Cuando Dios era una diosa
Antes de que se impusiese una deidad masculina, los pueblos de Europa, Oriente Próximo y el resto de la cuenca mediterránea rezaban a la Diosa. Una deidad distinta para unas sociedades diferentes a las que se impusieron después.
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En las excavaciones allá por el siglo XIX y los inicios del XX que seguían la pista de los habitantes del pasado más lejano empezaron a aparecer estatuillas. Eran figuras de mujeres, talladas en algún momento de la Prehistoria, y se las acabó llamando a todas Venus. «Han sido descritas por algunos expertos como expresiones de erotismo masculino, es decir, el equivalente primitivo de Playboy», escribe en El cáliz y la espada (Capitán Swing) Riane Eisler. «Para otros investigadores se trata simplemente de algo usado en ritos de fertilidad primitivos y, posiblemente, obscenos», suma.
Pero ¿y si todas esas Venus estaban en realidad contando otra historia, la de un pasado en el que Dios era en realidad la Diosa?
Aunque asumimos por defecto que las ciencias sociales son asépticas porque parten de datos, lo cierto es que la historia no se ha escrito de forma exactamente estéril. El pasado no se leyó de forma neutral, porque al final los sesgos de quienes estaban haciendo esas interpretaciones impactaron en lo que veían. Ocurrió incluso cuando se estudiaban épocas mucho más recientes, como el Románico, y de las que quedaban datos escritos.
Como apunta en el pionero ensayo Cuando Dios era mujer (Kairós) de Merlin Stone, los sesgos religiosos y de género de quienes hacían las investigaciones arqueológicas en el siglo XIX y parte del XX los llevaba a ver lo que encontraban de una manera determinada. Y, como suma esta autora, durante mucho tiempo las investigaciones académicas eran justo eso, académicas. Solo pasando por la universidad y estando en esos entornos accedías a ellas, lo que limitaba quién leía qué (y, de paso, la visión de las cosas).
En el siglo XIX y parte del XX, se asumía que el arte prehistórico lo ‘debía haber hecho’ un hombre, aplicando los sesgos del presente al pasado
De hecho, esta simplificación se hizo no solo con las Venus sino también con otras muestras que apuntaban hacia un culto distinto, como las representaciones de mujeres embarazadas o elementos que recordaban a genitales femeninos, como suma Eisler. Hasta se asumía que el arte prehistórico lo debía haber hecho un hombre, aplicando los sesgos de su presente al pasado.
Para un señor victoriano, una estatuilla de mujer no sugería la idea de un culto centrado en diosas. Todo se resumía en algún ritual de fertilidad o de la naturaleza, no en un culto a la Diosa. Era «una burda simplificación de una compleja estructura teológica», recuerda Stone.
Porque Dios, en efecto, era Diosa. «En el período prehistórico y en los albores de la historia han existido religiones en las que se reverenciaba al creador supremo concibiéndolo como femenino. La Gran Diosa ha sido adorada desde el inicio del Neolítico hasta la clausura de los últimos templos a la Diosa en el 500 d.C.», escribe Stone, que suma que algunas fuentes hablan incluso de que el culto podría haber empezado antes, en el Paleolítico Superior.
Las expertas hablan, para llegar a estas conclusiones, de lo que se ha encontrado en Europa, Oriente Próximo y la cuenca del Mediterráneo, aunque en realidad se han encontrado relatos de otras diosas en otras culturas.
Así era la Diosa
Los nombres que se le daban a la deidad eran múltiples y variaban según las culturas y las zonas geográficas. Astoret, Astarté, la Gran Diosa, Innin, Isis, Nut o Asera eran algunos de los nombres de estas divinidades. La Diosa era una «presencia sabia, valiente, poderosa y justa», algo muy diferente a la imagen de la mujer que sale de la costilla de Adán de la Biblia, como concluye Stone. El culto era complejo y podría ser a la vez monoteísta y politeísta (porque la propia Diosa podía ser muchas a la vez).
Astoret, Astarté, la Gran Diosa, Innin, Isis, Nut o Asera eran algunos de los nombres de estas divinidades
La presencia de la Diosa se conectaba con la propia realidad de la sociedad en la que vivían estas personas que le rezaban. Esto es, no era tan sorprendente que la divinidad fuese femenina cuando la sociedad era matrilineal (como teoriza Stone). Esto no debe llevar a pensar que se trataba necesariamente de un matriarcado en lugar de un patriarcado, como indica en su libro Eisler, sino más bien había una estructura social diferente. Esto es, no había un sesgo de que unos debían estar sometidos a las otras (o viceversa). Se trataba de una «sociedad de colaboración», aunque, advierte la experta, no hay que idealizarlas y no eran utopías idílicas.
Para las mujeres, sí había una gran diferencia entre cómo vivían en esas sociedades del culto a la Diosa de cómo lo hacían en las posteriores de culto al Dios. En la Antigua Sumeria «las mujeres tenían una posición significativamente mejor que en etapas posteriores». Y la Creta minoica el poder no emanaba de la «exigencia de obedecer a una élite de dominación masculina». De hecho, las leyes fueron cambiando a medida que iban cambiando también las creencias religiosas y la situación de la mujer se fue codificando de una forma mucho más negativa.
Los cambios geopolíticos y el contexto impactaron de forma negativa en las sociedades de la Diosa. El mundo mediterráneo atravesó momento de crisis por erupciones volcánicas, terremotos y tsunamis. Además, los pueblos de la zona vieron como se imponían los que las expertas llaman «los invasores del norte», pueblos que llegaron desde zonas más norteñas de Europa, más violentos y con otras creencias religiosas en las que las deidades masculinas eran superiores a las femeninas. Se produjo un cambio de ciclo.
¿Qué pasó con la Diosa? Su culto acabó siendo desplazado: aparecieron los dioses o, más bien, un Dios que era masculino «y supremo». Fue siendo relegada o minimizada, cuando no empujada a la desaparición como algo pagano. La Gran Diosa de antaño se convirtió en la esposa de algún dios o en una diosa subordinaba en un panteón más amplio. Stone explica que su culto no se extinguió naturalmente, sino que ocurrieron diferentes procesos de «persecución y represión» que acabaron con él. Así, se destruyeron estatuas y se penalizó esta creencia como paganismo.
Aun así, las expertas recuerdan que el culto a la Diosa se quedó en cierto modo en el sustrato cultural, integrado en otras creencias y hasta en representaciones religiosas de los nuevos cultos.
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