Cultura

Úrsula K. Le Guin, la escritora que veía el mundo como un bosque

La autora norteamericana Úrsula K. Le Guin destacó en un género literario considerado de segunda y masculino por excelencia, la ciencia ficción.

Artículo

Esther Peñas
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05
Abr
2018

Úrsula K. Le Guin (Berkeley, California, 1929 – Portland, Oregon, 2018) es una de esas mujeres que parece que nunca han sido jóvenes, porque uno siempre la recuerda entrada en los pliegues y arrugas propias de la senectud, sonrisa en ristre, pelo blanco a lo garçon y una mirada entre astuta y cándida. Murió a los 88 años, no se sabe muy bien de qué. Por «complicaciones de salud», expresó su hijo en un comunicado.

Destacó en un género literario perseguido por la fatalidad de ser considerado de segunda y masculino por antonomasia, la ciencia ficción, escribiendo algunos de los títulos imprescindibles del ramo, a la altura de sus colegas Ray Bradbury, Isaac Asimov, Arthur C. Clake, Philip K. Dick o Stanislaw Lem.

‘La mano izquierda de oscuridad’ plantea un argumento casi filosófico sobre identidades en un momento en el que aún no se habían gestado debates sobre transgénero

Sorprendió a entendidos y legos en 1969 con su novela ‘La mano izquierda de oscuridad’, no solo por la contundencia de su estilo, austero pero con reflejos de poesía, por su estructura narrativa tan compleja como clara, sino por la propuesta casi filosófica que planteaba su argumento.

La historia transcurre en un planeta llamado Gueden, también conocido como ‘Invierno’, habitado no por mujeres y hombres sino por hermafroditas, que asumen los atributos propios de cualquiera de los sexos durante el periodo de fervor reproductivo (kemmer). Ningún habitante sabe qué es con exactitud. Su aspecto andrógeno no los sitúa en uno u otro lado de la distinción humana. Durante tres semanas al mes biológicamente son neutros, y la cuarta adoptan la fisonomía y los atributos de una de las dos condiciones, lo que permite que cualquiera de ellos sea madre y padre en ocasiones diferentes.

Gueden es un planeta que no conoce la discordia: no hay guerras, ni conflictos ni explotación. La ausencia de deseo sexual proporciona la paz social. Y la ausencia de un ‘otro’. La mujer no está sojuzgada al hombre porque no se dan tales naturalezas salvo en el plazo reproductivo. En 1969 este planteamiento resultó de una audacia enorme en un momento en que los debates sobre transgénero o género fluido siquiera se habían gestado.

Es cierto que el protagonista es un hombre, Genly Ai, que viene de una sociedad ‘clásica’, de mujeres y hombres, pero en vez de caer en simplicidad maniquea, en vez de presentárnoslo como un misógino convencido (tanto como la sociedad de los años 60), construye un personaje con muchos matices, que si bien detesta la imagen de afeminados de los habitantes de Gueden, poco a poco se convierte en aprendiz de una raza insólita que puede proporcionarle ideas para mejorar la convivencia en su planeta.

Años después ella misma contó que el miedo al fracaso la animó a que fuera masculino el protagonista, algo de lo que se arrepintió pasado el tiempo. Pero bastante riesgo asumió, sustentando la novela en el rechazo a la idea de raza y al uso de la violencia.

Profundo ecologismo

Más allá de la magia, de los conflictos planetarios, de la hechicería y las naves espaciales que pueblan su literatura, K. Le Guin siempre imprimió en ella un feminismo consciente al tiempo que un profundo ecologismo, como se refleja en ‘El nombre del mundo es bosque’, novela en la que denuncia la voracidad con la que el hombre occidental arrasa y tala bosques, despilfarra recursos que otros no tienen y esquilma animales de manera despiadada e injustificable.

La novela cuenta las insolencias de un grupo de colonos que ha acabado con las reservas madereras de su planeta y desembarca en otro con el propósito de esclavizar a sus nativos, gentes conscientes de que la naturaleza y el hombre no forman una dicotomía hostil sino algo unitario. Un mundo-bosque y sus aborígenes frente a un mundo-maderero y sus moradores insaciables. ¿Les recuerda a algo? La avaricia frente al respeto y la necesidad de encontrar un punto de equilibrio antes de sobrepasar el punto de no retorno. Muchos vieron una alegoría de la Guerra de Vietnam por la fecha en la que se publicó, 1976, un año después de que el conflicto concluyera.

Le Guin publicó más de veinte novelas, una docena de poemarios, rebasó la centena de cuentos, siete colecciones de ensayos, cinco textos infantiles e infinidad de traducciones, destacando su versión del Tao Te Ching, de Lao Tse, y la de los poemas de la Premio Nobel Gabriela Mistral. Ella fue perenne candidata a la mayor de las distinciones de las letras, y nunca ocultó su deseo de recibirlo.

Escogió la ciencia ficción porque le permitía construir un espacio en el que anticiparse al abismo al que parece encaminarse el ser humano. «Si no quieres o no puedes imaginar los resultados de tus acciones, no hay manera de que actúes moral o responsablemente», afirmó.

Además de su portentosa ‘Trilogía de Terramar’ (‘Un mago de Terramar’, ‘Las tumbas de Atuán’ y ‘La costa más lejana’), homenaje personal a ‘El señor de los anillos’, la que muchos consideran su magnum opus fue ‘Los desposeídos: una utopía ambigua’. En ella conviven dos maneras de organización: por un lado, un capitalismo entusiasta y desordenado, con una clase despótica y otra oprimida y, por otro, una organización social sin clases, pero asfixiante por su extremo conformismo.

Dos utopías ambivalentes en las que ninguna se arroga por completo ni lo deseable ni lo despreciable. Ni la utopía del ‘propietariado’ (que discurre en el planeta Urras) ni la de los anarquistas (que fluye en la luna Anarres).

Aunque no se definía como anarquista por carecer del elemento activista, se sentía próxima a los planteamientos pacíficos de esta rama ideológica, a la que emparentaba con el taoísmo, influida, sobre todo, por los textos del teórico ruso Kropotkin, a quien tradujo. En cualquier caso, K. Le Guin se coloca siempre del lado de los perdedores, de los descamisados, de los desfavorecidos, denuncia la posición de la mujer en la estructura social, lo complejo del entendimiento humano, de sus relaciones (en cualquiera de las esferas e intensidades), los excesos de las ideologías, sus peligros, analiza formas posibles de gobierno…

En ‘El nombre del mundo es bosque’ denuncia la voracidad con la que el hombre occidental arrasa la naturaleza

Otro rasgo característico de la norteamericana es que sus personajes principales suelen ser negros. Genly Ai, de hecho, es negro (y se cuenta ahora del mismo modo en que el narrador de ‘La mano izquierda de la oscuridad’ revela este rasgo adentrada la historia). Al fin y al cabo, la mayoría de los humanos no son de tez blanca. Pero introducir negros en ciencia ficción era, de nuevo, un atrevimiento absoluto.

Cuatro años antes de morir, K. Le Guin obtuvo el Premio Honorario Nacional del Libro, y advirtió en su discurso del riesgo de dejar que sean las ganancias y el éxito lo que defina la literatura. Pero a nadie le sorprendieron estas palabras, estábamos acostumbrados a sus críticas a los libros-producto, a todo aquello ajeno a la literatura en sí que a veces sucede a favor de obra y otras, tantas, dan gato por liebre. Pero, como ella misma escribió en Terramar, «prender una vela es proyectar su sombra».

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