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Anaïs Nin, la mujer que se escribió a sí misma

Escritora, diarista y figura indomable, Anaïs Nin transformó su vida en literatura y desafió, en pleno siglo XX, las convenciones que silenciaban a las mujeres.

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17
junio
2026

Anaïs Nin tenía 11 años cuando su padre, el pianista Joaquín Nin, abandonó a la familia. Fue un desgarro que la marcó para siempre, pero también supuso para ella el primero de sus impulsos creativos. Para combatir el fantasma de su padre, aquella pequeña niña comenzó a escribir un diario que, más tarde, terminaría convirtiéndose en uno de los proyectos autobiográficos más ambiciosos del siglo XX, con más de 35.000 páginas acumuladas a lo largo de toda su vida.

Nacida en Neuilly-sur-Seine en 1903, y de padres cubanos, Nin creció entre mudanzas y rupturas que moldearon su carácter y su escritura. Con el tiempo se instaló en Nueva York junto a su madre, vivió sus años de formación entre las paredes de una biblioteca, y luego regresó a Europa. Años después, se casó con el banquero Hugh Guiler y se estableció en París, donde encontró el entorno que necesitaba: el de los artistas y los revolucionarios del período de entreguerras. Allí conoció a Henry Miller y a su esposa June, una pareja que la impulsaría en otra transformación. Con Henry inició una relación literaria y amorosa que se prolongaría durante años y que dio lugar a una complicidad creativa que ambos alimentaron con una intensidad tremenda. Pero Nin, desde luego, no era solo su musa —aunque el mundo literario masculino de la época se empeñara en reducirla a ese papel—, era una escritora.

Su obra no se deja clasificar con facilidad, y esa resistencia a los géneros es parte de su clara inclinación hacia la modernidad. Sus diarios, publicados a partir de los años 60 en varios volúmenes, son el eje central de su producción, aunque conviene no leerlos como un simple documento biográfico. Nin los trabajaba, los revisaba y los construía con una ambición literaria evidente, difuminando las fronteras entre lo vivido y lo narrado hasta hacer de esa ambigüedad uno de sus recursos más característicos. A través de ellos habla, entre otras cosas, sobre sus encuentros con figuras como el psicoanalista Otto Rank —con quien también mantuvo una relación sentimental— o con el escritor Lawrence Durrell, y también sus reflexiones más íntimas sobre la identidad femenina, el deseo y la creación.

Nin escribió novelas y relatos que exploraban el interior psíquico con una influencia proveniente del surrealismo y el psicoanálisis

Nin también escribió novelas y relatos que exploraban el interior psíquico con una influencia clara proveniente del surrealismo y el psicoanálisis. Así, La casa del incesto (1936), su primera obra de ficción, es un texto poético y onírico que supone, quizás, su apuesta literaria más arriesgada. Espía en la casa del amor e Invierno de artificio terminaron de forjar una narrativa que priorizaba la subjetividad y la exploración emocional sobre la trama. Y luego estaba también su literatura erótica, escrita por encargo en los años 40 y publicada décadas después bajo los títulos Delta de Venus y Pájaros, dos colecciones que la convirtieron en pionera de un género dominado hasta entonces por voces masculinas. Nin fue una de las primeras escritoras occidentales que retrataron el deseo femenino desde dentro, con una franqueza que aún hoy resulta sorprendente.

La vida de Nin fue, al mismo tiempo, su proyecto más radical. Practicó el poliamor décadas antes de que el término existiera y mantuvo durante años una doble existencia que la llevó a casarse, mientras aún estaba unida a Guiler, con el actor Rupert Pole en Estados Unidos. Viajaba constantemente entre ambas costas para sostener cada relación sin que ninguno de los dos supiera del otro. Cuando la situación se volvió insostenible legalmente, recurrió a un abogado para anular el segundo matrimonio, aunque emocionalmente siguió manteniendo los dos vínculos hasta el final. No es difícil ver en todo esto una coherencia con su escritura: Nin vivía, como escribía, es decir, en los márgenes de lo convencional.

Fue una de las primeras escritoras occidentales que retrataron el deseo femenino desde dentro

Su relación con el psicoanálisis también fue central, tanto en su obra como en su manera de entenderse a sí misma. Se sometió a análisis con René Allendy y más tarde con Otto Rank, y esa inmersión en el pensamiento freudiano fue fundamental para su producción literaria. Para Nin, conocerse era un acto literario en sí mismo y el lenguaje era la única herramienta capaz de dar forma a la experiencia interior. Esa convicción la mantuvo escribiendo durante más de seis décadas, con una disciplina que contrasta con la imagen de mujer caprichosa o bohemia con la que algunos críticos intentaron simplificarla.

Cuando en los años 60 comenzó a publicar sus diarios, el reconocimiento llegó de forma arrolladora. El movimiento feminista la reivindicó como una voz pionera, y ella aceptó ese papel con generosidad, participando en lecturas universitarias y debates públicos. Murió en Los Ángeles en enero de 1977, a los 73 años. Dejó una obra vasta, una vida imposible de resumir y la pregunta sobre cómo una mujer podía permitirse ser, de verdad, la autora de su propia historia. La respuesta, por supuesto, la encontramos en sus páginas.

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