Chris Hayes
El canto de las sirenas
«Si todos los estímulos que recibimos en cada momento tuvieran la misma importancia para nosotros, no podríamos funcionar», señala Chris Hayes.
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La atención existe para resolver un problema y ese problema es la información. La cantidad bruta de información sensorial que un ser humano recibe en cada momento es abrumadora. Podríamos sintonizar nuestra atención con cada hoja de cada árbol junto al que pasáramos, con el latido de nuestro corazón, con el tacto de cada dedo o con el sonido de nuestra respiración a través de las fosas nasales. Si todos los estímulos que recibimos en cada momento tuvieran la misma importancia para nosotros, no podríamos funcionar.
En épocas menos complejas, necesitábamos cierta información para sobrevivir: la ubicación de alimento, el color de una baya para determinar si era comestible o el rumor de un arroyo que nos indicaba en qué dirección había agua potable. Sin embargo, tanto entonces como ahora, la información vital siempre corre el peligro de ser eclipsada por el resto de la información que flota en nuestra esfera perceptiva. Si no podemos ignorar el murmullo de las hojas para concentrarnos en el sonido del arroyo, no encontraremos agua. El economista Herbert Simon —cuyo ensayo de 1971 sobre la economía de la atención es una de las meditaciones más perspicaces sobre la atención jamás publicadas— observó mucho antes de la era de las notificaciones constantes de los teléfonos inteligentes que «la abundancia de información significa escasez de otra cosa: escasez de lo que la información consume. Lo que consume la información es bastante obvio: consume la atención de sus receptores». La información es abundante; la atención, escasa . La información es teóricamente infinita, mientras que la atención es limitada. Por eso la información es barata y la atención, cara.
La información vital siempre corre el peligro de ser eclipsada por el resto de la información que flota en nuestra esfera perceptiva
Cribar la información —agruparla en formas procesables coherentes y suprimir la mayor parte en un momento dado— es una parte tan intrínseca de nuestra experiencia del mundo que resulta casi imposible imaginar o describir la experiencia fenomenológica que supondría su ausencia. Un psicólogo con trastorno de déficit de atención agudo describe un mundo sin barreras mentales: «En la comida, una conversación cercana amenaza nuestra capacidad de escuchar a la persona que se sienta con nosotros, por muy interesante que sea lo que nos dice; en la tranquilidad de una biblioteca, el ruido que hace alguien acomodándose en la silla puede interrumpir un hilo de pensamiento. La información desorganizada y no deseada nos llega sin cesar».
«Todos sabemos lo que es la atención», proclamó William James en sus Principios de Psicología en 1890. En cierto modo, tenía razón . Entonces y ahora. La atención es tan consustancial a nuestra experiencia que apenas necesitamos dedicar tiempo a explicar qué es. Si le dices a alguien que preste atención, entiende lo que quieres decir. Si te hacen una pregunta y no respondes y dices: «Lo siento, estaba distraído», todo el mundo entiende lo que quieres decir. No obstante, James consideró útil aportar su propia definición —definición que probablemente no ha sido superada—: la atención consiste en «que la mente tome posesión, en forma clara y vívida, de uno entre los que parecen ser varios objetos simultáneamente posibles, o trenes de pensamiento. De su esencia son la circunscripción, la concentración de la conciencia. Entraña hacer a un lado ciertas cosas para ocuparse con más efectividad en otras».
Sin embargo, la propia familiaridad de la atención puede ocultar su enorme complejidad. Tan pronto tratamos de precisar con más detalle en qué consiste, muta, se escurre y se transforma . Ya en 1886, mientras William James trabajaba en sus futuros Principios de psicología, un filósofo llamado F. H. Bradley publicó un ensayo en el que se preguntaba si la atención era un concepto siquiera mínimamente coherente: «¿Existe alguna actividad especial de la atención?». Hace unos años, un grupo de científicos procedentes de diferentes campos relacionados con la cognición fueron coautores de un artículo titulado provocadoramente: «Nadie sabe qué es la atención». En él argumentaban, basándose en hallazgos empíricos recientes e investigaciones de vanguardia sobre atención visual, que el propio concepto era a la vez incoherente y teóricamente inútil: «uno de los términos más engañosos y peor utilizados de las ciencias cognitivas».
Yo no iría tan lejos, pero es innegable que cuanto más se piensa en qué es exactamente la atención, más compleja parece.
Este texto es un extracto de ‘El canto de las sirenas’ (Taurus), de Chris Hayes.
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