TENDENCIAS
Sociedad

Jorge Volpi

Invasión alienígena

«Cada vez que equipa­ras al otro con una bestia, una cucaracha, una enfermedad o un virus, lo que quieres decir es que podrías aniquilarlo sin remordi­mientos», apunta Jorge Volpi.

Artículo

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
13
agosto
2026

Artículo

Cuando abres los ojos, te descubres en este planeta acuífero al que sueles llamar Tierra. Tú no lo elegiste: nadie escoge nacer y me­nos aún dónde nacer. Se trata de una decisión –un prodigio, una casualidad, una condena– anterior a ti. Cada vida conserva este sesgo kafkiano: nadie sabe cómo ni por qué llegó aquí. Pronto comprendes que no eres el úni­co: innumerables generaciones te precedie­ron, a veces al ser concebidas, a veces al cabo de un largo recorrido. Tus antecesores, pro­vistos con sus ficciones y prejuicios, son quie­nes te otorgaron tu nombre y quienes ahora te señalan, orgullosos o atemorizados, los lí­mites del que será, sin importar lo que pien­ses, tu lugar.

La vida surge con la frontera, esa membrana que en un golpe de azar separó el interior del exterior. El ARN, que ya era capaz de copiarse a sí mismo, de pronto se rodeó de una envol­tura y se convirtió en algo parecido a una diminuta bolsa de celofán. Su función no solo consistía en delimitar sus límites con el afuera, sino en entrar en contacto con él: la pared celular es el antecedente de cada uno de nuestros sentidos, la precisa maquinaria capaz de traer información de allá para acá y viceversa: la mejor forma de garantizar la homeostasis y de cumplir con las reglas de la vida.

Nuestra civilización se funda, por el contra­rio, en el doble mito de Troya y Jericó, pro­longado en la Gran Muralla y los aconteci­mientos que hemos elegido para periodizar la historia, de la caída de Roma a la de Cons­tantinopla y de la toma de la Bastilla al de­rrumbe del Muro de Berlín. Vista así, toda frontera parecería destinada al colapso. Equi­vocamos la metáfora: insistimos en que las fronteras sean como las almenas y los torreo­nes de una fortaleza medieval, en vez de asimi­larlas a las paredes de la célula. No un límite imposible de franquear –lo que equivaldría a la muerte–, sino la porosa membrana que auspicia el intercambio de nutrientes indis­pensables para la supervivencia.

Hemos desarrollado odiosas ficciones que convierten al otro en alguien –o algo– radicalmente distinto

Los humanos somos los primates más violen­tos y los más cooperativos. Más salvajes que los chimpancés –nuestros parientes más cer­canos–, tan jerárquicos y patriarcales como nosotros; más solidarios y altruistas que los bonobos, que fundan sus pacíficas comuni­dades en la alianza de las hembras con los machos y el sexo indiscriminado como lubri­cante social: somos a la vez el hombre lobo del hombre de Hobbes y el buen salvaje rous­seauniano. La mayor parte de las ficciones que hemos tramado justifican, subrayan o ensalzan alguna de estas dos vertientes: buena parte de ellas privilegian nuestro lado bélico, artero, competitivo, brutal y despiadado; por fortuna, existen aquellas que solidifican nues­tros lazos comunitarios y nos animan a pac­tar, negociar, tolerar, respetar y compadecer a los otros.

Como los grandes simios, los humanos con­tamos con neuronas espejo, las disparadoras de la empatía, y el mecanismo que los neuro­científicos han bautizado como «teoría de la mente»: aquella que te permite imaginar en los demás una conciencia como la tuya. Lo natural es que te identifiques con cualquier otro y llegues a experimentar su alegría, su miedo, su dolor o su vergüenza. Por desgracia, también hemos desarrollado herramientas para bloquear este mecanismo: las odiosas ficciones que convierten a ese otro en alguien –o algo– radicalmente distinto; en alguien –o algo– que ya no es como tú; en alguien –o algo– que no merece piedad. Cada vez que equipa­ras al otro con una bestia, una cucaracha, una enfermedad o un virus, lo que quieres decir es que podrías aniquilarlo sin remordi­mientos.


Este texto es un extracto de ‘Invasión alienígena’ (Debate), de Jorge Volpi. 

ARTÍCULOS RELACIONADOS

Perder la noche

Andreu Escrivà

Dejar que la oscuridad se deshilache entre destellos fluorescentes es renunciar a un patrimonio tan valioso como el Sol.

¿Por qué caen los imperios?

Peter Heather | John Rapley

Hay distintos paralelismos entre el declive y la caída de Roma y la crisis que vive hoy Occidente.

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME