La gratitud hacia la vida
La gratitud consciente no borra las dificultades, pero transforma nuestra relación con ellas: nos ayuda a reducir el estrés y a generar emociones positivas y vínculos más sólidos.
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«Ahora que tengo casi 80 años y sufro una serie de problemas médicos y quirúrgicos, ninguno de los cuales me tiene impedido, me alegro de estar vivo. “¡Me alegro de no estar muerto!”, exclamo a veces cuando hace un día espléndido». Cuando Oliver Sacks escribió Gratitud, sabía que estaba cerca del final de su vida. El neurólogo y escritor no recurrió a grandes revelaciones ni a promesas de trascendencia. Habló, sencillamente, de gratitud: «Doy gracias por haber vivido muchas cosas —algunas maravillosas y otras horribles— y por haber sido capaz de escribir una docena de libros, por haber recibido innumerables cartas de amigos, colegas y lectores, y por haber disfrutado de lo que Nathaniel Hawthorne denominó “un diálogo con el mundo”».
Durante las últimas décadas, la gratitud ha ido ocupando más espacio en la psicología positiva, pero quizás sea un concepto que aún nos suene a libro de autoayuda, a religión o a una actitud poco crítica ante la realidad. Sin embargo, sentir gratitud no significa cerrar los ojos ante lo negativo. De hecho, pocas líneas después, Sacks también lamenta haber desperdiciado tiempo, ser tímido, no hablar otro idioma y no haber viajado ni conocido tantas culturas como debería, y afirma: «Tengo la sensación de que debería intentar completar mi vida, aunque no sepa muy bien qué significa “completar una vida”». Aun así, siente gratitud hacia lo vivido.
Aunque la gratitud ha ocupado un lugar central en la filosofía y la teología, en la psicología y la neurociencia su estudio es más reciente. Para la psicóloga Barbara L. Fredrickson, la ciencia había prestado muy poca atención a los sentimientos positivos porque, entre otras cosas, son más difíciles de evaluar que los negativos: «La alegría, el gozo y la satisfacción no se diferencian entre sí tanto como la irritación, la tristeza y la angustia. Así, la ciencia solo separa un puñado de buenos sentimientos: por cada emoción positiva se conocen tres o cuatro sentimientos negativos».
En 2003, Robert A. Emmons y Michael E. McCullough realizaron uno de los primeros estudios sobre la gratitud, en un momento en que aún existía una escasez de investigaciones fiables sobre este tema. Los autores destacan que la gratitud se ha conceptualizado de múltiples formas: como emoción, actitud, virtud moral, hábito, rasgo de personalidad o reacción. En todos los casos, se relaciona con la amabilidad, la generosidad y la capacidad de dar y recibir sin esperar nada a cambio. Existen muchas experiencias que pueden provocarla, pero lo verdaderamente relevante es cultivarla de manera consciente, no solo sentirla cuando ocurre algo positivo. Aunque no borra el malestar ni transforma la vida, los autores concluyeron que la gratitud aumenta las emociones positivas y favorece una relación más atenta y prosocial con la experiencia cotidiana.
Según la neurocientífica y física Sara Teller, practicar la gratitud se asocia con una mayor capacidad para centrarse en las emociones positivas, incluso cuando las negativas están presentes. En general, explica, «las personas que cultivan la gratitud son más felices, optimistas y resilientes». Desde el punto de vista neurobiológico, esta práctica activa la corteza prefrontal medial (CPFm), vinculada a la identidad y a la conexión social, así como el circuito de recompensa del cerebro. Entre sus efectos se encuentran la mejora de la calidad del sueño, la motivación, los hábitos saludables y la salud mental, emocional y física, además de una reducción del estrés, la sensación de soledad y la rumiación.
¿A qué se debe? Poner la atención en aquello que nos hace bien y valorar lo que tenemos genera una sensación de calma que ayuda a reducir el estrés, señala Teller. Dar las gracias nos acerca más a las personas que nos rodean y, al mismo tiempo, nos genera emociones positivas. Para entrenar la gratitud, la experta recomienda dedicar dos o tres veces por semana unos minutos a escribir cinco cosas por las que sintamos gratitud y mantener este hábito, al menos, tres semanas. Se trata de agradecer no solo lo bueno, sino también lo difícil, y de reconocer tanto lo que recibimos como a las personas que lo hacen posible, diciendo gracias siempre que podamos.
Las personas que cultivan la gratitud son más felices y resilientes
Estos hallazgos teóricos y prácticos se ven ahora reforzados por estudios recientes. Un estudio publicado en 2025 en The Journal of Positive Psychology comparó diferentes intervenciones de gratitud con varios grupos de control, agrupándolas en tres tipos principales: intrapersonales (listas de gratitud), interpersonales (cartas o mensajes de gratitud) y de agradecimiento a Dios. Los resultados mostraron que, aunque todas las intervenciones fueron en general efectivas para aumentar las emociones positivas y reducir las negativas, las interpersonales fueron las más eficaces, lo que refuerza la idea de la gratitud como emoción relacional y social.
Una gratitud despierta
Cuando hablamos de gratitud, también conviene desconfiar de las lecturas simplificadoras. En los últimos años, la gratitud ha sido incorporada al discurso empresarial y al imaginario del rendimiento personal como una herramienta más de autorregulación emocional. Se invita a cultivar la gratitud, incluso, en contextos de precariedad, sobrecarga o vulnerabilidad, como si cualquier problema fuera resultado de una actitud individual y no de las condiciones estructurales. En muchos casos, la gratitud puede funcionar como un mecanismo para silenciar situaciones de opresión o desigualdad.
Por eso, al hablar de gratitud, es importante no caer en la positividad tóxica, esa que nos anestesia y nos aleja de la crítica social para que las cosas sigan como están. Ni la psicología ni la neurociencia sugieren que pensar en positivo sea suficiente para transformar la realidad. Agradecer implica, casi siempre, reconocer la dependencia de otras personas y del entorno y ser conscientes de que también hay circunstancias que no controlamos.
Volver a Oliver Sacks permite recuperar esta complejidad. Su gratitud no niega el miedo, el dolor o la pérdida, sino que acepta que estos sentimientos también forman parte de la vida. Cultivar la gratitud implica enfocar nuestra atención, detenernos a observar lo vivido y lo que nos rodea, reconocer nuestros propios privilegios y logros y valorar a quienes nos han ayudado en el camino. Pensar la gratitud no es sinónimo de ser conformistas, sino tener una mirada atenta y ordenar nuestras emociones para vivir mejor nuestras vidas y encontrar algo de calma, también, en contextos difíciles.
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