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Leticia Sala

«El bótox es muy adictivo y cada vez pide más dosis»

Fotografía

Camila Falquez
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23
octubre
2026

Fotografía

Camila Falquez

La eterna juventud es algo a lo que siempre ha aspirado el ser humano. Cleopatra ya se bañaba en leche de burra para cuidar su piel y, en la época victoriana, las mujeres de la nobleza usaban productos tóxicos como el arsénico para conseguir blanquear su tez. Una lucha perdida de antemano que a día de hoy está alcanzando su culmen con el bótox y el ‘skincare’. Al menos así lo piensa la escritora Leticia Sala (Barcelona, 1989), quien en su libro ‘Dame veneno que quiero vivir‘ (Anagrama) explora el conflicto entre verse bien mientras se está participando en la perpetuación de un sistema que no hemos elegido.


Si, como dejó dicho Simone de Beauvoir, no hay más alternativa que morir prematuramente o envejecer, ¿por qué existe ese miedo a hacerse mayor si es el peaje de estar vivo?

Es el gran misterio. Por un lado, creo que este deseo de juventud es intrínseco al ser humano. Pero, como todos, hay algunos que tenemos controlados y otros totalmente lo contrario. En este momento —y en gran medida por culpa de una industria cosmética que ha visto un buen filón aquí—, se ha generado una realidad que potencia más ese miedo. Algo que está vinculado a otros millones de cosas que se me escapan. Yo quería hacer zoom a esto para conseguir cambiar el foco, es decir, pensar más allá de parecer siempre joven.

Una realidad que siempre ha tenido en la diana a las mujeres. ¿Por qué?

A la mujer siempre se le ha considerado una carne más vulnerable para hacerle sentir que le faltan cosas, que no es suficiente. Si leyésemos el alma de la mayoría de las mujeres, la lucha en la que estamos es sentirnos que sí que lo somos. Esto es muy sexy para la industria cosmética: si sientes que te falta algo, eso puede ser un sérum. El spoiler es que no, pero por un momento puedes pensar que sí.

Una lucha perdida de antemano que, aparte del sérum, a día de hoy usa una herramienta muy peligrosa: el bótox. ¿Por qué es tan dañino?

Siento que sobre este producto últimamente ha habido una banalización, aun teniendo consecuencias importantes. Cuando comento esto a mis amigos me doy cuenta de que es una información que no está en la calle, por lo que somos más maleables. Pero hay que tener en cuenta que tiene consecuencias. Primero de todo porque es un veneno. Uno que se reabsorbe de forma natural, lo que ayuda a banalizar su toxicidad. Aparte de ello, es muy adictivo y cada vez pide más dosis. Aun con todo ello, es el procedimiento cosmético no quirúrgico que más se utiliza tras los rellenos de ácido hialurónico.

«El bótox está provocando que la única cara que nos parece aceptable sea una libre de arrugas, rígida y con efecto ‘lifting’»

Aparte de todo esto que comentas, también representa un daño social: el de homogeneizar las caras y eliminar cualquier atisbo de emoción del rostro.

De la misma forma que ChatGPT está homogeneizando nuestra forma de escribir, el bótox está provocando que la única cara que nos parece aceptable sea una libre de arrugas, rígida y con efecto lifting. Pero no venimos de ahí; esto algo muy nuevo en la sociedad. Nunca se había llegado a este punto. Si no hay un movimiento contrario a esto, sí que podremos acabar pensando que la única cara es esa.

¿Está suponiendo mostrar el envejecimiento o luchar contra él una muestra de estatus y de división de la sociedad?

Si está habiendo una homogeneización de la belleza donde el rostro aceptable va a ser el que esté libre de arrugas, el que las tenga va a ser una persona privilegiada. Yo escribí sobre esto en el libro y al poco apareció un artículo en The New York Times que hablaba de estar debajo o encima del algoritmo. Solo habrá unos pocos privilegiados que puedan estar por encima: a día de hoy hay una tendencia y va a ser complicada saltársela.

Aparte del bótox, también está el problema del skincare. Un cuidado facial que ya ha colonizado las edades tempranas de muchas niñas. Tienen hasta un nombre para referirse a ellas: las Sephora Kids.

Pienso que de lo que hemos hablado hasta ahora podría ser un debate interesante en el que todo es válido: somos adultos y cada uno puede decidir hasta dónde llegar. Pero cuando entramos en un terreno más vulnerable como el de las niñas me parece que ahí ya no puede haber debates: aquí está mal que se esté aceptando que la industria cosmética se pueda dirigir a menores de edad y crearles estas necesidades desde que tienen 7 años. No puede ser que haya niñas preocupadas porque les haya salido una arruga. Es un trastorno que les va a afectar el resto de su vida. Esto no viene y se va, sino que hay años en los que somos especialmente permeables y todo lo que nos pase va a reverberar el resto de nuestra vida. Por eso creo que ahí sí que tenemos que poner unas líneas mucho más intransigentes.

«No puede ser que haya niñas preocupadas porque les haya salido una arruga»

En el libro escribes una serie de ideas que podrían dar la vuelta a esta situación. ¿Cuáles dirías que son las más importantes?

Todas las que puse en el libro son importantes para mí y creo que son muy posibles. Si tengo que resaltar alguna, diría la de recibir educación de dermatólogos que expliquen en las clases cuál es el verdadero cuidado de la piel y sus consecuencias. Y a nivel adulto, yo en lo que creo mucho es en efecto de la cultura: solo falta que un referente haga algo para que tú pienses que también puedes. Actrices, modelos, cantantes tienen una posibilidad muy grande de alterar lo que consideramos bello si ellas mismas exploran otra forma de hacerlo. Y sobre todo las más jóvenes. Algunas ya con 20 años están haciéndose retoques, pero ellas pueden alterarlo. Billie Eilish, por ejemplo, dijo que tiene ganas de que sus hijos vean su cara real. Yo pensé que resumió muy bien el libro en una sola frase.

¿Qué futuro estético nos espera?

Por un lado, parece que la ciencia está muy interesada en hacer avances para conseguir que el envejecimiento sea casi un error del cuerpo humano. Ahora mismo se está investigando para alterar el ADN y revertir células. Pero, al mismo tiempo, hay una parte de la sociedad que sí que se está haciendo muchas preguntas al respecto. Hay una conciencia alta muy sensible al feminismo y a la carga que acarreamos las mujeres que no se va a rendir fácilmente. Por lo que creo que estamos en una situación compleja y que vamos a ir navegando entre estos dos espacios para ver cómo va a acabar.

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