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La paradoja de la motivación

Esperar a tener ganas parece una forma razonable de empezar, pero la motivación no siempre aparece antes de la acción y puede ocurrir al revés: primero hacemos algo y después encontramos razones para seguir.

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16
septiembre
2026

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Pasamos más tiempo pensando en hacer algo que haciéndolo. Un libro puede acumular polvo durante semanas sobre la mesilla; un curso, estancarse en la lista de pendientes; un proyecto, dar vueltas en la cabeza solo porque parece demasiado grande para abordarlo. Si algo requiere esfuerzo, tendemos a pensar que primero debería aparecer la motivación y después vendría todo lo demás: ponerse en marcha, concentrarse, mantener el ritmo. Pero basta con empezar y abrir el libro, ponerse las zapatillas o escribir las primeras líneas. La tarea deja entonces de ser algo pendiente y pasa a ser algo que ya estamos haciendo.

Pese a ello, podemos pasar meses queriendo aprender un idioma sin abrir un cuaderno, o posponiendo ese cambio de trabajo a la espera de un ‘momento ideal’ que nunca llega. Sin embargo, la motivación cambia con el cansancio, las expectativas y lo que haya ocurrido durante el día. Hay momentos en los que una tarea parece sencilla y otros en los que cuesta incluso empezar. Es difícil que mantener cualquier actividad durante mucho tiempo si eso depende de encontrarse siempre en el estado de ánimo adecuado. En psicología también se ha estudiado el camino inverso: qué ocurre cuando una persona vuelve a actuar antes de sentirse especialmente motivada.

La activación conductual, utilizada en el tratamiento de la depresión, propone recuperar poco a poco actividades y conductas que se han ido dejando de lado. Los estudios han encontrado que esto puede reducir los síntomas depresivos, aunque todavía se investiga qué mecanismos explican esa mejoría.

Pensemos en alguien que quiere volver a escribir después de varios meses. Tiene dos opciones: puede esperar a recuperar la concentración que tenía antes o puede sentarse 20 minutos delante del ordenador, aunque ese día no le apetezca demasiado. La segunda opción no garantiza que vaya a disfrutarlo ni convierte esos 20 minutos en un hábito de la noche a la mañana. Pero sí es cierto que le permite empezar sin exigir que las ganas aparezcan primero.

Algo parecido ocurre con tareas mucho menos ambiciosas. Sentarse 5 minutos delante de un documento puede ser suficiente para darse cuenta de que el trabajo no era tan difícil como parecía. Leer unas páginas puede hacer que continuar resulte más sencillo. Ordenar una parte de una habitación puede quitarle algo de peso a una tarea que parecía interminable. Eso sí, después de empezar (y esto es lo importante), decidir si seguir o no ya es otra historia.

Algunas tareas que llevamos días evitando parecen menos desagradables una vez que han comenzado. Eso también explica parte del interés por los hábitos. Cuando repetimos algo, empezar puede acabar resultando más automático y costará menos. La evidencia apunta en esa dirección, aunque formar un hábito implique bastante más que encadenar días en el calendario.

Decidir de antemano qué vamos a hacer, cuándo y en qué situación ayuda a mantener el hábito

Estrategias tan simples como preparar la ropa de deporte la noche anterior, reservar una hora concreta para leer o trabajar siempre en el mismo lugar son formas sencillas de poner menos obstáculos entre la intención de querer hacer algo y hacerlo. También puede ayudar a decidir de antemano qué vamos a hacer, cuándo y en qué situación. Al final, se trata de rediseñar nuestro entorno para que tomar la decisión correcta exija la menor cantidad de energía mental posible.

Existe un abismo entre la intención y la acción. Aunque la voluntad cuenta, no garantiza la conducta. La psicología lleva décadas estudiando precisamente esa distancia entre lo que una persona quiere hacer y lo que finalmente hace. A menudo, la culpa por no empezar consume más energía que la propia tarea.

A veces la única forma de dejar de darle vueltas a una tarea es hacerla más pequeña para no agobiarse y esquivar la pereza por empezar. Leer dos páginas parece poco si quieres terminar un libro. Salir 10 minutos parece poco si lo que buscas es volver a estar en forma. Escribir un párrafo parece casi irrelevante cuando delante tienes un proyecto entero. Pero las primeras veces no hay que llegar hasta el final. Una tarea pequeña resulta más fácil de iniciar que una que se presenta de golpe como un proyecto enorme. Y, una vez hecha, deja algo detrás: dos páginas leídas, 10 minutos caminados, un párrafo escrito. Quizá al día siguiente vuelva a costar o resulte algo más rodado; no hay certezas.

Las ganas pueden aparecer después de leer un rato, de salir de casa o de comprobar que aquello que llevábamos tanto tiempo evitando ocupaba menos de lo que imaginábamos. O quizá no aparezcan. Y mañana habrá que volver a decidir qué hacer.

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