Las amenazas y las alianzas
Si la defensa depende de la amenaza y la amenaza es una interpretación, entonces toda política de defensa está construida sobre arena interpretativa.
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En febrero de 2007, Vladimir Putin subió al estrado de la Conferencia de Seguridad de Múnich y pronunció cuarenta y cinco minutos que muchos analistas consideran, en retrospectiva, el verdadero inicio de la era que vivimos. Dijo que el mundo unipolar era «inaceptable» e «imposible», que la expansión de la OTAN era «una provocación seria que reduce el nivel de confianza mutua» y que Rusia tenía «el derecho y la obligación» de defender sus intereses estratégicos con todos los medios a su disposición. Al terminar, la sala aplaudió con la cortesía protocolaria de quien no ha entendido del todo.
Los ministros europeos tomaron notas y cada uno regresó a su capital con una interpretación distinta de lo que acababan de oír. Para los polacos y los bálticos, era un conato de declaración de guerra que confirmaba todo lo que habían advertido durante años. Para los alemanes, era la señal de que había que profundizar el diálogo y ampliar la interdependencia energética. Para los españoles, era ruido de fondo procedente de una región que quedaba lejos de sus preocupaciones reales. Todos habían escuchado exactamente las mismas palabras. Ninguno había escuchado lo mismo. Esa sala contenía una maqueta del problema raíz de toda política de defensa colectiva: la amenaza no es un dato compartido sino una interpretación particular, y si la amenaza no es compartida, la defensa que se organiza en torno a ella tampoco puede serlo jamás.
Existe una diferencia filosófica fundamental entre seguridad y defensa. La seguridad puede concebirse como un estado: la ausencia de riesgo. Por otro lado, la defensa es constitutivamente relacional, no puede existir sin aquello de lo que defiende. No puedes «defenderte» en el vacío. Esta asimetría ontológica parece trivial hasta que se lleva a sus consecuencias: si la defensa depende de la amenaza y la amenaza es una interpretación, entonces toda política de defensa está construida sobre arena interpretativa.
La defensa es constitutivamente relacional, no puede existir sin aquello de lo que defiende
Carl Schmitt argumentó en El concepto de lo político que la distinción amigo-enemigo no es una de las categorías posibles de lo político, sino su condición de posibilidad. Lo relevante para nosotros no es la conclusión schmittiana (que fue usada para justificar horrores) sino su premisa: el enemigo no preexiste a la decisión política de designarlo como tal. Declarar una amenaza es un acto político, no un reconocimiento neutro de la realidad. En 2007, Rusia era una amenaza existencial para Polonia y un socio energético para Alemania no por diferencias en capacidad militar, sino porque sus memorias históricas construyen percepciones inconmensurables. Esas memorias no son simplemente distintas, sino simétricamente opuestas en sus lecciones. Polonia reconoció el discurso de Putin porque lo había oído antes, en 1938, pero en alemán; mientras Alemania occidental construyó su identidad de posguerra sobre el rechazo exacto de ese tipo de pensamiento. Las lecciones nacionales interiorizadas ante el mismo mensaje son contradictorias entre sí debido al contexto histórico.
La OTAN ha gestionado esta tensión durante setenta y cinco años con una herramienta que es, simultáneamente, su mayor virtud y defecto a la vez: la ambigüedad deliberada. El artículo 5 no obliga a una respuesta militar concreta, obliga a considerar un ataque contra uno como ataque contra todos y a tomar «las acciones que cada miembro juzgue necesarias». Una promesa lo suficientemente vaga para ser ratificada por treinta y dos parlamentos distintos. De hecho, no es hasta la rebeldía de Estados Unidos que no habíamos comenzamos a pensar si es lo suficientemente vaga para no ser una promesa real. Incluso podría ser considerado un contrato social entre percepciones divergentes disfrazado de arquitectura de seguridad colectiva.
Los países pequeños y expuestos temen que nadie acuda cuando les ataquen
Sin embargo, en el artículo 5 yace una tensión interna en esa ambigüedad que encubre y que define la psicología de toda alianza: el miedo al abandono y el miedo a ser atrapado son igualmente reales, pero se distribuyen de forma asimétrica. Los países pequeños y expuestos temen que nadie acuda cuando les ataquen. Las grandes potencias temen que les arrastren a una guerra que no es la suya. Polonia teme el abandono y Alemania temía ser atrapado en Ucrania. Esos miedos no se anulan entre sí, se superponen, generando una alianza que simultáneamente promete demasiado y garantiza demasiado poco.
La contradicción tiene también una dimensión económica que la confirma desde otro ángulo. Mancur Olson y Richard Zeckhauser demostraron en 1966 que, cuando la defensa funciona como bien público de alianza, los miembros con menor percepción de amenaza tienen incentivo racional para no contribuir plenamente, porque se benefician independientemente de lo que aporten. El que menos teme, menos paga. El que más paga, más teme. Esto es la consecuencia aritmética de la desigualdad en la percepción del riesgo. La divergencia sobre la amenaza no solo fractura la voluntad de defensa, sino también su financiación.
La Unión Europea agrava el problema añadiendo otra capa. El proyecto europeo nació de la conclusión de que el enemigo histórico de Francia era Alemania y viceversa, siendo la única solución integrarlos económicamente para hacer la guerra materialmente imposible. Fue un intento de suspender la distinción schmittiana en el interior del continente, y funcionó, pero el precio fue una ambigüedad permanente sobre las amenazas externas. La UE nunca desarrolló una política de defensa coherente precisamente porque hacerlo habría exigido nombrar un enemigo exterior, reproduciendo la lógica que trataba de superar.
Además, las alianzas no existen en el vacío sino superpuestas unas sobre otras, y cuando las comunidades de amenaza que las justificaban se desalinean, las fricciones se multiplican de forma no lineal. Durante décadas, la OTAN funcionó porque sus dos lógicas internas (la defensa territorial europea frente a Rusia y el liderazgo global de Washington) eran suficientemente compatibles para coexistir. Lo que ocurre ahora es un panorama distinto. Washington ha pivotado hacia el Indo-Pacífico, donde la amenaza que organiza su política de defensa no es Rusia sino China, mientras Europa ha acelerado su toma de conciencia sobre la amenaza rusa precisamente cuando su garante principal empieza a mirar hacia otro lado. Dos aliados pueden compartir institución y tratado mientras sus percepciones de amenaza se alejan en direcciones opuestas, y durante un tiempo esa ficción se sostiene mediante la inercia institucional y el lenguaje diplomático. Pero hay un punto en que la superposición de comunidades de amenaza incompatibles deja de producir ambigüedad gestionable y empieza a producir parálisis. Europa descubre que necesita defenderse de Rusia en el momento exacto en que el país que garantizaba esa defensa ha decidido que su amenaza principal está a doce mil kilómetros de distancia.
Existe una respuesta emergente a esta disfunción. Cuando la alianza grande es demasiado heterogénea para actuar con coherencia, los estados forman subcoaliciones donde las percepciones sobre la amenaza sí convergen. El minilateralismo es la adaptación de las comunidades de defensa para alinear sus capacidades con las amenazas comunes. De esta forma, se confirma la tesis por la negativa. Los actores construyen alianzas más pequeñas precisamente porque la grande no puede resolver la contradicción que la funda.
Así, la defensa colectiva es constitutivamente subóptima. Es así porque su objeto (la amenaza) no puede ser genuinamente compartido entre actores con historias, geografías e identidades distintas y no puede serlo sin suprimir esa particularidad, lo que equivale a una violencia política que las propias alianzas democráticas no pueden ejercer sin contradecir sus fundamentos. Las alianzas que mejor funcionan no son las que han logrado una percepción unificada, sino las que han construido mecanismos para gestionar la divergencia sin que resulte existencialmente destructiva.
Regresemos a Múnich en febrero de 2007. Putin terminó su discurso y la sala aplaudió con la cortesía protocolaria de quien no ha entendido del todo. Cada delegado regresó con su interpretación y el continente siguió, durante siete años más, construyendo gasoductos hacia Rusia. La defensa colectiva no falló en 2022, llevaba fallando desde 2007. Simplemente había fallado en su primer paso, establecer un consenso sobre de qué nos teníamos que defender. Todo lo demás (los presupuestos, las capacidades, los conceptos estratégicos…) es una forma de equilibrar el orden de prioridades de una alianza heterogénea.
Antonio Legaz es analista de defensa en Indra
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