El deporte en la literatura
El vínculo que existe entre las letras y el fenómeno deportivo es uno de los elementos centrales que desde siempre ha atravesado la cultura.
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De vez en cuando, uno acude a YouTube a ver las mejores jugadas de Maradona o a ver los mejores puntos entre Nadal y Federer como quien regresa por vigésima vez a su novela, película o disco favoritos. No sé cuántas veces habré leído mis pasajes preferidos de La Comedia, de Crimen y castigo o del Quijote, ni sé cuántas veces habré visto El apartamento, Match Point o El tercer hombre, del mismo modo que no sé cuántas veces habré podido repasar la final entre Nadal y Federer en el Wimbledon de 2008, la de Nadal-Djokovic del Abierto de Australia de 2012 o la de Roland Garros del año pasado entre Sinner y Alcaraz. Sin duda muchas, tantas como para perder la cuenta. Y cada vez que lo hago encuentro algo nuevo y distinto, siendo las jugadas, las imágenes o las palabras exactamente las mismas. Sucede así lo que en el Crátilo dijo Platón que dijo Heráclito, eso de que nadie puede bañarse en el mismo río en más de una ocasión.
Todo el mundo sabe, incluso aunque no haya leído la novela, que Cervantes da muerte a su protagonista al final; o también, cómo no, que el conde Drácula es asesinado; y quién no va a saber que Jesús muere crucificado y resucita a los tres días. Sin embargo, no por ello dejamos de leer el Quijote, Drácula o los Evangelios. Tampoco dejamos de ir al Prado a ver nuestros cuadros favoritos, aunque los hayamos visto cien veces y guardemos en la retina sus trazos y detalles. Por el mismo motivo, aunque sepamos perfectamente que fue Iniesta quien marcó el gol de la final del Mundial de 2010, o Nadal quien ganó la final de Wimbledon en 2008, volvemos una y otra vez a esos momentos en los que el deporte alcanza su máximo esplendor.
El libro El deporte en la literatura (Espasa, 2025), de Enrique Arnaldo Alcubilla, nos invita a reflexionar sobre ese vínculo que existe entre las letras y el fenómeno deportivo como uno de los elementos centrales que desde siempre ha atravesado la cultura. Si la manera en que se alcanza un resultado importa, al menos, tanto como el marcador mismo, cabe pensar entonces que forma y fondo se funden, como sucede con las artes. ¿Puede el deporte incluso llegar a ser considerado un arte? A esa pregunta le dedica Arnaldo un apasionante capítulo, en el que descubrimos reflexiones de autores tan diversos como Philip Roth, Chad Harbach, Phillipe Dagen, Ángel Fernández-Santos, John Fante, Manuel Chaves Nogales, José Bergamín, Carlos Marzal, Gonzalo Torrente Ballester o Bill Tilden. Este último, gran estrella del tenis de principios del siglo XX, escribió un tratado que comienza de esta forma taxativa: «El tenis es al mismo tiempo un arte y una ciencia». Algo con lo que podría estar de acuerdo David Foster Wallace cuando describía los «momentos Federer» como aquellas ocasiones en las que el jugador suizo desafiaba las leyes de la física, y que implicaban además una serie de conceptos estéticos como la elegancia, la armonía, la ligereza o la inventiva, todos ellos puestos al servicio de la belleza.
La lista de autores que maneja Arnaldo es prácticamente infinita, aunque el volumen no se conforma con su afán enciclopédico, pues se encuentra orientado siempre hacia la reflexión. Pensemos, por ejemplo, en la pregunta por la técnica, un tema al que tantos filósofos han dedicado abundantes páginas. A Nadal se le acusaba al principio de su carrera de tener una técnica tosca, nada pulida, o incluso de carecer de ella. Su derecha heterodoxa por encima de la cabeza y sus explosivos sobreesfuerzos contrastaban con la pulcritud de movimientos a la que nos tenía acostumbrados hasta entonces Roger Federer (no en vano, el logo de las camisetas del manacorí acabó siendo un toro). En fútbol, recordemos el caso de Fernando Morientes, quien aparentaba torpeza en su posición de ariete en el Real Madrid. De ambos deportistas se dijo en algún momento que «jugaban mal». Pero, ¿cómo es posible entonces que Nadal sea el mejor deportista español de todos los tiempos, y que Morientes fuera máximo goleador en el 97/98, relegando al banquillo a Davor Šuker?
Del mismísimo Cervantes o de Dostoievski se ha dicho también que eran malos escritores, en el sentido de que descuidaban la técnica narrativa. Nabokov, en su Curso de literatura rusa, acusa a Dostoievski de ser un escritor mediocre y sentimentaloide que se mueve entre lugares comunes, y a la novela de Cervantes, en Curso sobre el Quijote, de ser un libro cruel y tosco que convierte la crueldad en entretenimiento; Leopoldo Lugones también desprestigia a Cervantes con especial inquina: «El estilo es la debilidad de Cervantes, y los estragos causados por su influencia han sido graves. Pobreza de color, inseguridad de estructura, párrafos jadeantes que nunca aciertan con el final, desenvolviéndose en convólvulos interminables, repeticiones, falta de proporción»; Henry James, en una carta, dice que la prosa de Dostoievski era como un pudin deshecho, por carecer de contención formal; Groussac, por su parte, dice del Quijote: «Si han de describirse las cosas como son, deberemos confesar que una buena mitad de la obra es de forma por demás floja y desaliñada (…) Y con esto no me refiero única ni principalmente a las impropiedades verbales, a las intolerables repeticiones o retruécanos ni a los retazos de pesada grandilocuencia que nos abruman, sino a la contextura generalmente desmayada de esa prosa de sobremesa».
Lo que entendemos generalmente por escribir bien tiene que ver con la satisfacción de la expectativa de lo que vamos a recibir como lectores
Borges, robándole el término a Unamuno, describe todas esas críticas como «tecniquerías», y acusa a sus artífices de caer en la superstición del estilo, entendiendo como tal las habilidades aparentes del escritor. Aunque admite que Cervantes no es en absoluto un estilista, no infiere de ello que sea mala su escritura, pues lo compensa, añade, con la pasión del tema tratado. Yo diría más: que Cervantes sea quien es se debe, precisamente, a su «mala» escritura. Le sucede igual a Dostoievski, y a tantos otros. Lo que entendemos generalmente por escribir bien tiene que ver con la satisfacción de la expectativa de lo que vamos a recibir como lectores, eso a lo que la tradición, hasta ese momento, nos tenía acostumbrados. Hay algo grato y satisfactorio en la comodidad del estilo que nos es familiar. Este no nos exige su verificación ni que lo comprendamos, porque ya lo hacemos a priori, en tanto que forma parte del acervo en el que nosotros mismos nos hemos formado. Aquello que rompe con las normas estilísticas es más incómodo, porque nos obliga a detenernos y reflexionar sobre qué es lo que está sucediendo para determinar si es o no apropiado, si tiene o no valor. En eso consiste la originalidad, condición sine qua non para cualquier gran artista.
Cuando los aficionados veían al principio a Nadal golpear de derecha pasando la raqueta por encima de la cabeza, tratar de llegar a absolutamente todas las bolas hasta derrapando o rematar de revés cruzado contorsionando el cuerpo en un giro aéreo, todos parecían coincidir en que ese chico tenía mala técnica y no tenía estilo. Con el tiempo el público fue comprendiendo que estaba destinado a ser uno de los mejores gracias a su técnica y estilo tan originales (que hoy, por supuesto, podemos ver cómo imitan muchos jugadores –como tantos escritores imitan el estilo de los que en su gremio han sido considerados malos estilistas–).
El libro de Enrique Arnaldo nos sumerge en un viaje literario y deportivo que nos permite comprender que la narración es algo consustancial a la literatura y el deporte. O incluso que podemos pensar en el deporte como un tipo particular de narración, desde el momento en el que contiene y expresa lo universal que se esconde en la particularidad de los hábitos, los sentires, las inclinaciones, los vicios y las virtudes de unos ciertos ídolos y de un determinado momento histórico. Saber leer al que uno tiene enfrente, esto es, adoptar su punto de vista o penetrar en su psicología es algo esencial en cualquier competición deportiva. ¿No es esa también la tarea fundamental del escritor?
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