ello vertebra el país y necesita un plan conjunto de presente para que el próximo golpe del clima no nos alcance a contrapié.
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