Economía

«El turismo lo convierte todo en mercancía»

Fotografía

Julia Ventura
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14
junio
2024

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Julia Ventura

Ya lo dijo Hunter S.Thompson: no hay historia hasta que la hayas escrito. La periodista Anna Pacheco (Barcelona, 1991) dedicó seis meses para infiltrarse como empleada en tres hoteles de lujo de Barcelona, asistiendo a eventos de empresa y reuniones de los empleados con los directivos. El resultado, a medio camino entre la crónica y el ensayo, muestra la contradicción que existe entre el lujo que venden estos grandes establecimientos y la realidad de quienes trabajan allí, además de los efectos indeseados del turismo. ‘Estuve aquí y me acordé de nosotros’ (Cuadernos Anagrama) da cuenta de cómo el hotel no solo es un espacio de trabajo, sino también una figura de autoridad que ostenta la hegemonía cultural.


El inicio del ensayo muestra un evento corporativo donde la charla motivacional del directivo a los empleados parece un teatro. ¿Resume de alguna forma la cultura empresarial?

Esa escena tiene una épica muy forzada, porque los empleados asienten y hacen ver que entienden lo que le quiere decir el director de Recursos Humanos, pero la realidad es que están hartos y cansados. Ahora no basta con trabajar, tienes que parecer muy entusiasmado con lo que haces. Cualquier cultura de empresa tiene algo de teatral y creo que eso es lo que forma su naturaleza. En el libro contrapuse los dos teatros, el puramente corporativo y el turístico. Los trabajadores viven la situación como una pantomima, saben que no está bien visto poner mala cara o mostrarse desmotivados, así que fingen y repiten el lema que toca.

Llama la atención la figura de Nando, el cocinero de 38 años que defiende «ser un poco vivo». ¿Te sorprendió esa contradicción del trabajador precario que se presenta como autónomo y confía más en frases motivacionales que en sindicatos?

Por el trabajo previo que hice sabía que me iba a encontrar con esas contradicciones. Nando refleja una de esas posiciones contradictorias dentro de las relaciones de clase que explica bien el sociólogo Erik Olin Wright cuando dice que las clases no son entes estáticos. Podría haber ignorado esas contradicciones y hacer un relato épico, pero hubiera resultado muy poco útil. Me interesaba más ir buscando cómo esas pequeñas fisuras hacen que nos comportemos de una determinada manera o no queramos reconocer que pertenecemos a un grupo social. No pretendo culpar a un trabajador que no está alineado con sus intereses de clase, prefiero intentar entender cómo es posible que no lo esté. Muchos de los empleados esperan dejar el hotel por lo duro que es, pero van a trabajar y solo quieren que pase el día sin meterse en líos. Intento poner en valor el papel de los sindicatos, porque son los pocos que pueden hacer frente a la precariedad y abusos que sufren los trabajadores.

«La gran discusión de las próximas décadas será el futuro del turismo»

Y sin embargo es curioso cómo la diferencia de sindicación en un mismo hotel puede variar tanto.

Muchos de los trabajadores que estaban sindicalizados formaban parte de los llamados históricamente trabajos manuales, y estos pedían a la gente de las oficinas que bajasen a sus reuniones. En el hotel se ve muy claramente esa separación entre plantas, y estos trabajadores esperaban que los de arriba bajaran al fango y se sindicalizaran. Hay una falsa percepción de que los que trabajan frente a un ordenador en un despacho, los encargos de comunicación y eventos, gozan de una mejor posición, pero luego no se corresponde con datos. Los sueldos son muy similares y simplemente es una cuestión simbólica o de estatus que hace que estos trabajadores no se sientan tan interpelados a la hora de sindicalizarse.

 ¿La división entre trabajos manuales e intelectuales fomenta la fragmentación en el hotel y la desmovilización?

Esa división entre trabajadores intelectuales y manuales no sirve, pero sí tiene sentido que estos perfiles copen los sindicatos, porque los trabajos más duros y peor pagados son los de mujeres racializadas. Las camareras de piso, por ejemplo, tienen mayor conciencia de clase. La industria hotelera está fuertemente feminizada en muchos de los departamentos, como el de limpieza, donde la mayor parte de ellas son migrantes. Sin embargo, cuesta entender, y los propios trabajadores sindicalizados no lo entienden, que solo estén ellos en los sindicatos. Lo que percibí es que muchos de los trabajadores manuales deseaban hacer un «nosotros» más grande, ensanchar el espectro, porque serían mucho más poderosos de cara a combatir determinadas políticas de la empresa.

Todo esto conecta con la asunción de pertenencia a ese concepto difuso de clase media, lo que Daniel Treviño acuña como la mayor tribu urbana de la historia.

Claro, lo que tiene la clase media es que es tan inconcreta y difusa que permite a todo el mundo identificarse con ella. Esto no ha sucedido de una forma arbitraria, forma parte del corazón de las políticas que se han hecho en España desde el desarrollismo en adelante. La constitución de las clases medias es algo deliberado y muy efectivo para los políticos, pero también para nosotros mismos. Cada uno establece los criterios según los cuales es clase media, algunos se definen así por lo que cobran, otros por los viajes que hacen al año, otros por el lugar donde trabajan…

¿Pertenecer a la clase media favorece una suerte de tranquilidad?

Creo que sí, y esa tranquilidad nos impide estar alineados con los intereses de nuestra propia clase y luchar por mejorar las condiciones. La clase media es por naturaleza complaciente, aboga por cierta paz social, y siente que toda lucha de clases pertenece a un tiempo pasado. Emmanuel Rodríguez habla de una sociedad de clases medias, y esta sociedad es muy operativa para el sistema. Me parecía interesante que eso quedara reflejado en el ensayo, porque aparecía de forma natural en las respuestas de los entrevistados cuando les preguntaba cómo se percibían.

«Cuando impugnas el turismo actual, la respuesta inmediata es el mantra de que genera mucho trabajo y dinero»

¿El turismo no es otra forma de ocupar el espacio y, en muchos casos, una forma perjudicial para los vecinos?

Sí, lo que sostiene la industria turística tiene mucho que ver con la acumulación, la explotación y la extracción de recursos. Al turismo se le llama industria de la felicidad, siempre ha sido propagandado como algo que genera trabajo a los españoles y es una fuente de riqueza limpia. La realidad es que está formado por grandes infraestructuras que ocupan el espacio, ya sea cementeras, aeropuertos, macrohoteles… Nos estamos dando cuenta que está asociado a una gran pesadez material y tiene muy poco de verde. Casi cada semana nos encontramos con conflictos en ciudades muy turísticas como Málaga, Barcelona o Palma. En Canarias se ha visto claramente con la gente en huelga de hambre para evitar la construcción de dos hoteles. Estamos llegando a una situación de límite, y no tiene que ver con odiar al turista. Los territorios tensionados están enfadados porque la presencia masiva de turistas está subiendo el alquiler y les echa de sus casas. La gran discusión de las próximas décadas va a ser el futuro del turismo.

Cristina Barrial plantea la reflexión sobre qué nos hace huir de la gran urbe a la ciudad de vacaciones. ¿El turismo se ha vuelto una forma de escapar de los ritmos actuales y de la precariedad?

Me he acordado de la aplicación Foursquare, que era para hacer check en los lugares que visitabas, y resume bien esa cultura de devorar una ciudad en pocos días antes de volver a la rutina. Vivimos en un sistema muy compensatorio que favorece a los que mandan, la vida se parece mucho a trabajar durante todo el año para irse siete días de vacaciones. Esto favorece que haya un turismo de evasión y desesperación, y es normal querer huir de tu ciudad como forma de olvidarte del trabajo un rato. Lo que deberíamos plantearnos es si esto es lo mejor que podemos hacer con nuestro dinero, si no hay otras vías para descansar. De todos modos, es importante matizar que solo una minoría del Norte global puede permitirse irse de vacaciones. Muchas veces hablamos del turismo como algo que hace todo el mundo, como si fuera un derecho, cuando en Cataluña hay un 30% que no puede permitirse irse una semana de vacaciones al año. Estos datos dan pistas de qué es exactamente el turismo, de cuánta gente lo practica y sobre todo quién se está enriqueciendo con este sistema.

En el ensayo describes cómo un trabajador establece su clase social en función de los viajes que hace al año. ¿El turismo se ha vuelto un estatus?

Sí, y es curioso porque si te fijas es una de las pocas industrias en las que el producto no se desplaza, el propio turista es mercancía. El turismo lo convierte todo en mercancía, no solo a la ciudad y el territorio, también a los trabajadores a los que se les pide que se dejen el alma y a los propios visitantes que se convierten en coautores no pagados del folleto turístico. Mi tía solía decir que para irse de vacaciones le tendrían que pagar, y todos nos reíamos, pero realmente tiene sentido. Cuando generas una ruta, inviertes tu tiempo y tu dinero. A veces acabas incluso más cansado que al inicio, de ahí las frases como «necesito unas vacaciones de mis vacaciones», que todos hemos dicho alguna vez. Siempre se da por hecho que hacer turismo sirve para relajarse, pero a menudo se convierte en una suerte de trabajo extraño.

Sorprende que no haya soluciones políticas a muchas de las cuestiones que planteas. ¿La izquierda es conformista a la hora de repensar otras formas de turismo?

Ernest Cañada menciona a menudo lo llamativo que es la falta de respuestas por parte de la izquierda a un modelo alternativo. La idea del turismo, y sobre todo en España, está muy asentada en unos dogmas que parecen inmutables, como que el turismo es bueno y ya está. Incluso yo misma he notado cómo, a partir de este ensayo, en algunos entornos te miran como si estuvieras loca. Cuando impugnas el turismo actual, la respuesta inmediata es el mantra de que genera mucho trabajo y dinero. Lo cierto es que hay datos para desmontar muchos de los dogmas entorno al turismo, basta con ver el ejemplo de las Islas Canarias, que tiene el PIB más bajo.

«Deberíamos pensar en alternativas que tengan que ver con el turismo de las clases trabajadoras sin destrozar el ecosistema y las ciudades»

El turismo sigue siendo el sector que más riqueza aporta a la economía española.

Lo que propongo es preguntarnos qué hay debajo de esa riqueza. ¿Qué tipos de trabajo da el turismo en España? ¿En qué condiciones viven las personas que trabajan en este sector? ¿Qué alternativas podemos idear para que vivan mejor? Y la pregunta clave: ¿quién se está enriqueciendo? Últimamente se habla mucho del turismo de calidad y se critica el turismo de borrachera incívico y ruidoso en lugares como Magaluf o Lloret de Mar, pero este tipo de propuestas tienen un carácter populista que conllevan una elitización. Cuando todas las miradas se ponen en sitios como Benidorm o Magaluf, se criminaliza el descanso de los pobres y se asume que tenemos que ir hacia el glamour. Ahora incluso los campings se están convirtiendo en glampings. Veo peligrosa esta tendencia a priorizar el lujo pensando solo en las clases medias y altas. Creo que deberíamos pensar en alternativas que tengan que ver con el turismo de las clases trabajadoras, que son la mayoría, sin destrozar el ecosistema y las ciudades.

¿Qué principales alternativas destacarías para concebir de otro modo el turismo?

El turismo va a cambiar inevitablemente, porque el horizonte de escasez ecológica nos obligará a hacernos algunas preguntas y modificar algunas velocidades. En el libro propongo el modelo de un complejo hotelero en Brasil que está destinado a trabajadores del sector turístico y defiende la máxima de que la belleza de la costa es para quien la trabaja, no para sus visitantes. Esto puede parecer naíf, pero es muy revolucionario porque permitiría el acceso a hoteles para empleados a precios asequibles. Otro ejemplo es la colectivización del hotel Bowen, en Buenos Aires. Durante 15 años, después del Corralito, consiguió funcionar sin jefes, fue colectivizado por los trabajadores.

¿Se puede pensar en un modelo de turismo autogestionado que no parta necesariamente de alguien que sirve a otro?

Esa es una de las muchas preguntas que podemos hacernos, la de cómo eliminar la noción de servidumbre. Al final del libro hablo de novelas de ficción que abordan de forma especulativa el futuro del turismo, situándose en 2050 o 2070. Podemos preguntarnos si se podrían ocupar los hoteles de la Costa del Sol y utilizarlos para gente que necesita una vivienda, por ejemplo. Para que cambie el turismo también tiene que cambiar esta mentalidad compensatoria en el trabajo. Creo que el futuro del turismo debería pasar por un tipo de descanso de ocio que no sea tan excepcional. Ojalá encontremos una alternativa distinta a buscar desesperadamente una fuga de algunos días al año para seguir funcionando.

 

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