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Medio Ambiente

Las ciudades europeas, ¿atrás en la adaptación climática?

Cada vez más ciudades europeas son conscientes de la necesidad de prepararse para el cambio climático. Pero los planes que se elaboran al respecto presentan inconsistencias, y se centran más en identificar los riesgos que en proponer acciones reales para mitigarlos.

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09
diciembre
2025

Aumento de las temperaturas medias, más olas de calor y noches tropicales, precipitaciones menos frecuentes pero más extremas… hace falta ser muy escéptico para no notar los efectos del cambio climático en España. La situación es similar en el resto de Europa (y del mundo). Es cierto que no todas las regiones se ven afectadas de igual manera (depende de su ubicación geográfica y características de la zona), pero, en mayor o menor medida, todas sufren ya las consecuencias. En lo que se refiere al aumento de las altas temperaturas, las ciudades se llevan probablemente la peor parte, debido al efecto isla de calor urbano. Según datos de la ONG Climate Resilience for All las ciudades de todo el mundo están experimentando olas de calor cada vez más largas y algunas de ellas alcanzan hasta cinco meses al año con temperaturas superiores a 32º (por ejemplo, Madrid). Las ciudades también son vulnerables a las inundaciones, ya que las zonas pavimentadas tienen menos capacidad de absorción y a un desarrollo urbano en muchas ocasiones mal planificado. De la misma manera, en algunas regiones urbanas se prevén periodos más prolongados de sequía o estrés hídrico, lo que puede afectar el suministro de agua, la vegetación urbana y los ecosistemas locales. Frente a esto, ¿cómo se está dando la adaptación de las ciudades europeas para prepararse a estas nuevas condiciones?

Según un estudio publicado en la revista Nature este año, existe una brecha importante entre lo que las ciudades deberían estar haciendo para adaptarse a la actual crisis climática y las acciones que realmente están llevando a cabo. Analizaron 327 ciudades europeas, de las que tan solo la mitad (167) tenía un plan de adaptación al cambio climático. Pero incluso entre las que sí lo tenían, en más de dos tercios de las ocasiones, los planes presentaban inconsistencias. Por ejemplo, en muchos casos se identificaban riesgos, pero sin establecer metas de resiliencia específicas para dichos riesgos, lo que mina la eficacia de los planes. Además, menos de la mitad de las estrategias de adaptación tenía en cuenta a los grupos de población más vulnerables, lo que agrava los riesgos de inequidad en un contexto de emergencia climática.

Es cierto que cada vez más ciudades son conscientes de la necesidad de implementar políticas que contribuyan a la adaptación ante el cambio climático y al diseño de espacios urbanos más resilientes. Pero las acciones concretas que se están llevando a cabo van muy por detrás de las amenazas a las que ya se enfrentan las ciudades. Así lo advertía la Agencia Europea de Medio Ambiente en 2020: la forma en la que planificamos y construimos las ciudades sigue siendo insostenible.

En concreto, la continua construcción en llanuras aluviales, el aumento de la cobertura de las superficies del suelo con hormigón o asfalto, la escasa cantidad de espacios verdes y la expansión urbana que invade zonas propensas a incendios forestales y deslizamientos de tierra están haciendo que las ciudades sean muy vulnerables. En su informe Adaptación urbana en Europa se aseguraba que, aunque cada vez más autoridades locales se dan cuenta de la importancia de ser resilientes al cambio climático, el progreso en la planificación de la adaptación es lento. Las medidas implementadas se centraban más en el desarrollo de conocimientos o en la sensibilización, que en la puesta en marcha de acciones físicas como el desarrollo de más espacios verdes para hacer frente a las olas de calor o el ajuste de los sistemas de alcantarillados para hacerlos más seguros en caso de inundaciones repentinas.

Las medidas implementadas se centran más en la sensibilización que en la puesta en marcha de acciones físicas

Un buen plan de adaptación al cambio climático no debe quedarse solo en identificar los riesgos, sino que ha de establecer acciones concretas para reducir vulnerabilidades, con objetivos claros, cuantificables y con plazos. Además, es esencial dotar al plan de la financiación necesaria, así como de mecanismos de seguimiento.

A la hora de diseñar las medidas que ayuden a la población a protegerse de las olas de calor, las inundaciones, las sequías o los incendios, conviene combinar infraestructuras de ingeniería tradicional con soluciones basadas en la naturaleza, que permiten una respuesta más resiliente, y con beneficios en múltiples áreas. Por no hablar de que los planes no deben únicamente prepararse ante un futuro incierto, sino que también deben contribuir a que ese futuro sea lo menos dañino posible, por ejemplo, descarbonizando el entorno urbano.

Aunque las medidas llegan tarde, muchas ciudades europeas están llevando a cabo iniciativas interesantes en este campo. En Ámsterdam, por ejemplo, destaca el proyecto Resilio, con el que se ha han cubierto 10.000 metros cuadrados de edificios con tejados inteligentes Blue-Green (cuentan con una capa de vegetación y otra para almacenar agua de lluvia, y funcionan como una esponja que se puede hinchar o exprimir según las necesidades). Con esto se ha conseguido moderar las temperaturas, mitigar las inundaciones y estimular la biodiversidad. Algo parecido han hecho en Copenhague, donde se están desplegando más de 300 proyectos para adaptarse al aumento de lluvias intensas que trae consigo el cambio climático a través de soluciones esponja como los parques que retienen agua o infraestructuras subterráneas.

Otras ciudades se preparan para combatir las olas de calor, como Viena, donde además de plantar muchos árboles para crear zonas de sombra y hacer la ciudad más fresca (se han comprometido a plantar 4.500 al año), también cuentan con un sistema de «calles frías» donde usan nebulizadores de niebla para refrescar el aire los días más calurosos.

En cualquier caso, los datos muestran que este tipo de medidas no dejan de ser anecdóticas pues la mayoría de las ciudades no cuentan con una estrategia consistente para abordar el cambio climático y proteger a la población de sus efectos. Es decir, existen numerosas iniciativas de planificación, pero carecen de financiación suficiente y la implementación es lenta. A efectos prácticos, hay muchas ciudades pensando en qué se debería hacer para adaptarse al cambio climático, pero muy pocas ejecutando acciones reales que protejan a la población a día de hoy.

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