A vueltas con la fe
Puede que uno de los debates que encuentre de más interés en el momento actual es aquel en torno a si la religión, cristiana y católica específicamente en nuestro ámbito geográfico, vuelve a ser popular entre amplios sectores de la población, concretamente la juventud.
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COLABORA2026
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Puede que uno de los debates que encuentre de más interés en el momento actual es aquel en torno a si la religión, cristiana y católica específicamente en nuestro ámbito geográfico, vuelve a ser popular entre amplios sectores de la población, concretamente la juventud.
Un debate suscitado por el extenso apoyo e interés que fenómenos musicales, largometrajes o ensayos han generado, con su consiguiente repercusión mediática. Debate con sentido y más en un país como España que, por tradición política derivada de nuestra historia reciente había asociado, en un imaginario colectivo de amplio espectro, religión con represión e involución.
Desde esta óptica, puede, como ya se ha apuntado en otras publicaciones, que lo religioso se haya desprendido de ese lastre histórico y, por consiguiente, vuelva a ser libre para asociarse o conectar con anhelos o corrientes sociales de actualidad. Si este posible resurgimiento de lo espiritual conlleva una vuelta o no a la práctica religiosa convencional ya es algo a ir analizando por sociólogos y estudiosos del comportamiento humano y social.
No obstante, donde quiero centrar este breve comentario es en lo que respecta al tratamiento y al marco desde el que no pocos artículos han tratado de analizar estas nuevas expresiones culturales en torno a la fe.
Por lo leído hasta el momento, una explicación frecuente dada consiste en que, ante un orden mundial impredecible y una realidad inmediata angustiosa (bajos salarios, un mercado inmobiliario roto –o en pleno rendimiento en función de cómo se mire–, relaciones sociales atravesadas por la hiperconexión digital, una autoexigencia desmedida, la inmediatez de todo fenómeno…), el individuo está buscando refugio en la religión; que ante lo incierto de lo material y «real» se está retornando a un campo inmaterial regido por la certidumbre de la autoconstrucción.
En definitiva, un fenómeno basado, en mayor o menor medida, en lo irracional y el miedo. Ante la poca capacidad de gestión de la incertidumbre, repliegue de la razón. Una hipótesis que entra dentro del marco interpretativo mencionado unas líneas más arriba, en el que modernidad y progreso son incompatibles con la fe. Así, un ciudadano formado, con sus necesidades materiales cubiertas y con un afán de avance social no podría albergar una inquietud intelectual asociada a la religión.
No entraré en la disertación sobre la relación entre fe y razón, considero que el ingente corpus teórico y filosófico asociado a la teología escolástica es más que suficiente para demostrar que religión y reflexión intelectual no son excluyentes. Queda la Suma Teológica como testigo.
Religión y reflexión intelectual no son excluyentes
Tampoco ahondaré en si la espiritualidad es un valor refugio, una valentía humanista frente al no cuestionar lo que uno ve o la consecuencia, más lógica posible, ante una realidad que parece se nos escapa de las manos. Para ello nos emplazamos a un café presencial de disertación sobre estos aspectos, eso sí que es un refugio, gracias a Dios.
Pero creo relevante abordar brevemente la oportunidad que, para la izquierda sociológica más distanciada «culturalmente» de la religión, podría suponer el no ver el fenómeno del posible resurgimiento de la espiritualidad como algo negativo o sospechoso. Sino como algo a respetar (por principio y porque no hay mejor forma de perder apoyos que rechazar sentimientos y regalar su estructuración política al contrincante –miremos Europa–), e incluso, en función de los momentos tácticos y como muestra la historia, abrazar y utilizar para construir puentes de diálogo.
Y es que, en una sociedad en la que el individualismo y el liberalismo económico campan a sus anchas de piso turístico a semisótano en alquiler, toda corriente de pensamiento que enfatice la solidaridad, la fraternidad y lo comunitario (ideas sobre las que se ha construido el movimiento social y político que ha posibilitado lo que conocemos en Europa como «Estado del Bienestar») debería ser acogida con, al menos, expectativas positivas. Y no es complicado, si se lee con abandono el Evangelio y se acude a cualquier parroquia de barrio, percibir un llamamiento al amor del prójimo y al trabajo en comunidad. Un llamamiento que, viendo la realidad, puede ser un posicionamiento en lo político de calado, radicado en las relaciones de poder que diría Antonio Negri.
Se podrá reflexionar, y se deberá hacer, sobre cada uno de los diferentes movimientos cristianos, por poner un denominador común, que emergen en el panorama y su mayor o menos asociación a una u otra capa social o con intereses económicos y opciones políticas; sería naif pensar que pueden emerger corrientes de pensamiento al margen de los movimientos tectónicos de la estructura económica, al menos desde una óptica ligada al materialismo (y es posible que el ámbito de la fe deba quedar al margen).
No obstante, vuelvo a la idea de los elementos comunes y de la necesidad de abordar, primero desde al análisis correcto y después desde la acción, el fenómeno de los nuevos movimientos cristianos desde la proximidad y la posible alianza en lo que respecta al cuestionamiento de uno cánones culturales y sociales que priman el progreso individual al colectivo.
No tendré la osadía de plantear un compromiso histórico, que ya es historia, de nuevo cuño ni de optar por si es mejor creer para entender o entender para creer, pero lo que sí defiendo es la necesidad de aproximarse a cualquier fenómeno con rigor intelectual, humildad, inteligencia, estrategia y, desde luego, respeto.
Respeto que hoy más que nunca, en los inicios de 2026, es un acto que contribuye a lo que podría ser la casa común de la rebeldía humanista; una casa que ya intentaron construir hombres de fe de la talla de Mariano Gamo o José María de Llanos, padres escondidos de nuestra valiosa Transición y que mostraron que fe, razón y compromiso social pueden formar parte de la misma ecuación.
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