De lo sublime y lo bello
Edmund Burke revolucionó la filosofía de la estética al distinguir entre lo bello, que genera placer y atracción, y lo sublime, que nace del terror y el asombro, sosteniendo que ambas experiencias tienen un origen corporal y emocional.
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Edmund Burke (1729-1797) apenas contaba con 28 años cuando intuyó que la filosofía de su tiempo se estaba haciendo la pregunta equivocada. Los filósofos llevaban siglos preguntando qué es la belleza, como si fuera algo que existe ahí fuera, en las cosas, esperando ser descubierta con suficiente paciencia. Burke se preguntó algo más raro: ¿qué le pasa al cuerpo cuando algo lo detiene? La cuestión no inquiere por lo bello, sino por lo que suscita.
La respuesta tardó un libro entero, publicado en 1757 con el título de Indagación filosófica sobre el origen de nuestras ideas acerca de lo sublime y de lo bello (resumido como De lo sublime y de lo bello). Su tesis central se puede sintetizar tal que así: hay dos experiencias que siempre hemos metido en el mismo saco –la belleza y lo sublime– y, empero, son tan distintas entre sí como el amor y el pánico. Que a veces se parezcan no las hace iguales.
Lo bello, señala Burke, nos atrae al igual que una cosa suave quiere ser tocada. Sus cualidades son la pequeñez, la lisura o la variación gradual. Nada en lo bello nos hostiga ni nos desafía. Al contrario, relaja los músculos y produce un cosquilleo semejante al amor. La belleza «actúa mecánicamente sobre la mente humana mediante la intervención de los sentidos», anota. Adviértase la osadía de tamaña sentencia. El de Dublín afirma que la belleza es un asunto corporal, no espiritual, que comienza en los nervios. Una idea así, abandonada a mitad de camino, habría muerto en la orilla. Pero Burke tuvo el coraje de llevarla hasta el final.
Lo bello, señala Burke, nos atrae al igual que una cosa suave quiere ser tocada
Lo sublime funciona al revés, ya que su origen está en el terror: «Todo lo que de alguna manera está capacitado para suscitar las ideas de dolor y peligro, es decir, todo lo que es en cierto modo terrible, o está relacionado con objetos terribles, o actúa de una manera análoga al terror, es una fuente de lo sublime». Ante lo sublime no cabe el sopor: produce un asombro que Burke define como «ese estado del alma en el que todos sus movimientos se suspenden con un cierto grado de horror». La mente, incapaz de razonar, se llena tan por completo de su objeto que no cabe nada más. Por eso lo sublime, a diferencia de lo bello, no atrae. Más bien, arrolla.
La clave, y aquí está la paradoja que convierte el libro en algo más que un tratado de estética, es que ese arrollamiento genera placer. Siempre que el peligro se mantenga a suficiente distancia, gusta. El volcán que se ve desde lejos o la tormenta que se goza con la convicción de estar a salvo de los rayos. Burke llama a esto deleite, y lo distingue del placer ordinario. Es una especie de alivio violento.
Immanuel Kant (1724-1804) tomó la distinción burkeana, la trasladó al terreno de su filosofía trascendental y construyó sobre ella buena parte de su Crítica del Juicio. En Kant, lo sublime revela la grandeza de la razón humana precisamente en el momento en que algo la supera. El abismo nos aplasta, pero el hecho de que podamos concebir ese aplastamiento nos hace, curiosamente, más grandes que él.
Lo sublime, a diferencia de lo bello, no atrae; más bien, arrolla
Antes de preguntarse qué significaba la belleza, Burke se preguntó qué le sucede al ojo, al oído o a la piel. Aunque disfrazado de filósofo, fue un fisiólogo del siglo XVIII que apuntó al cuerpo; al cacho de carne, corriente y moliente, que nos posiciona en el mundo. En esta línea, lo bello y lo sublime son sus respuestas físicas, incluso involuntarias (qué lejos quedan las abstractas categorías platónicas).
Hay algo en eso que podría incomodar, y que tal vez debería. Si Burke tiene razón –si nuestras categorías estéticas más elevadas no son conquistas del espíritu sino reflejos del sistema nervioso– entonces la pregunta que la filosofía llevaba siglos formulando mal sigue sin respuesta porque no se liberó de su gran losa: persistir en preguntarse qué es la belleza. Por familiar que nos sea, el cuerpo sigue siendo un ermitaño ignorado que ya la ha respondido. ¿Cómo? Tensándose ante lo que lo desborda y emocionándose ante lo que atrae.
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