La próxima campaña será cultural, o no será
De aquí en adelante, la cultura será el argumento de la película para los partidos políticos. Menos programa y más aura, en definitiva. ¿Para qué explicarle al ciudadano qué vamos a hacer, qué estamos haciendo con sus impuestos, si podemos inspirarlo?
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El universo podrá ser un grumo azaroso de materia interestelar –si no el designio de una inteligencia superior– y nuestra vida, un plan incognoscible al albur de la Fortuna, pero sabemos con certeza que no existen las casualidades en comunicación política.
En menos de una semana, Pedro Sánchez, ese señor que gobierna sin Presupuestos y ya sin aliados –por pura expresión de la voluntad–, ha escrito un tuit felicitando a Rosalía, ha publicado un vídeo en TikTok glosando la playlist de la artista, ha lanzado otro corte recomendando libros independientes y ha visitado Radio 3 con cazadora vaquera y pintas de estar preparando el Sónar.
Parece que la próxima campaña será cultural, o no será. Quizás no anden ya muy lejos las urnas. Llevar el toro a las tablas, es decir, la campaña a la cultura, puede ser el último movimiento audaz del presiente. Con una izquierda incapaz de lidiar con lo real, el plano simbólico siempre les ha funcionado. Se trata de que la vivienda, el empleo, el encarecimiento de la vida, la falta de futuro, etc., queden embolsados en una estrategia de lifestyle donde el PSOE siga representando la Cultura frente a la barbarie.
Rosalía es el banco de pruebas de la próxima campaña, el primer esbozo del Estalingrado cultural que se está gestando. La derecha ha saludado el nuevo look de la artista como un regreso a los grandes referentes: Dios, Ópera y Feminidad. Para Podemos, cuya estrategia es recuperar la palanca antisistema de sus orígenes y representar un purismo sin concesiones –el jacobinismo del que se bajaron en cuanto empezaron a cobrar nómina de ministro–, Rosalía ha pasado a coquetear con el fascismo. El PSOE, por su parte, ha hecho lo que hace siempre, de la mejor manera y de las formas más inteligentes: coger a Rosalía del brazo y apropiársela muy fuerte, no sea que se nos escape. Al llamado del presidente, se sumaron Óscar López, Patxi López y alguno más: todos están fascinados con Lux.
Hasta ahora, la batalla cultural ha sido, como el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, una drôle de guerre, un simple concepto que trufaba las publicaciones de la nueva derecha emergente y preocupaba a las redactoras de El País. De aquí en adelante, la Cultura será el argumento de la película para los partidos políticos. Menos programa y más aura, en definitiva. ¿Para qué explicarle al ciudadano qué vamos a hacer, qué estamos haciendo con sus impuestos, si podemos inspirarlo? Sánchez solo tiene una salida: abrazarse a la Cultura, armar una Zeja Gen Z, sacar a pasear la cazadora festivalera, las gafas vintage de Gucci, las citas del último éxito editorial… Ser, antes que nada, creador de contenido.
Lo cultural se ha convertido en un apéndice de lo político y lo discursivo, en la especia que adereza el relato
Y en todo esto, ¿qué pinta la Cultura? Absolutamente nada, como siempre, y menos que nada desde hace un tiempo, desde que lo cultural se ha convertido en un apéndice de lo político y lo discursivo, en la especia que adereza el relato. El problema de la batalla cultural es su capacidad de fijar la Cultura, que es en cambio algo difuso e inasible. Mientras parece darle su lugar en la sociedad, la banaliza y empobrece. Todo queda reducido al hashtag y todo vale por sus exegetas.
En sentido amplio, la cultura, el arte, es el reino el matiz y de la ambigüedad, cuando no de la paradoja. Como Whitman, contiene multitudes y se contradice; como Pessoa, es excelente fingidora. La Cultura no tiene por qué avalarse a sí misma y el arte (libros, música, cine, pintura…) es un producto sin desbastar el alma humana, una conquista de la individualidad.
El caso de Rosalía es un excelente ejemplo para comprobar lo que pasa cuando quieres hacer encajar un cuadrado en un círculo. Por eso hay gente también muy cabreada con ella, a la que acusan de escapismo. «Con la que está cayendo, ¿te pones a planchar?». Pedirle a Rosalía que no haga un disco a su gusto sino un gran statement es la perversión a la que lleva la politización de la Cultura, que ya solo vale si pone colorete a la argumentación partidista.
Por supuesto, dentro de eso que llamamos Cultura hay una enorme cantidad de gente interesada en que sea eso. Vivimos en un tiempo en que el arte está muy intervenido y el mecanismo no siempre está a la vista. Surgen obras y autores de manera azarosa, pero el sistema tiene sus motivos para que sean ellos y no otros los que representen a la Cultura. El artista se adapta, si es que no va directamente convencido al choque.
El PSOE ha sido durante décadas un maestro a la hora de generar tendencia cultural y establecer sus propias élites artísticas. La Cultura nunca ha sido un mal refugio para ellos; antes bien, un valor seguro. Últimamente, sin embargo, esta hegemonía se ha ido resquebrajando y ahora, con el terreno en disputa, Sánchez ha decidido vestirse de prescriptor y jugársela cien por cien al carisma. Entre otras cosas porque se le están acabado las cartas y los trucos y ya solo le queda las dos manitas para agitarlas en el aire.
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