Jorge Volpi
Invasión alienígena
«Cada vez que equiparas al otro con una bestia, una cucaracha, una enfermedad o un virus, lo que quieres decir es que podrías aniquilarlo sin remordimientos», apunta Jorge Volpi.
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Cuando abres los ojos, te descubres en este planeta acuífero al que sueles llamar Tierra. Tú no lo elegiste: nadie escoge nacer y menos aún dónde nacer. Se trata de una decisión –un prodigio, una casualidad, una condena– anterior a ti. Cada vida conserva este sesgo kafkiano: nadie sabe cómo ni por qué llegó aquí. Pronto comprendes que no eres el único: innumerables generaciones te precedieron, a veces al ser concebidas, a veces al cabo de un largo recorrido. Tus antecesores, provistos con sus ficciones y prejuicios, son quienes te otorgaron tu nombre y quienes ahora te señalan, orgullosos o atemorizados, los límites del que será, sin importar lo que pienses, tu lugar.
La vida surge con la frontera, esa membrana que en un golpe de azar separó el interior del exterior. El ARN, que ya era capaz de copiarse a sí mismo, de pronto se rodeó de una envoltura y se convirtió en algo parecido a una diminuta bolsa de celofán. Su función no solo consistía en delimitar sus límites con el afuera, sino en entrar en contacto con él: la pared celular es el antecedente de cada uno de nuestros sentidos, la precisa maquinaria capaz de traer información de allá para acá y viceversa: la mejor forma de garantizar la homeostasis y de cumplir con las reglas de la vida.
Nuestra civilización se funda, por el contrario, en el doble mito de Troya y Jericó, prolongado en la Gran Muralla y los acontecimientos que hemos elegido para periodizar la historia, de la caída de Roma a la de Constantinopla y de la toma de la Bastilla al derrumbe del Muro de Berlín. Vista así, toda frontera parecería destinada al colapso. Equivocamos la metáfora: insistimos en que las fronteras sean como las almenas y los torreones de una fortaleza medieval, en vez de asimilarlas a las paredes de la célula. No un límite imposible de franquear –lo que equivaldría a la muerte–, sino la porosa membrana que auspicia el intercambio de nutrientes indispensables para la supervivencia.
Hemos desarrollado odiosas ficciones que convierten al otro en alguien –o algo– radicalmente distinto
Los humanos somos los primates más violentos y los más cooperativos. Más salvajes que los chimpancés –nuestros parientes más cercanos–, tan jerárquicos y patriarcales como nosotros; más solidarios y altruistas que los bonobos, que fundan sus pacíficas comunidades en la alianza de las hembras con los machos y el sexo indiscriminado como lubricante social: somos a la vez el hombre lobo del hombre de Hobbes y el buen salvaje rousseauniano. La mayor parte de las ficciones que hemos tramado justifican, subrayan o ensalzan alguna de estas dos vertientes: buena parte de ellas privilegian nuestro lado bélico, artero, competitivo, brutal y despiadado; por fortuna, existen aquellas que solidifican nuestros lazos comunitarios y nos animan a pactar, negociar, tolerar, respetar y compadecer a los otros.
Como los grandes simios, los humanos contamos con neuronas espejo, las disparadoras de la empatía, y el mecanismo que los neurocientíficos han bautizado como «teoría de la mente»: aquella que te permite imaginar en los demás una conciencia como la tuya. Lo natural es que te identifiques con cualquier otro y llegues a experimentar su alegría, su miedo, su dolor o su vergüenza. Por desgracia, también hemos desarrollado herramientas para bloquear este mecanismo: las odiosas ficciones que convierten a ese otro en alguien –o algo– radicalmente distinto; en alguien –o algo– que ya no es como tú; en alguien –o algo– que no merece piedad. Cada vez que equiparas al otro con una bestia, una cucaracha, una enfermedad o un virus, lo que quieres decir es que podrías aniquilarlo sin remordimientos.
Este texto es un extracto de ‘Invasión alienígena’ (Debate), de Jorge Volpi.
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