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Anu Bradford

«La Unión Europea es una superpotencia regulatoria»

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02
enero
2026

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Frente al mantra de que la regulación frena la innovación, Anu Bradford responde con análisis y rigor. Reconocida por acuñar el influyente concepto del «efecto Bruselas» (que describe cómo las normas de la Unión Europea se expanden globalmente), esta jurista finlandesa ha construido una carrera meteórica. Doctora en Derecho por Harvard, Bradford ejerció en Derecho de la UE y Derecho Antimonopolio en Bruselas. Pasó por el Parlamento finlandés como consejera de Política Económica, y más tarde por el Parlamento Europeo. En 2010, el Foro Económico Mundial la nombró Joven Líder Global. Tras enseñar en la Universidad de Chicago, se incorporó en 2012 a la Universidad de Columbia como catedrática de Derecho. Desde entonces, Bradford ha influido de forma creciente en los debates sobre derecho internacional y el futuro de la tecnología.

En 2023, publicó Imperios digitales: La batalla global por la tecnología que marcará la geopolítica del futuro (Shackleton Books), donde analiza el enfrentamiento entre tres modelos de control tecnológico: el de Estados Unidos, el de la UE y el de China. Un libro clave para entender las tensiones detrás de la regulación tecnológica global.

La investigadora ha dedicado más de dos décadas a analizar la influencia de la UE en la regulación global, una posición única que atribuye a su experiencia tanto interna como externa. «Me da la ventaja de conocer Europa desde dentro, pero también a la distancia, la ventaja de no estar dentro de la burbuja de Bruselas».

La doble perspectiva de Bradford sentó las bases de su obra más influyente: El efecto Bruselas: cómo la Unión Europea domina el mundo. «Estudiaba el Reglamento General de Protección de datos (RGPD), el derecho de la competencia y el derecho medioambiental», explica. «Independientemente del ámbito, parecía existir un patrón: las multinacionales estaban ajustando sus prácticas globales. Quería ver si existía un fenómeno al que pudiera ofrecer un marco analítico». Bradford formalizó una teoría que explicaba este poder, argumentando que, si bien la UE puede carecer de poder militar, su poder regulador es inigualable.

«La Ley de IA puede servir como plantilla global»

Con su obra, la académica buscaba desafiar las narrativas predominantes sobre la disminución de la relevancia global de la UE, percibida como una potencia del pasado. Bradford vio una realidad diferente desarrollándose en la esfera legal. Cuando se habla de poder, suele hacerse en términos militares y económicos, pero la fortaleza de la UE —sostiene— reside en su influencia regulatoria. «En Derecho, la UE es una superpotencia», afirma.

El efecto Ley de IA

En los últimos años, Bradford ha puesto su mirada en la regulación digital, un campo en el que la UE ha vuelto a asumir un papel pionero. La Ley de Inteligencia Artificial europea da cuenta de ello, como primera regulación de IA horizontal a nivel mundial. Una ley que ya ha empezado a ejercer su «efecto Bruselas» en diversos países del mundo. Bradford cree que puede servir no solo como una guía y punto de referencia para las empresas, sino como «plantilla global», tanto por la expectativa de regulaciones similares en otras regiones, como por las demandas de desarrollo ético y seguro por parte de los consumidores.

Bradford pone un ejemplo claro: si una multinacional adapta sus algoritmos de contratación para eliminar sesgos y cumplir con la Ley de IA de la UE, no tendría justificación para no aplicar esos mismos estándares en el resto del mundo. «¿Por qué usaría algoritmos sesgados en Estados Unidos o en América Latina?», plantea. Una vez asumidos los costes de adecuarse a la normativa europea (y mejorado el producto en el proceso), escalar esas prácticas a nivel global no solo es sencillo, sino lógico, señala.

En cuanto a los países de fuera de la UE donde la Ley de IA ya ha tenido impacto, Bradford destaca Corea del Sur. Piensa que podrían seguirle otros que ya han adoptado normas similares al RGPD, como Australia, Taiwán e incluso China, «para obtener acceso al mercado de la UE o para tranquilizar a sus propios consumidores». En cuanto a Estados Unidos, la experta destaca que, si bien su legislación directa puede no siempre reflejar las leyes de la UE, las empresas estadounidenses (especialmente los gigantes tecnológicos) a menudo alinean sus prácticas con las regulaciones de la UE, como se ha visto también con el RGPD.

«Los dueños de las plataformas no se levantan pensando “¿qué puedo hacer por la democracia hoy?” sino “¿cómo puedo ganar más dinero?”»

Sin embargo, el panorama regulatorio global no es un monolito, como Bradford muestra en su libro Imperios digitales. En él, identifica diferentes modelos regulatorios: el estadounidense, impulsado por el mercado; el chino, impulsado por el Estado; y el europeo, que equilibra la influencia del mercado y el Estado. Algunos países, como Singapur, combinan ambas. «Singapur es una especie de híbrido interesante», explica la autora, ya que mezcla elementos de la aproximación más liviana estadounidense, sin renunciar a un mayor énfasis regulatorio en ciertas áreas, y con cierto control de contenido influenciado por China.

India también presenta una mezcla. Su regulación de privacidad muestra «mucha emulación del RGPD», pero también incorpora «muchos elementos de control estatal, bajo el gobierno de Modi», que limitan la libertad de expresión. Japón, por otro lado, se inclina más hacia un enfoque de desarrollo de IA centrado en el ser humano. A menudo se basa en leyes no vinculantes (que probablemente nadie seguiría en Europa, pero allí sí) debido a su cultura «muy respetuosa de la ley» donde «basta con tener una guía y una recomendación».

Democracia en peligro

Más allá de la regulación, lo que más le preocupa a Bradford son las «amenazas a la democracia en la era actual». A su juicio, son principalmente dos. La primera es el papel de China como exportador de tecnologías de vigilancia. «China está enviando a otros países muchas tecnologías de reconocimiento facial con inteligencia artificial para construir las llamadas ciudades inteligentes. Pero no solo para eso, ya que también facilitan a dichos gobiernos las infraestructuras para participar en la vigilancia de su población, y pueden permitir a China acceder a esos datos, a través de sus tecnologías». El debilitamiento de las estructuras e instituciones democráticas —afirma— hace que la tecnología sea susceptible de ser mal utilizada por los regímenes autoritarios.

La segunda amenaza surge cuando los gobiernos ceden el control a las grandes empresas tecnológicas, hasta el punto en que estas «ejercen tanto poder económico, tecnológico, político, cultural y social que controlan las infraestructuras de la democracia» donde florecen la interferencia electoral, la desinformación y la polarización.

Un problema crítico, según Bradford, es la naturaleza de sistemas usados por estas plataformas. «Los algoritmos a menudo nos dirigen hacia el tipo de información que confirma nuestros sesgos y nos impiden dialogar entre los diferentes puntos de vista políticos y llegar a compromisos, narrativas y propósitos comunes», afirma. Algo que se ve exacerbado por la ausencia de incentivos por parte de estas plataformas para cambiar esta realidad. «No se levantan pensando “¿qué puedo hacer por la democracia hoy?” sino “¿cómo puedo ganar más dinero?”. Los algoritmos lo reflejan, y ello tiene un efecto perjudicial para la democracia», sostiene la catedrática.

Bradford subraya con inquietud la creciente connivencia entre las grandes tecnológicas y el gobierno de Estados Unidos, personificada en figuras como Elon Musk. «Creo que hemos llegado al punto más extremo de esta cercanía», advierte. Esta alianza refuerza su preocupación por «la amenaza que esto supone para la democracia».

¿Regulación versus innovación?

Uno de los frentes donde las grandes tecnológicas están presionando más es en el regulatorio. O, más bien, en el de la desregulación y la relajación de las normas y de su efectivo cumplimiento. Ahora, con Trump en el poder, lo hacen de forma explícita. Pero hasta este momento lo hacían a la sombra, invirtiendo sumas millonarias en lobbies y campañas de influencia pública para difundir una idea tan seductora como falsa: que la regulación es enemiga de la innovación.

La investigación de Bradford, sin embargo, desmonta esta visión simplista: una falsa dicotomía. «Mi análisis de diferentes estudios muestra que es el capital de riesgo lo que impide el crecimiento de las empresas tecnológicas en Europa», asegura. Eso y «la ausencia de un verdadero mercado único digital entre los Estados miembros».

En su artículo «La falsa elección entre regulación digital e innovación», publicado en la revista Northwestern University Law Review, Bradford también apunta como factores atenuantes las normas culturales en Europa, y en específico la aversión al riesgo y al fracaso. Su investigación combina hallazgos de diversas disciplinas, e incluso establece una conexión con los patrones de inmigración y el talento. Más del 50% de los «unicornios» tecnológicos estadounidenses fueron fundados por inmigrantes o hijos de inmigrantes, incluidos los gigantes de la industria (Apple, Amazon, Google y Meta).

«El capital de riesgo impide el crecimiento de las empresas tecnológicas en Europa»

La investigadora también muestra formas en las que la regulación promueve la innovación, ya sea directamente —como la de Propiedad Intelectual—, como indirectamente al proporcionar seguridad jurídica o promoción de la competencia, entre otros aspectos. Crea costes de cumplimiento, pero también nuevas oportunidades de negocio. Por ejemplo, el RGPD ha creado un nuevo mercado de productos que protegen la privacidad de los usuarios.

Bradford apunta, además, a un hecho histórico ilustrativo: la UE no empezó realmente a regular hasta 2010, y el RGPD es de 2016. Sin embargo, todas las grandes tecnológicas con sede en Estados Unidos surgieron antes de esa fecha. Es una buena y una mala noticia: la regulación no pudo ser la causa, y por eso ya no podrán usarla como excusa.

Para fomentar la innovación en Europa, la académica sugiere reformas que permitan un mayor acceso al capital, particularmente de fondos de pensiones y de inversores institucionales. También destaca el papel de las universidades en el fomento del espíritu empresarial, y critica que, a diferencia de Estados Unidos, en Europa estas instituciones suelen quedarse con una participación mucho mayor en las empresas derivadas, lo que puede desincentivar la iniciativa empresarial. «El éxito de Silicon Valley radica en una dinámica de refuerzo donde la financiación, el talento y el apoyo empresarial están profundamente interconectados», concluye.

Militarización de la IA

Otra gran preocupación para Bradford es la narrativa predominante de la «carrera armamentística de la IA». Cree que esta narrativa es «muy peligrosa, porque introduce un sentido de urgencia que alimenta la imprudencia y que aumenta la posibilidad de que se materialicen malos resultados y riesgos». Una carrera que puede llevar a ignorar consideraciones éticas y de seguridad cruciales.

En el contexto geopolítico actual, la investigadora teme que la tecnología se convierta en una herramienta para el conflicto y la represión, en lugar de para la liberación y el progreso. Se refiere, por ejemplo, a la creciente militarización de la IA en escenarios bélicos, donde su uso amenaza con agravar tensiones y erosionar principios fundamentales del derecho y la ética.

«Sin ética, la innovación no vale nada; sin democracia, el progreso tecnológico se convierte en una amenaza»

La ausencia de mecanismos eficaces de cooperación internacional agrava aún más estos retos. «Sin dichos mecanismos, empezamos a ver el mundo a través de la contienda y el conflicto, en lugar de la cooperación», lamenta. Por eso cree que el camino a seguir pasa por un mayor multilateralismo, aunque con un enfoque pragmático.

La profesora reconoce que los canales tradicionales de comunicación y las instituciones internacionales son «muy débiles». Y cita numerosos obstáculos que han encontrado organismos como la ONU y la Unesco en sus intentos por establecer un enfoque de gobernanza global para la IA. A esta debilidad estructural se suman la percibida retirada de Estados Unidos del liderazgo global y las tensiones geopolíticas imperantes. «En este contexto, la confianza es muy baja, y la confianza es imprescindible para la cooperación», afirma.

Coaliciones de voluntad

Ante esta realidad, Bradford aboga por las «coaliciones de voluntad». «Creo que la UE debería colaborar con países afines —incluidos Reino Unido, Canadá, Australia, Corea del Sur y Japón, entre otros— y no renunciar a la democracia, ni a los derechos fundamentales, ni a esa visión positiva de controlar la tecnología para garantizar su preservación».

Bradford aboga por un enfoque amplio e interdisciplinario para afrontar los retos, cada vez más complejos, de gobernanza de las tecnologías emergentes. «Esto requiere que contribuyamos desde perspectivas muy diversas: desde los medios de comunicación hasta el derecho, la economía, los conocimientos técnicos…».

Bradford defiende la regulación como una forma de poder blando con que las democracias pueden influir en el mundo no a través de la coerción, sino mediante la creación de estándares. Su trabajo demuestra que el poder normativo —cuando se ejerce con legitimidad, visión y responsabilidad democrática— puede convertirse en una fuerza global capaz de dar forma a los mercados, salvaguardar derechos y frenar abusos. Una alternativa frente al autoritarismo, el control algorítmico y el dominio creciente de las grandes plataformas tecnológicas.

Frente a la polarización, la vigilancia y la carrera armamentística en torno a la IA, Bradford insiste en una verdad incómoda: sin ética, la innovación no vale nada; sin democracia, el progreso tecnológico se convierte en una amenaza. No se trata solo de regular, sino de decidir qué futuro queremos construir, y quién lo controla.

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