La percepción temporal en los sueños
El tiempo que creemos haber vivido en un sueño no coincide con el que realmente pasó en el reloj. Esa discrepancia remite a cómo la mente produce continuidad a partir de recuerdos incompletos.
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Dom Cobb, un ladrón profesional capaz de adentrarse en los sueños de la gente para robarles información, se despierta sobresaltado. Él sabe que ha estado dormido apenas unos minutos, pero dentro de su sueño, tan lúcido como la vida misma, ha transcurrido una semana entera. Con esta idea, la película Origen (2010) ganó 4 premios Oscar y convirtió la percepción del tiempo en una de las grandes reflexiones la cultura de masas.
Sin embargo, la ficción de Christopher Nolan no inventó ningún debate filosófico; en realidad, representó (y exageró) una experiencia habitual en el ser humano. Como Dom Cobb, todos hemos despertado alguna mañana con la sensación de haber estado varios días viajando, tomando decisiones y sufriendo los giros narrativos de nuestra mente. O, al contrario, a veces ocurre que un parpadeo ocupa una noche completa. Al fin y al cabo, lo fascinante es darse cuenta de que algo no encaja entre el reloj de la mesilla y la experiencia «vivida». ¿Qué pasa con el tiempo cuando soñamos? ¿Se acelera? ¿Se comprime? ¿O somos nosotros quienes, al despertar, reconstruimos retrospectivamente una duración que nunca existió como tal?
En un estudio de los años 60, se expuso a personas dormidas en fase REM (en la que los sueños son más vívidos) a estímulos temporizados. Los participantes, cuando despertaban, eran capaces de distinguir con bastante precisión entre intervalos breves, como 30 segundos o tres minutos. Este resultado sugería que, al menos al menos en ciertas condiciones, el tiempo subjetivo del sueño puede corresponderse bien con el tiempo físico. Algunos años más tarde, el investigador Stephen LaBerge partió de la premisa de que, durante el sueño REM, el cuerpo está prácticamente paralizado, pero los ojos siguen moviéndose. Aprovechando esto, LaBerge entrenó una secuencia de movimientos oculares para «comunicarse» desde dentro del sueño. Mientras dormía y era consciente de que estaba soñando, señalaba con los ojos, contaba mentalmente diez segundos, volvía a señalar, y repetía el proceso. El registro polisomnográfico mostró que esos diez segundos soñados duraban prácticamente lo mismo que diez segundos al estar despierto. Al menos en este caso, el reloj interno parecía funcionar igual. No obstante, otros estudios y especialmente muchos soñadores relatan historias de varios días condensados en un instante de sueño, algo que parece contradecir los resultados previos.
Aquí entra en juego la hipótesis de que el tiempo no se mide; se construye. Desde una perspectiva neurocognitiva, el modelo microgenético de Jason W. Brown propone que toda experiencia consciente —y el sueño no es una excepción— emerge como un proceso en el que múltiples estados mentales se activan simultáneamente. En el caso concreto de los sueños, estas activaciones son capas superpuestas de fragmentos emocionales, sensoriales y narrativos sin eje temporal común. Precisamente en ese entrelazamiento aparece la sensación de «duración». En otras palabras, cuando el cerebro reactiva recuerdos desconectados entre sí, la mente dormida genera una impresión de continuidad que solamente depende de la coherencia interna de la propia experiencia, es decir, que no depende de los minutos o segundos que hayan pasado. Este mecanismo también aparece en la vigilia. Por ejemplo, cinco minutos en una reunión aburrida pueden parecer eternos; pero una tarde en estado de flow por una tarea creativa puede evaporarse sin que lo notemos. Por tanto, la percepción del tiempo en los sueños sería un caso extremo de una capacidad humana general, en la que el tiempo psicológico no es una magnitud fija.
Cuando el cerebro reactiva recuerdos desconectados entre sí, la mente dormida genera una impresión de continuidad
Actualmente, algunos análisis de grandes bases de sueños muestran que la riqueza multisensorial y la intensidad emocional pueden aumentar la coherencia del tiempo percibido dentro del sueño. Cuantos más sentidos y emociones entran en juego, más «duradero» parece el episodio, aunque fisiológicamente haya sido breve. Además, estudios sobre atención y sueño lúcido indican que la conciencia y la intención pueden modular cómo se siente el tiempo mientras soñamos, lo que sugiere que la experiencia temporal es relativamente maleable. Por todo ello, hablar de «cuánto dura» un sueño resulta casi engañoso, porque lo que recordamos como duración es, en realidad, la huella de un proceso cognitivo intensamente condensado.
La filósofa Jennifer Windt formula que los sueños serían simulaciones mentales inmersivas, situadas a medio camino entre la percepción y la imaginación. Se viven como reales, pero no están anclados a los mecanismos temporales de la vigilia, de ahí su elasticidad. De este modo, el tiempo del sueño es convincente mientras ocurre, pero escapa a cualquier intento de medición una vez despiertos.
En última instancia, la reflexión que planteó Nolan sobre el tiempo en los sueños refleja que, a pesar de las pistas que nos han dado las ciencias y humanidades en los últimos siglos, a pesar de todos los relojes y calendarios del mundo, aún no tenemos claro qué es la percepción del tiempo en realidad. Ahora bien, la escasa evidencia hasta hoy apunta a que el tiempo del sueño no es una versión defectuosa del tiempo despierto, sino un modo distinto de conciencia.
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