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La ilusión de los fotones

La ambición más antigua de la neurología es encontrar los «circuitos del pensamiento» y el interruptor de encendido y apagado.

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03
noviembre
2026

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Karl Deisseroth es psiquiatra especializado en depresión y autismo. Pasa consulta en Stanford, donde también dirige un novedoso laboratorio. En él estudia en ratones los circuitos cerebrales que intervienen en la motivación, la ansiedad o la conducta social. Su ambición, sin embargo, sigue siendo la más antigua de la neurología: encontrar los «circuitos del pensamiento» y el interruptor de encendido y apagado. Esa carrera empezó cerca del año 1780, cuando la electricidad era poco más que una atracción circense, y Luigi Galvani logró contraer mediante corriente las patas de una rana. Desde entonces, la neurociencia ha tenido dos maneras de actuar sobre el sistema nervioso. Los electrodos, herederos de aquella rana, en los que la corriente se expande por el tejido como una mancha de tinta —activando todas las neuronas de alrededor—. Y los fármacos, que viajan por la sangre y actúan de manera general sobre el entorno cerebral.

La innovación de Stanford parte de un descubrimiento de Georg Nagel y Peter Hegemann, biólogos alemanes, sobre cómo una microalga de agua dulce se orienta hacia el sol, gracias a una proteína que se abre como un portal cuando le llega la luz. El equipo de Deisseroth se las ingenió para introducir el gen de esa proteína en un tipo concreto de neuronas, que empezaron a fabricarla en su superficie. Lo hicieron primero con neuronas del hipocampo —las que fijan los recuerdos— cultivadas en el laboratorio y después en ratones vivos, a los que hicieron llegar una fibra óptica fina como un cabello. Cada destello abría los portales, entraban los iones y las vías neuronales se encendían sin ninguna contaminación a sus vecinas. Por primera vez se podía gobernar a voluntad un circuito del cerebro de un animal vivo. Por este trabajo, la Asamblea del Instituto Karolinska concedió en octubre a Deisseroth, Nagel y Hegemann el Premio Nobel de Medicina.

Hoy, mientras escribo, Deisseroth usa esa luz para estudiar uno de los fenómenos más extraños de la mente, la disociación, la experiencia de sentirse separado del propio cuerpo, como si uno mirara su vida desde fuera.

Yo no soy mi cerebro. Así de rotundo es el título del libro que Markus Gabriel, catedrático de Filosofía de la Universidad de Bonn, publicó en 2015 como réplica, entre otros, a Dick Swaab, autor holandés del superventas Somos nuestro cerebro, de 2010. Gabriel, harto de la dopamina y las endorfinas, enseña las vergüenzas del neurocentrismo, descrito como una forma de reduccionismo inerte, casi fanático. Raymond Tallis, médico y filósofo británico, en la misma línea, habla de «neuromanía» o «darwinitis».

España se ha convertido, por la literatura de masas, en una meca de estos productos. Este 2026 nos deja cosas esperpénticas como la «medicina frecuencial» o la «biofísica cuántica», sobre las que mi absoluta ignorancia no me permite opinar. Como no lo haría sobre una disertación de Albert Einstein.

Y es una lástima, porque la verdadera historia del cerebro la tenemos aquí mismo, en un hombre terco que dibujaba mejor que la mayoría de los artistas de su tiempo: Santiago Ramón y Cajal.

A finales del siglo XIX, el emperador de la histología era Camillo Golgi, un italiano de bigote majestuoso que había inventado la «reacción negra», una tinción con sales de plata que, por primera vez, dejaba ver las neuronas enteras bajo el microscopio. Golgi explicaba que el sistema nervioso era un entramado continuo, una red sin costuras en la que todas las fibras se fundían unas con otras.

Toda Europa pensaba como él.

Cajal trabajaba solo, con un microscopio Verick comprado a plazos y reactivos que pagaba de su sueldo de catedrático. Tomó la tinción de Golgi, la perfeccionó y la aplicó a cerebros de embriones y animales muy jóvenes, en los que las neuronas aún no estaban envueltas por la mielina y se dejaban ver mejor. En 1888, en su laboratorio de Barcelona, dibujó lo que veía en sus preparaciones. Individuos. Cada neurona era una célula independiente, con ramas que buscan a sus vecinas sin llegar a tocarlas. Entre una y otra intuyó una separación que, años después, Sherrington llamaría sinapsis. Cuando llevó sus preparaciones a un congreso en Berlín, los histólogos alemanes lo recibieron con sonrisas incrédulas. Tuvo que arrastrar a Kölliker, entonces el maestro indiscutible, a un rincón de la sala y sentarlo frente al microscopio para que lo viera con sus propios ojos. Kölliker se convenció. Golgi, nunca. En 1906 compartieron el Nobel, y Golgi, durante su discurso en Estocolmo, volvió a defender su red.

Si Cajal viviera hoy, estaría maravillado con los avances y las luces de Deisseroth

Hay un pequeño libro, Los tónicos de la voluntad, en el que se recoge la conferencia que Cajal pronunció al ingresar en la Real Academia de Ciencias, en Madrid. En él está escrito: «Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro». Cajal descubrió cómo se comunican las neuronas y nos dejó el mapa más hermoso del sistema nervioso. Hoy, una resonancia magnética funcional nos permite ver regiones enteras del cerebro encenderse como auroras boreales. Justo como él había imaginado. Sin embargo, su tótem habla de voluntad, no de neuronas.

Google y Harvard llevan una década cartografiando el cerebro humano. Han reconstruido un fragmento de corteza del tamaño de medio grano de arroz: dieciséis mil neuronas, cientos de millones de sinapsis en unos pocos milímetros. Algún día ese medio grano de arroz será el cerebro entero. Si Cajal viviera hoy, estaría maravillado con los avances y las luces de Deisseroth. Pero seguramente se reiría al comprobar que, cien años después, seguimos dando patadas a la misma piedra.

El «genoma cerebral» es una ilusión. Sí, tendremos el mapa de carreteras, cruces y puentes. Pero no sabremos nada de lo que viaja por ellas.

La neurociencia nunca explicará el pensamiento.

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