Sociedad

El trauma de la democracia es la verdad

El intercambio de visiones, opiniones e informaciones son la esencia misma de lo que una democracia es y de cómo quienes formamos parte de ella ejercemos nuestra ciudadanía.

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26
junio
2024

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Lo que más hace tambalearse –y al mismo tiempo, sostenerse– a la democracia es la búsqueda de la verdad. Su renuncia sería tan dramática para nuestra forma de convivencia como que quienes vivimos en esta sociedad nos negásemos unos a otros nuestra propia condición de ciudadanos. Quizá por eso, y porque las verdades –aún bebiendo de datos científicos– no son absolutas, el intercambio de visiones, opiniones e informaciones son la esencia misma de lo que una democracia es y de cómo quienes formamos parte de ella ejercemos nuestra ciudadanía.

Los procesos de comunicación social son, por tanto, el escenario sobre el que nos movemos los que participamos en el debate público y activamos nuestra capacidad de persuasión para convencer al resto de que aquello que defendemos es mejor, más próspero, más real o más útil. Pero para que exista el debate no solo es importante que haya argumentos, sino que, además, es necesario que haya conversadores, y en cantidad suficiente para que su riqueza nos lleve a una verdad más cierta y confiable. Cada vez resulta más evidente lo crítica que es esa riqueza y lo decisiva que es la transparencia con la que se debata. En la conversación social participan abiertamente todos cuantos quieren hablar y escuchar, pero ni todos lo hacen mostrando abiertamente sus intereses y propósitos, ni con el mismo grado de pulmón e intensidad.

Las personas que trabajamos en el sector de la comunicación nunca podremos negar que tratamos de participar en el debate social creando expectativas y trasladando hechos y sensaciones en nombre de intereses que, para cumplir con nuestro deber profesional y con el de la sociedad en la que vivimos, debemos transparentar. El caso contrario, la posible falta de transparencia de las compañías o instituciones a las que representamos, y de cuáles son sus intereses, alejan de la verdad nuestra participación. Los que formamos parte de este ecosistema no podemos poner nuestras fábricas de talento creativo y de convicción al servicio de la mentira, sea cual sea su recompensa.

La riqueza del debate se está deteriorando tanto que el ruido puede acabar por aplastarnos a todos, incluyendo el sistema que nos proporciona la libertad

Hace algunos años, vivimos el auge de las redes sociales como una oportunidad para que la participación en el mundo de la influencia pública se abriera a todos los ciudadanos, organizados en grupos o individualmente. Era una esperanza tan atractiva como estimulante para que el vigor de la democracia creciera. Muchos de los beneficios de ese proceso de democratización los estamos viendo ahora materializados, pero no el que más enturbia a nuestra sociedad: la falta de interés por la verdad o lo que es lo mismo, la manipulación del resto. «En tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario», escribió Orwell.

Las redes y el modelo de comunicación actual, guiado por profesionales que cuelgan en el trastero de su casa sus hábitos ciudadanos, son un arma de democratización masiva que necesitamos de nuestro lado para recuperar el vigor, criticar y revisar. Las reglas del juego de la verdad –al menos en democracia– no pueden dejarse a un lado. El desafortunado lenguaje que emplean nuestros políticos actuales y, en ocasiones, algunos de nuestros líderes empresariales, está guiado por el supuesto beneficio y no por el precio. El primero es el convencimiento y el segundo es la deplorable salud de la democracia.

La verdad es una aspiración, pero no una ambición distópica. Las técnicas para persuadir son muchas y cada vez más sofisticadas y diversas. Nuestra capacidad de convencer a otros desde el mundo empresarial, las instituciones públicas o privadas, los gobiernos, los grupos sociales y políticos son mayores, pero la riqueza del debate se está deteriorando tanto que el ruido puede acabar por aplastarnos a todos, incluyendo el sistema que nos proporciona la libertad. Quienes comunicamos tenemos una tarea constante que no deberíamos olvidar nunca, que nos exige transparentar para quién trabajamos, cuáles son sus intereses y cuáles son sus propósitos. Lo contrario sería una democracia de camuflaje.


Alberte Santos Ledo es CEO de Evercom, agencia creativa de comunicación y marketing.

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