El hombre es un lobo para el hombre
Homo homini lupus
El comediógrafo Plauto denunció la naturaleza egoísta de los humanos con esta frase. Posteriormente, el filósofo inglés Thomas Hobbes popularizaría dicha máxima denunciando el estado natural ser de la sociedad como «una guerra de todos contra todos».
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En 1927, el escritor Hermann Hesse (1877-1962) publicó una novela que se convertiría en símbolo del inconformismo social y sería guía espiritual para quienes integraron los movimientos contraculturales de los años 60 y 70 del pasado siglo. En El lobo estepario, Hesse dio vida a Harry Haller, que se debate entre el humanismo y el desarraigo, para reflejar los vaivenes de la profunda crisis espiritual que, por entonces, sufría el propio Hesse. A lo largo de sus páginas se extiende una sombra bajo la que habita la convicción de que el hombre moderno no es capaz de armonizar sus pensamientos con sus impulsos emocionales y se convierte, así, en un lobo para sí mismo.
Pero, si seguimos los postulados del autor alemán y asimilamos que el hombre es, en no pocas ocasiones, un depredador de sí mismo, ¿qué es el hombre para los demás? La respuesta la dio, siglos antes, Tito Maccio Plauto (254 a.C.-184 a.C.), quien fuese el más reconocido comediógrafo de la Antigua Roma, cuando en su Asinaria o Comedia de los asnos proclamó que «el hombre es un lobo para el hombre, y no un hombre, cuando no conoce quién es el otro». De esta manera, el autor dejaba al descubierto la naturaleza cruel, egoísta y destructiva de los humanos.
Según Rousseau, el ser humano, en su estado natural, es bueno, y solo se pervierte en contacto con los males y vicios de la vida social
Plauto acababa de crear una frase que iniciaba uno de los debates más encendidos que recorrerían la historia de la antropología filosófica. ¿El hombre es bueno por naturaleza o, al contrario, es malo? El mayor adalid de la corriente de pensamiento que ponía en valor la naturaleza bondadosa de las personas fue el filósofo francés Jean-Jacques Rousseau (1712-1778). Él se alineaba con un pensamiento que también venía de antiguo, concretamente de Séneca, que afirmaba que «el hombre es sagrado para el hombre». Según Rousseau, el ser humano, en su estado natural, primitivo, es bueno, compasivo, y solo se pervierte en contacto con los males y vicios de la vida social. De ahí que hiciese una defensa a ultranza de lo que él llamó «el buen salvaje», contrariando corrientes de pensamiento opuestas que ya habían sido ampliamente difundidas.
En el lado opuesto estaban quienes, como Nicolás Maquiavelo (1469-1527), aseguraban que el hombre es malo por naturaleza, empeñándose en destacar el egoísmo como estado natural del ser humano. Un egoísmo que lo convierte en otro tipo de salvaje más cercano al animal. Concretamente al lobo, que se convirtió en arquetipo filosófico de dicho egoísmo humano. Plauto lo dejó escrito, como hemos visto, hace siglos, pero sería el filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679) quien popularizaría la frase de aquel: «el hombre es un lobo para el hombre».
Aunque el creador de la frase es Plauto, quien la popularizó fue el filósofo inglés Thomas Hobbes
En 1642, Hobbes publicaba De cive o Sobre el ciudadano, un ensayo en que profundiza en los principales aspectos de su discurrir filosófico. En ella expone su sentir sobre la verdadera naturaleza del hombre como lobo para el hombre sirviéndose con ejemplos como las guerras, el exterminio de grupos sociales o religiosos, el asesinato, las torturas, la esclavitud o el tráfico ilegal de personas. Todos estos dramáticos avatares de la historia no sucederían si en el interior humano no habitase un animal dispuesto a cometer las peores atrocidades contra el prójimo.
Años después retomaría estas ideas en Leviatán (1651), su obra más conocida, que se convirtió en la justificación más feroz, hasta la fecha, de la necesidad de que las sociedades se rijan por el gobierno de un estado absolutista. Así, defendía que con la suscripción de un contrato social mediante el cual cada individuo cediera la libertad que posee en el estado natural a cambio de ciertos derechos y deberes que impondría un gobierno absoluto, podría combatirse el carácter intrínsecamente egoísta de las personas que componen una sociedad. Algo similar había propuesto Maquiavelo, asegurando que es imprescindible contar con gobernantes astutos que no eviten el uso de la fuerza para mantener la estabilidad social.
Sin duda, los peligros que entraña el egoísmo que tan a menudo aflora en las personas son múltiples e impactan directamente en el corpus social. Tal vez por ello, Herman Hesse prefirió profundizar en el instinto animal que nos acompaña al escribir sobre su lobo estepario. Él posiblemente tomó como punto de partida las ideas más imparciales al respecto de la bondad o maldad intrínsecas al ser humano del filósofo inglés John Locke (1632-1704), que en su «teoría de la tabla rasa» explicó que la mente de las personas, cuando nacen, es una página en blanco en que se irán escribiendo párrafos bondadosos o malvados dependiendo de la educación recibida, las experiencias vividas y el entorno social en que se desarrollen.
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