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Sánchez y el juego de tronos de Ceuta

El presidente del Gobierno, noqueado e inane, convierte a Felipe VI en el parapeto de la crisis de Ceuta al tiempo que elude señalar la responsabilidad del verdadero monarca culpable, Mohamed VI.

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01
septiembre
2026

Pedro Sánchez ha encontrado al culpable más cómodo de la crisis de Ceuta. Felipe VI. No porque el Rey haya provocado la avalancha migratoria, ni porque disponga de competencias ejecutivas para contenerla, ni porque pueda decidir por sí mismo cuándo visita la ciudad autónoma. Precisamente por todo lo contrario. La ventaja política del monarca consiste en su indefensión. No puede entrar en la refriega ni responder al presidente del Gobierno. Y permite a Sánchez desplazar hacia la Corona una responsabilidad que pertenece al Ejecutivo.

El presidente reapareció en la SER después de unas vacaciones que la emergencia ceutí convirtió en una forma de ausencia. Defendió su derecho al descanso y sostuvo que había seguido trabajando. La discusión no concierne al derecho laboral del presidente ni a su intimidad familiar, sino a la imagen de un jefe del Ejecutivo que permaneció retirado mientras se producía una transgresión de la frontera, se desbordaban los servicios públicos y Ceuta adquiría la fisonomía de una crisis de Estado. Sánchez, que ha hecho del movimiento una doctrina de supervivencia, eligió esta vez la inmovilidad.

Resulta especialmente llamativa la parálisis porque Sánchez siempre nos ha confundido con la velocidad. El movimiento terminaba sustituyendo al resultado y la agitación hacía las veces de proyecto. Avanzar, rectificar, cambiar de posición, abrir otro frente. La política entendida como una huida hacia delante cuya eficacia consistía precisamente en que nadie pudiera determinar el punto de llegada. Ceuta ha desmentido el método. El hombre de acción se quedó quieto. Y semejante quietud coincide con la única dirección en la que Sánchez parece incapaz de moverse con libertad, o sea,  la que conduce a Mohamed VI.

La prudencia diplomática con Marruecos puede comprenderse. La sumisión resulta bastante más difícil de explicar

La prudencia diplomática con Marruecos puede comprenderse. La sumisión resulta bastante más difícil de explicar. Sánchez aseguró en la SER que no dispone de información de las Fuerzas de Seguridad ni del CNI que permita responsabilizar a las autoridades marroquíes y elogió la cooperación de Rabat. Conviene preservar la diferencia entre la sospecha y la evidencia. No está acreditado que Mohamed VI ordenara la entrada masiva. Tampoco parece razonable contemplar una crisis de semejante magnitud prescindiendo del funcionamiento de la frontera marroquí, de la capacidad de Rabat para abrirla, cerrarla o modularla y de los precedentes en que la inmigración ha adquirido naturaleza de instrumento diplomático, intimiditatorio.

Sánchez prefiere mirar en otras direcciones. Rusia e Israel comparecen en sus explicaciones. También las redes sociales y la extrema derecha. Puede existir desinformación y pueden intervenir intereses extranjeros, pero la proliferación de culpables termina produciendo una absolución demasiado conveniente. Marruecos queda fuera del juego narrativo. Y la paradoja adquiere una dimensión formidable cuando el Gobierno denuncia una agresión contra nuestra soberanía mientras extrema la delicadeza con el vecino que dispone de la llave fronteriza.

Es entonces cuando aparece Felipe VI. Sánchez anunció que el Rey visitará Ceuta «cuando se den las condiciones» y afirmó que existen razones para que lo haga «por fin, después de 20 años». El lapsus cronológico reviste mucha gracia involuntaria. Felipe VI reina desde 2014. Más reveladora resulta la apropiación presidencial de la agenda del jefe del Estado. El viaje del Rey depende del Gobierno. No corresponde al monarca fijar unilateralmente una visita de semejante trascendencia diplomática. De modo que presentar su ausencia como una deuda de la Corona equivale a reprocharle una agenda que el propio Ejecutivo condiciona.

La maniobra tampoco resulta novedosa. Sánchez mantiene con la monarquía un duelo intermitente que reaparece cuando necesita tensionar las instituciones, complacer las pulsiones republicanas de sus socios o encontrar una instancia sobre la que descargar responsabilidades. Felipe VI sirve de adversario vicario. La naturaleza constitucional de la Corona facilita la operación porque el Rey no puede responder en términos políticos sin incurrir precisamente en la extralimitación que luego se le reprocharía.

Ceuta proporciona ahora el episodio más obsceno de ese viejo combate. Sánchez se esconde detrás del Rey para no mirar de frente su propia pasividad. Convierte una crisis ejecutiva en una controversia simbólica y traslada la conversación desde la frontera hasta Zarzuela. Terminamos discutiendo cuándo debe viajar Felipe VI en vez de preguntarnos por qué el presidente no interrumpió sus vacaciones, por qué tardó el Gobierno en reaccionar, qué información manejaba antes de la avalancha y hasta qué punto la relación con Mohamed VI condiciona la autonomía española.

Sánchez se esconde detrás del Rey para no mirar de frente su propia pasividad

El contraste resulta feroz. Al Rey español, que nada podía ordenar en la frontera, Sánchez le reprocha no haber estado. Al rey marroquí, cuyo Estado controla el otro lado de esa misma frontera, lo exculpa con una solicitud extraordinaria. La Moncloa se muestra severa con quien carece de competencias ejecutivas y exquisita con quien posee capacidad material para alterar la situación. Es una inversión perfecta de las responsabilidades.

Ni siquiera hace falta atribuir a Mohamed VI una orden que no está demostrada para advertir el desequilibrio. Basta observar la cautela reverencial del Gobierno, recordar los sucesivos episodios de presión migratoria y reparar en el misterio que sigue acompañando determinadas decisiones de Sánchez respecto a Marruecos. El presidente no necesita demostrar la inocencia de Rabat para cooperar con Rabat. Tampoco debería convertir esa cooperación en una exoneración preventiva.

Sánchez está noqueado. Y recurre a una de sus especialidades cuando la partida se complica, cambiar el tablero. El jaque al Rey distrae del jaque al Gobierno. Felipe VI comparece como una pieza útil en la escenografía de la crisis, precisamente porque su función constitucional le impide defenderse en el mismo terreno. Mohamed VI permanece cuidadosamente fuera del foco mientras Ceuta permanece dentro del problema.

La paradoja final consiste en que Sánchez pretende defender la soberanía española debilitando a una de las instituciones que la encarnan y evitando incomodar al poder extranjero que puede ponerla a prueba. Extraño patriotismo y extraordinaria jugada. Señalar a Felipe VI no resuelve Ceuta, pero permite al presidente esconderse detrás del Rey. Y esta vez ni siquiera el movimiento disimula el jaque.

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