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Cuando el agua deja de ser un supuesto y se convierte en una decisión estratégica

En el marco del Día Mundial del Agua, Jaime Silos (Forética) reflexiona sobre el papel de la gestión hídrica.

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Durante mucho tiempo, el agua ha sido uno de esos factores que apenas aparecen en las discusiones estratégicas porque siempre han estado ahí. Disponible, relativamente barata y, en apariencia, garantizada. Sin embargo, esa normalidad se ha ido resquebrajando. El cambio climático, la presión sobre los ecosistemas y una demanda creciente están alterando el ciclo del agua y convirtiendo este recurso en uno de los principales vectores de riesgo económico y social de nuestro tiempo. El Día Mundial del Agua, que se celebra cada 22 de marzo, es una buena oportunidad para asumir una realidad incómoda: el agua ya no puede seguir tratándose como un supuesto, sino como una decisión estratégica.

Los datos son conocidos, pero no por ello menos contundentes. Más de 2.000 millones de personas carecen de acceso a agua potable gestionada de forma segura y la volatilidad hídrica se traduce en sequías más prolongadas, episodios extremos de lluvia e impactos directos sobre infraestructuras, cadenas de suministro y sistemas productivos. En Europa y, de manera muy particular en España, el estrés hídrico ha dejado de ser un escenario futuro para convertirse en un factor estructural que condiciona sectores clave como la agricultura, el turismo, la energía o la industria.

En este contexto, resulta llamativo que muchas organizaciones sigan abordando la gestión del agua desde una lógica exclusivamente operativa o ambiental, desconectada de la toma de decisiones de la alta dirección. El agua se gestiona, pero no se gobierna; se mide, pero no se integra en la estrategia. Esa brecha es precisamente la que intenta cerrar la Guía para CEO: El agua en el centro de la estrategia, publicada recientemente por Forética en la sesión anual del Consejo Empresarial Español para el Desarrollo Sostenible, con un mensaje claro: sin liderazgo empresarial, no habrá respuesta eficaz a la crisis hídrica.

La gestión del agua ha dejado de ser una cuestión técnica para convertirse en un asunto de competitividad, resiliencia y licencia social para operar. Las sequías afectan a la continuidad del negocio, las inundaciones dañan activos e infraestructuras, y la escasez de agua genera tensiones territoriales que pueden derivar en conflictos sociales. Todo ello influye directamente en los resultados, la gestión del riesgo y la reputación. Tenerlo en cuenta permite a las empresas anticiparse y tomar decisiones más sólidas y competitivas.

La gestión del agua ha dejado de ser una cuestión técnica para convertirse en un asunto de competitividad, resiliencia y licencia social para operar

La guía propone un enfoque sencillo, pero exigente. El primer paso es comprender la materialidad real del agua para cada organización. No todas las empresas dependen del agua de la misma manera ni se enfrentan a los mismos riesgos, y por eso resulta imprescindible analizar la exposición por geografías, procesos y cadena de valor. Solo con un diagnóstico riguroso es posible priorizar y tomar decisiones informadas.

El segundo paso es integrar ese diagnóstico en la estrategia. Hablar de agua en clave estratégica implica incorporar criterios hídricos en la planificación de inversiones, en el diseño de productos, en la selección de proveedores o en la ubicación de activos. Implica también invertir en eficiencia, reutilización y digitalización, pero, sobre todo, cambiar la conversación interna: pasar de ver el agua como un coste o una restricción a entenderla como un factor clave de resiliencia y creación de valor a largo plazo.

Un elemento central de este enfoque es la colaboración. El agua no entiende de límites administrativos ni de fronteras empresariales. Se gestiona en cuencas y territorios donde confluyen múltiples actores con intereses legítimos. Pretender abordar los desafíos hídricos desde una lógica individual es, sencillamente, insuficiente. Por eso, la guía subraya la importancia de la colaboración público-privada y de las alianzas entre empresas, administraciones y sociedad civil. La seguridad hídrica es un reto colectivo que exige soluciones compartidas.

El agua no entiende de límites administrativos ni de fronteras empresariales

Este día nos recuerda, además, que estamos ante un desafío profundamente social. La falta de acceso a agua potable y saneamiento afecta de manera desproporcionada a los colectivos más vulnerables y amplifica desigualdades existentes. Incorporar el agua en la estrategia empresarial no es solo una cuestión de gestión del riesgo, sino también de legitimidad y contribución al bienestar de los territorios en los que operan las empresas.

En los próximos años, el éxito de las organizaciones no se medirá únicamente por su capacidad de reducir impactos negativos, sino por su contribución a la resiliencia de los sistemas naturales y sociales de los que dependen. En el caso del agua, esto implica avanzar desde enfoques defensivos hacia modelos que generen un impacto neto positivo, apoyando la regeneración de ecosistemas y la seguridad hídrica de las comunidades.

El mensaje que deja este 22 de marzo es claro. El agua ya no es un asunto periférico ni una variable secundaria. Es una de las grandes decisiones estratégicas de nuestro tiempo. Integrarla en el centro de la agenda empresarial no responde a una moda ni a una exigencia ideológica, sino a una realidad económica y climática que no admite atajos. Las empresas que entiendan esto antes estarán mejor preparadas para un futuro en el que la disponibilidad de agua marcará, cada vez más, la frontera entre la resiliencia y la vulnerabilidad.


Jaime Silos es director de desarrollo corporativo de Forética.

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