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Sociedad

El nexo entre la vivienda y la defensa

Mientras Singapur democratizaba la propiedad como instrumento de cohesión nacional, Europa ha consolidado un modelo donde el suelo funciona primordialmente como un activo financiero orientado a la captación de rentas, priorizando su rentabilidad económica sobre su función social o habitacional.

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05
mayo
2026

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Hay una pregunta que Lee Kuan Yew se hizo antes de pedir a sus ciudadanos que empuñaran un fusil: ¿qué estarían defendiendo? En 1965, Singapur era una isla sin recursos, expulsada de la Federación Malaya, rodeada de vecinos hostiles y habitada por una población que no compartía historia, lengua ni raíces comunes. Su primer ministro comprendió que antes de construir un ejército, hay que construir una razón para luchar. Y esa razón, decidió, debía tener suelo bajo los pies, cuatro paredes y una llave propia.

La genialidad de Lee Kuan Yew no residió únicamente en su visión económica o en su mano de hierro. Residió en haber entendido una verdad profundamente humana: que el arraigo es la precondición del compromiso. Que no se defiende lo abstracto (la nación, la bandera, el himno) sino lo concreto: el hogar donde crecen los hijos, el barrio donde se envejece, el lugar en el mundo que a uno le pertenece.

Lo dejó escrito en sus memorias: «Mi principal preocupación era dar a cada ciudadano un interés en el país y en su futuro. Si la familia del soldado no era propietaria de su casa, pronto concluiría que estaba combatiendo para proteger las propiedades de los ricos». Era una frase que revelaba la hipocresía estructural de muchos sistemas de defensa nacional: aquellos con menos que perder son quienes más se les exige que arriesguen la vida en nombre de algo que no les pertenece.

En la Política, Aristóteles argumentaba que quien poseía un hogar era el mejor garante de la estabilidad constitucional, no por virtud abstracta, sino por posición material; tiene suficiente para defender, pero no tanto como para querer dominarlo todo. El propietario de medios modestos es el ciudadano que más necesita que el orden funcione. Más adelante, Locke construiría toda su teoría del Estado sobre el axioma de que los hombres se unen en sociedad precisamente para proteger su vida, su libertad y sus propiedades. Pero Lee no se quedó en la teoría, convirtió esa filosofía en ladrillo y cemento.

El instrumento fue la Housing & Development Board (HDB), creada en 1960. En pocas décadas, esta agencia construyó más de un millón de apartamentos en 24 nuevos barrios, alojando al 80% de la población residente. La tasa de propiedad residencial pasó del 30% al 90%. Hoy, ese porcentaje incluye al 84% de los hogares más pobres del país.

La propiedad no se regaló. Se construyó a través del Central Provident Fund (CPF), un fondo de ahorro obligatorio creado en 1955 que permite a los singapurenses utilizar sus cotizaciones para financiar la compra de su piso HDB. El Estado no subsidiaba directamente el consumo: diseñaba el sistema de incentivos para que el trabajo de cada ciudadano se transformara progresivamente en arraigo. Es la versión de política pública de lo que Nassim Taleb denomina skin in the game: quien no tiene nada que perder toma decisiones irresponsables con lo colectivo. El CPF hacía que cada singapurense tuviera literalmente su piel expuesta al resultado del proyecto nacional.

El resultado es un modelo que desafía las categorías habituales. Singapur no es un Estado de bienestar al estilo europeo ni un mercado libre al estilo anglosajón. Algunos académicos lo han descrito como un middleman minority state: una formación política donde los derechos individuales existen pero están subordinados al grupo, y donde ese grupo no compite contra el mercado global sino que lo utiliza como palanca de desarrollo colectivo. En Singapur, el ciudadano tiene propiedad, pero esa propiedad está condicionada por el Estado. El suelo, en Singapur, sigue siendo público. Lo que se compra es el derecho de uso, no el suelo en sí. Propiedad privada de habitación; propiedad pública de base.

En Singapur, el ciudadano tiene propiedad, pero esa propiedad está condicionada por el Estado

El diseño tenía además una tercera capa que convierte el experimento en algo todavía más sofisticado. En 1989, el gobierno introdujo la Ethnic Integration Policy (EIP), una regulación que establece cuotas étnicas por bloque y por barrio en todas las transacciones de pisos HDB, aplicando los porcentajes de la composición nacional (chinos, malayos, indios y otros) a cada comunidad residencial. La norma sigue vigente hoy.

No era solo una política de vivienda. Era una política de nación. El apartamento no era un techo, era la unidad básica de una sociedad que había decidido cohesionarse desde abajo, desde la intimidad del hogar, impidiendo que la segregación étnica pudiera instalarse como destino. En una ciudad-Estado donde la fractura intercomunitaria era el mayor riesgo para la estabilidad, forzar la convivencia mediante la arquitectura urbana era, a su manera, una estrategia de defensa preventiva. Una nación que no se divide por dentro es mucho más difícil de agredir desde fuera. La defensa no es solo una cuestión de presupuestos o alianzas. Es, antes que nada, una cuestión de cohersión y motivación y la motivación más poderosa que existe no es ideológica sino existencial: defender lo tuyo y a los tuyos.

Resulta difícil no mirar este modelo con cierta melancolía desde el lado occidental del mundo. En Europa, y particularmente en España, la vivienda se ha convertido en lo opuesto: en un activo financiero especulativo, en un vector de desigualdad, en una fuente de frustración generacional. Pero el contraste no es únicamente económico. Mientras Singapur democratizaba la propiedad como instrumento de cohesión nacional, Europa ha consolidado un modelo donde el suelo funciona primordialmente como un activo financiero orientado a la captación de rentas, priorizando su rentabilidad económica sobre su función social o habitacional.

Cuando la política de vivienda se abandona a la lógica del mercado sin una intención articulada sobre qué tipo de ciudadano se quiere producir, no se produce ningún ciudadano en particular. Se produce la inercia del capital. Los precios suben donde hay demanda, los jóvenes quedan excluidos donde más querrían vivir, y el arraigo se convierte en un privilegio de clase. La economía funciona cuando hay una filosofía detrás. Sin ella, el mercado optimiza la rentabilidad del suelo, pero no la cohesión del cuerpo político.

La economía funciona cuando hay una filosofía detrás

Las consecuencias son visibles y cuantificables. Un informe del Martens Centre publicado en 2024 habla de que la escasez de vivienda asequible es un motor de alienación política, especialmente entre los jóvenes y está empujando a las nuevas generaciones hacia los extremos del espectro ideológico. Una generación que no puede permitirse comprar una vivienda es una generación que tiene menos razones para sentir que pertenece a algún lugar. Y una sociedad donde el arraigo es un privilegio no puede esperar que el compromiso cívico se distribuya de forma equitativa. La desafección no es una anomalía cultural de las nuevas generaciones. Es una respuesta racional a una exclusión estructural.

Hay, sin embargo, una tensión que este argumento no puede ignorar. El modelo de Lee exige aceptar que el Estado moldee activamente no solo el barrio, sino la familia, la composición del vecindario y el ciclo de ahorro de cada ciudadano. El paternalismo es el precio del arraigo. Eso plantea una pregunta para las democracias liberales: ¿cuánto paternalismo es legítimo para producir cohesión?

No hay respuesta fácil. Lee gobernó durante 31 años con un partido único y la capacidad de expropiar terrenos, controlar precios y eliminar la oposición política que pudiera obstaculizar el proyecto. Ninguna democracia liberal aceptaría esas condiciones. Pero separar el instrumento de su contexto de origen es un ejercicio intelectualmente legítimo. Y el instrumento (la propiedad amplia como fundamento de la cohesión social y la defensa colectiva) merece una reflexión seria que trascienda el debate entre mercado y Estado.

Tener algo que perder

Hay una dimensión ética en el argumento de Lee. Pedirle a alguien que defienda un orden que no le incluye es una forma de injusticia. La defensa nacional, como el civismo o el pago de impuestos, requiere de un vínculo real entre el individuo y la comunidad política. Ese vínculo no se construye con discursos: se construye con propiedad, con arraigo, con la certeza de que uno tiene algo que perder si ese orden desaparece. La seguridad nacional, que la teoría económica trata como un bien público puro (sin rivalidad, sin exclusión), Lee la rediseñó como un bien con externalidades privadas directas, el valor del hogar que cada familia está en juego.

Pero hay aún otra capa. En Singapur, el piso HDB es transmisible entre generaciones. Eso lo convierte en un contrato intergeneracional: cada familia no solo invierte en su presente, sino en el punto de partida de sus descendientes. La propiedad encadena generaciones al mismo proyecto. Crea una apuesta que no termina con el propietario original, sino que se transmite hacia adelante, hacia un futuro que conviene que sea estable.

Locke lo intuyó. Aristóteles lo sospechó desde la clase media propietaria. Lee Kuan Yew lo convirtió en hormigón y en llaves. La gran innovación del estadista singapurense no fue ideológica sino arquitectónica; diseñó una sociedad donde el interés individual y el interés colectivo coincidían en el umbral de cada puerta. Donde defender la patria y defender el hogar no eran dos actos distintos, sino uno solo.

Las sociedades que quieren ser defendidas deben primero ser habitables. El compromiso cívico tiene precio y ese precio es la pertenencia. Mientras haya ciudadanos que sientan que no tienen nada que defender, cualquier llamada a la cohesión nacional (ya sea al servicio militar, al pago de impuestos, a la participación electoral, al respeto de las instituciones o simplemente a creer que el futuro común vale la pena ser construido) sonará a una petición de sacrificio dirigida a quienes ya lo han dado todo sin que nadie se lo pidiera. Lee Kuan Yew comprendió que una nación no se defiende desde las trincheras, sino desde la cocina, desde el salón, desde la certeza de que ese suelo bajo tus pies es tuyo. Quien no tiene hogar no tiene patria que defender, y quien no tiene patria que defender, ya la ha perdido antes de que llegue el momento de elegir.

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