Generar energía sobre el agua
El futuro de la fotovoltaica flotante dependerá de encontrar el equilibrio entre generar energía y conservar aquello que existe bajo los paneles solares.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
La transición energética necesita espacio. Las plantas solares ocupan terrenos que también pueden tener usos agrícolas, industriales o naturales, y esa competencia se vuelve más relevante a medida que aumenta la necesidad de electricidad renovable. Una alternativa consiste en mirar hacia un lugar que hasta hace poco apenas formaba parte del mapa solar: la superficie del agua. La fotovoltaica flotante ya superaba los 9,6 gigavatios pico (GWp) de potencia instalada en el mundo en 2024 y continúa expandiéndose, sobre todo en embalses y otras masas de agua artificiales, pero, ¿qué ocurre con el ecosistema cuando una parte de su superficie deja de recibir directamente el sol?
La idea de base es sencilla: colocar módulos fotovoltaicos sobre estructuras flotantes y mantenerlos en su posición mediante sistemas de anclaje, además de que el agua puede contribuir a refrigerar los paneles. Sobre todo, esta tecnología permite producir energía sin utilizar grandes extensiones de suelo, una posibilidad especialmente atractiva en lugares donde la disponibilidad de terrenos adecuados constituye una limitación.
Existe, además, una relación menos evidente entre los paneles y el agua. Al proporcionar sombra sobre una parte de la superficie, las instalaciones flotantes pueden reducir la cantidad de agua que se pierde por evaporación. Un estudio de 2023 que reunió 422 evidencias sobre sus efectos en sistemas de agua dulce encontró que la reducción de la evaporación era precisamente el efecto sobre el que existía un mayor número de evidencias. El mismo estudio advertía, sin embargo, que el conocimiento sobre las consecuencias químicas y biológicas seguía siendo mucho más limitado.
En regiones sometidas a estrés hídrico puede resultar especialmente interesante producir electricidad y al mismo tiempo conservar parte del agua de un embalse. La fotovoltaica flotante también puede complementar a la generación hidroeléctrica, aprovechando una infraestructura que ya existe. Un estudio de 2026 identifica precisamente la conservación del agua y las sinergias con la hidroelectricidad entre los posibles beneficios de esta tecnología.
Los paneles flotantes pueden producir electricidad y, al mismo tiempo, reducir la pérdida de agua por evaporación
Pero una masa de agua no es una superficie vacía. La luz que llega hasta ella condiciona la temperatura y la producción primaria acuática, mientras que el viento y la circulación del agua intervienen en procesos como la oxigenación y la distribución de nutrientes. Cuando una instalación cubre una parte de esa superficie, introduce una nueva estructura en un ecosistema que ya funcionaba antes de su llegada.
Otro análisis publicado en 2023 sobre los posibles efectos ecológicos de la fotovoltaica flotante en lagos señala que una elevada cobertura puede reducir la llegada de luz, la velocidad del viento y la temperatura del agua. También puede modificar la oxigenación y otros procesos ecológicos. Pero los autores subrayan que las consecuencias dependen de las características de cada instalación y de cada masa de agua, y todavía faltan estudios capaces de determinar sus efectos a largo plazo.
Un estudio distinto publicado en 2024 llega a una conclusión similar. Entre los posibles impactos identifica el efecto sombra, las modificaciones en el intercambio gaseoso agua-atmósfera, las variaciones en la hidrodinámica, las alteraciones en las comunidades bentónicas y el impacto sobre las especies móviles. Las propias estructuras pueden proporcionar nuevos sustratos para algunos organismos, pero eso no significa que una instalación mejore automáticamente la biodiversidad.
Por eso, el verdadero desafío de la fotovoltaica flotante quizá no consista en demostrar que puede funcionar, sino en aprender dónde y cómo hacerlo. El porcentaje de superficie cubierta, la ubicación de los módulos, la profundidad, la circulación del agua y los usos que ya existen en cada lugar pueden determinar sus efectos. La fotovoltaica flotante no convierte por sí misma un embalse en un ecosistema más saludable ni permite considerar cualquier superficie acuática como un territorio disponible para la transición energética. Pero sí plantea la interesante posibilidad de que una infraestructura destinada a producir electricidad pueda desempeñar simultáneamente otras funciones, desde reducir la presión sobre el suelo hasta conservar agua.
El reto no consiste solamente en encontrar nuevos lugares donde instalar paneles solares, sino en aprender a producir energía sin tratar los ecosistemas como espacios con disponibilidad absoluta. Y, en el caso de la fotovoltaica flotante, eso significa recordar que el territorio que estamos utilizando no termina en la superficie del agua, sino que también empieza debajo de ella.
COMENTARIOS