Jon Sistiaga
«Es mejor que Sortu y Bildu estén en las urnas que en las balas»
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En verano de 1997, ETA secuestro y asesinó a bocajarro al concejal de Ermua Miguel Ángel Blanco. Nunca antes la sociedad española había estado tan unida frente al terrorismo de la banda abertzale. A raíz del documental ‘Miguel Ángel Blanco: las 48 horas que lo cambiaron todo’, hablamos con uno de sus directores, el periodista Jon Sistiaga, sobre esos fatídicos días, el desconocimiento de los jóvenes sobre un hecho crucial de nuestra historia más reciente o la necesidad de recuperar la memoria.
Lo cuentas muy bien en el documental: todos nos acordamos dónde estábamos esas últimas 48 horas de Miguel Ángel Blanco. ¿Qué hubo en el secuestro y asesinato del concejal de Ermua que cambió la manera en la que la sociedad se enfrentaba al terrorismo de ETA?
Desde el punto de vista de estrategia terrorista, todo salió mal. Lo que ellos consideraban iba a ser una gran obra teatral en la que secuestraban a un joven don nadie del Partido Popular y chantajeaban al Estado, se volvió en su contra. No valoraron que en esos momentos los medios de comunicación eran capaces de sostener una narración 24 horas. La capacidad de movilización que demostró, sobre todo, la televisión hizo que mucha gente se sintiera interpelada por lo que estaba ocurriendo y, por primera vez en su vida, decidiera hacer algo, aunque ese algo fuera manifestarse. Movilizó a muchísima gente haciendo que se tomara conciencia de que, aunque la batalla moral estaba ganada desde hacía tiempo, había que ganar la calle y deslegitimizar la violencia. Cambió también la percepción de la opinión pública internacional sobre ETA. Eso fue una debacle a nivel interno: darse cuenta de que prensa que ellos consideraban amiga —francesa, alemana, británica— les daba la espalda. A partir de ahí, sus propias bases empiezan a quedarse sin argumentos para justificar lo que había ocurrido.
¿Fue el principio del fin de ETA?
Creo que sí. El principio de un fin muy largo, quizás demasiado para algunos — todavía 10 años y 65 muertos más—. Pero era una futilidad pensar que se acabaría de un día para otro. Cualquiera que supiera de esto o fuera un observador más o menos serio, sabía que esa épica de la derrota se cuece durante mucho tiempo. Elegir al tío que baja la persiana, apaga la luz y cierra la puerta —en este caso, Josu Ternera— es muy difícil. ¿Quién asume el hecho de que después de 800 muertos, y con 600 tíos en la cárcel, no hemos conseguido nada, pero lo tenemos que dejar? Ese principio, ese fin se fue fraguando a partir del 97. Después vino la tregua del 99, que se rompe y vuelven con fuerza [la ofensiva terrorista del 2000 fue especialmente cruenta, con más de 20 asesinatos, entre ellos el del diputado socialista Fernando Buesa] y luego la de 2006, hasta que al final deciden que se acaba.
Hablando hace poco con Borja Sémper, comentaba que no supimos celebrar juntos la victoria conjunta, inequívoca de ETA. ¿Compartes esa opinión?
Totalmente. Durante años, la noticia que queríamos dar los periodistas de toda una generación en este país era el final de ETA. Y una vez que la dimos, de alguna manera, dejó de ser relevante. La noticia más importante de nuestras vidas. Al día siguiente ya estábamos peleando por si dejan las armas, pero no las entregan; lo dejan, pero no se resuelve el problema de los presos; lo dejan gracias a la Policía, a Zapatero, a Aznar… Eso es de una tristeza extraordinaria.
«El pasado hay que removerlo porque, si no, vuelve»
¿Por qué nos cuesta tanto celebrar como país una victoria de este calibre?
Supongo que ahora mismo lo miramos desde la perspectiva de 2026. Incluso los profesionales de los medios de comunicación que nos dedicamos a tratar de analizar y verificar la realidad desde la neutralidad —aun sabiendo que luego nos debemos a una línea editorial— estamos instalados en una demagogia constante. En el año 97, cuando matan a Miguel Ángel Blanco, no había nada que celebrar; pero en 2011, cuando ETA decide que lo deja, no se celebró como tal. No solo no celebramos, sino que desde el día siguiente estábamos echándonos los medios de comunicación y los partidos políticos la culpa o la victoria a la cara.
Parece que somos un país que no ha hecho las paces con su pasado.
Todos los países tienen un pasado sucio. Hay que saber mirarlo con los ojos del presente, sabiendo que lo que se podía hacer hace 40, 80 o 200 años se hacía desde otros lugares y otras perspectivas. Pero ahora, ¿quién puede negarse a sacar gente de una cuneta? El pasado hay que removerlo, porque si no, vuelve. He visto demasiados conflictos a lo largo de mi trayectoria profesional en lo que no resolver historias enquistadas, no atender a las víctimas, no reconocer la memoria —más o menos común— hace que luego esos conflictos se puedan volver a recrudecer. Ninguna madre se niega a saber qué ha pasado con su hijo y dónde está su cuerpo. ¿Dónde poner el límite? Pongo uno: que haya constancia, memoria viva; que alguien sepa lo que pasó con su padre, aunque tuviera cuatro años.
¿Crees que hemos pasado página muy rápido?
A toda hostia. Y ese es el problema. Estoy en una fase profesional en la que uno de mis objetivos es trabajar en la memoria de las víctimas y de lo que ocurrió en el País Vasco. No sé si es un reflejo postraumático o qué, pero cada vez estoy más preocupado por esa ausencia de memoria, por esa dulce amnesia colectiva en la que estamos instalados en el País Vasco, pero también en el resto del Estado.
Ahondemos un poco en esa «dulce amnesia colectiva».
Hay que diferenciar lo que yo llamo la dulce amnesia colectiva en la que se instaló, por un lado, Euskadi a partir de 2011, donde concejales del PP o del PSOE podían de repente salir a la calle a pasear sin escolta, sin pensar que les iban a matar en cualquier momento. Y, por otro, la sociedad que había apoyado el terrorismo de ETA y a la que tampoco le interesaba que la etiquetasen de Batasuna o proetarra, porque es una realidad que ya no existe. En medio queda toda esa parte de la sociedad que decide sumarse a esa amnesia colectiva, se pasa página a toda hostia y no les decimos a los chavales —de Euskadi y del resto del país— nada, porque ya no es un problema. Y se produce otro fenómeno: muchos policías o periodistas que, de alguna manera, inconscientemente, rechazan la nueva situación, porque llevaban toda su vida profesional dedicados a esto [el terrorismo] y se quedaron sin saber qué hacer.
«No solo no celebramos el fin de ETA, sino que al día siguiente estábamos echándonos en cara la culpa o la victoria»
¿Puede ser ese un motivo por el que el 60% de los jóvenes españoles —señalas en el documental— no sepa quién fue Miguel Ángel Blanco?
En esa parte hemos fallado nosotros [los más mayores]. Y estos periodistas y policías contribuyeron a que, a pesar de que ETA había decidido un alto el fuego —que significaría en breve una disolución en los términos que se pactaran—, se alimentara el espíritu de conflicto con informaciones sesgadas o retroalimentadas. No contribuyeron a generar esa idea maravillosa de «vamos a celebrar que podemos pasar a una nueva fase social en nuestro país, porque, por fin, hemos acabado con lo que estaba interfiriendo en nuestra realidad diaria y en nuestro futuro [como Nación]».
¿Qué papel juega el sistema educativo en este desconocimiento?
La otra pata. No habernos enfrentado de manera común a nuestro pasado sucio hace que se pase de puntillas por el pasado más reciente. En 2026, por primera vez en la EBAU en Euskadi, han entrado los años de plomo. Hay hitos terroristas que deben conocerse, como ese cambio de ETA en el año 95: la socialización del sufrimiento. Con dos cojones. ¿A quién se le ocurrió eso?
¿Blanqueamiento de la memoria?
No hay una estrategia de blanqueamiento de la memoria. Tampoco de memoria compartida. No compartimos la memoria. Creo que compartimos que ya no vivimos bajo el yugo de la amenaza terrorista, pero no que ETA haya perdido. Hay gente que todavía dice que ETA está en el gobierno, que manda en España.
¿Compartes esa opinión?
¿Quién va a compartir eso? Es un delirio. Durante años, la democracia española persiguió la integración de todas las propuestas políticas, incluidas las nacionalistas e independentistas. O al menos la defensa de esas ideas por los cauces pacíficos; es decir, políticos. Ahora que lo hemos conseguido, muchos se niegan a reconocer que lo estén haciendo como siempre se lo hemos pedido: con propuestas políticas y votos. Sortu [partido político de la izquierda abertzale], integrado dentro de una coalición que se llama Bildu, en sus estatutos deja claro que la violencia no tiene cabida en su ideario político. Dicho esto, ¿podemos exigir a la vieja guardia que todavía existe en ese partido —como Otegi— un posicionamiento claro que diga «nos equivocamos, lo sentimos y no sabemos cómo reparar todo ese mal que provocamos»? Creo que esto le valdría a muchas víctimas. A la antigua Batasuna —ahora Sortu— le queda un acto de contricción real para ser legitimados ante personas que, como yo, consideran que es mejor que estén en las urnas que en las balas.
«Hablar de la violencia del Estado es un brindis al sol en la sociedad de ahora»
¿Qué deberíamos hacer para restaurar esa memoria?
He sido testigo privilegiado de los peores años de la violencia en este país. Por ser de allí, por tener compañeros de clase que entraron en ETA, por tener otros fueron sus víctimas. También por mi aproximación como periodista que ha vivido, somatizado y relativizado la violencia y luego —por trayectoria profesional— la ha comparado con la de otras sociedades, otras situaciones, otros tránsitos de memoria, otras venganzas. Con el tiempo empiezo a pensar que tengo una responsabilidad, porque creo que puedo contar cosas que pueden ayudar, uno, a que nuestra generación recuerde aquellos años chungos en los que vivimos; dos, a que la generación que está ahora entre los 18 y los 35 años, gente como mi hija, se pare mientras está haciendo scroll en una noticia que le cuenta lo que pasó hace 30 o 40 años que explica mucho de cómo somos ahora; tres, a contar cosas que todavía quedan por contar que, muchas veces, superan a cualquier idea de guionista; cuatro —la más complicada— a contar algo absolutamente incómodo: la violencia del Estado.
Dedo en la llaga…
Había grupos paramilitares, organizaciones como los GAL o, simplemente, una violencia policial que generó una sensación en aquella Euskadi que justificó durante muchos años la violencia virtuosa ejercida por el lado del independentismo radical, esa creencia que tenía ETA de que su violencia era la contestación lógica a la del Estado. Seguimos sin que se apruebe la ley de secretos de Estado con la que se puedan saber y sacar a la luz episodios muy feos y cruentos que explican mucho del apoyo que gran parte de la sociedad vasca ejerció o proporcionó a la violencia.
¿Qué interés puede tener nuestra clase política, ya sea de un bando o de otro, en una ley así?
Sigue siendo muy difícil que alguien dé la cara para contar cosas de entonces; un guardia civil que se dedicaba a torturar o un policía que contrataba a mercenarios, más allá de Amedo y compañía. Es muy difícil que se cuenten qué ocurrió realmente dentro del cuartel de Inchaurrondo en muchas ocasiones. Yo me encuentro con que tengo que recurrir a la ficción, escribir una novela como Purgatorio, por ejemplo, donde pueda contar cosas que sé, que me han contado, pero que son off the record. Ese cuarto punto es casi un brindis al sol en la sociedad de ahora.
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