Cultura

Cómo sobrevivir a la burbuja del arte digital

Para disfrutar del arte digital, se necesita una nueva perspectiva. El inédito paradigma impactó en la industria del arte, despertó la fiebre por los NFTs (non-fungible tokens) y disparó sus precios. ¿Asistimos al pinchazo de la burbuja?

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Óscar Gutiérrez
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21
marzo
2024

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Óscar Gutiérrez

En la primavera de 2021, Christie’s subastó Everydays. The First 5000 Days, del artista digital Beeple. La subasta se cerró en la cifra récord de 69,3 millones de dólares. Era un JPG, aunque lo que se vendía era su NFT (non-fungible token, por sus siglas en inglés; es decir, un token no convertible, un activo digital). Aquella era la época en la que esas eran las siglas mágicas para invocar cifras millonarias. Muchos no sabían del todo de qué se trataba, pero sí que valían mucho dinero. Meses después, la casa de subastas anunciaba que habían sobrepasado los 100 millones de dólares en ventas de NFTs. «Esto confirma que el mercado NFT está aquí para quedarse», decía su CEO, Guillaume Cerutti. No todo el mundo estaba de acuerdo. Las comparaciones con la burbuja de los tulipanes eran tan habituales como los artículos que intentaban explicar qué era un NFT a los profanos.

Dando un salto en el tiempo al presente, las cosas son muy distintas. El 33% de los compradores reconoce que ya no sabe qué hacer con sus NFTs, como apunta el Informe de Arte Online 2023 de la aseguradora Hiscox. Solo un 12% asegura que comprará uno durante este año. La mitad de los encuestados «no ve valor artístico» en ellos. Y justo en esa afirmación está la clave para entender todo lo que ha pasado y también hacia dónde va el futuro del arte digital; un futuro que, a pesar de esta burbuja y su pinchazo, sigue existiendo.

Definir qué es el arte digital no es sencillo, pero tampoco lo es, al final, resumir qué es el arte. Se podría simplificar señalando que el digital es todo aquel que usa o se apoya en las nuevas tecnologías. Parece muy novedoso, pero no lo es tanto. En los años 60, ya se estaba haciendo arte digital, como las videoinstalaciones. Es «el arte de los nuevos medios», como sintetiza el comisario e historiador del arte especializado en digital Pau Waelder, que lo asienta en la conexión entre el arte y la cultura digital. Por supuesto, esto no solo supone saltar a nuevos soportes, sino que implica una transformación más profunda. «Cambia la concepción tradicional de la obra de arte», señala el experto. Como suma Bárbara Sainza, directora académica del Máster Universitario en Tecnologías Digitales para el Arte y profesora del Grado en Diseño Digital en U-tad, «lo cambia todo», tanto el rol del artista como el de la propia obra. «Los valores del arte mutan y cambian», explica. La idea de qué es valioso y qué no o del papel de quien mira la obra —este es, en ocasiones, un arte interactivo— se alteran.

Incluso, el arte digital juega con la democratización en la creación, pero también en el acceso a la obra, algo que conecta con los ideales de los inicios de internet y su búsqueda de lo open source, lo abierto y libre para todos. «Esta utopía se ha roto, porque hay compañías detrás de los medios digitales», indica Sainza. Es lo mismo que le pasó al propio internet.

Estos puntos suponen una transformación profunda de algo sobre lo que la ciudadanía tiene ideas muy asentadas. «Sí, tenemos todavía una concepción muy arraigada de que el arte es lo que vemos en el museo y hecho de una forma única», apunta Waelder. Para disfrutar el arte digital y para entenderlo, se necesita una perspectiva distinta. «Ya no es ir a un museo y ver la obra con una cuerdita», resume Sainza. Este cambio de paradigma impacta también en el arte como industria. Es en esa intersección en la que se entiende el pico de interés por los NFT y cómo sus precios se dispararon.

El arte digital surgió como opción para invertir las criptomonedas

A la hora de determinar cuánto vale una obra de arte, «afectan muchos factores», señala Ana Castro Jiménez, perito tasadora en arte y antigüedades. De entrada, recuerda, una obra de arte no es solo pintura. Una escultura o un mueble también lo son. Luego, se tienen en cuenta cuestiones como el artista que la firma o la oferta y la demanda. Lo especial de las obras de arte es que son «únicas» y originales —por eso los grabados o la fotografía, por ejemplo, tienen sus propias normas que garantizan la unicidad—.

En el momento del pico de interés, se hablaba de los NFTs como si fueran algo esotérico o como si, en sí mismos, fuesen arte. No eran ni una cosa ni otra. Simplificándolo, sería como la marca de identidad de esa obra. Era lo que hacía que en un mundo de archivos JPG que cualquiera puede copiar y pegar que esa obra fuese la única, la de verdad. «El NFT no es para invertir las criptomonedas fans y galerías y es mucho una obra de arte», confirma Waelder, «y es solo un registro». Ni siquiera era algo que había aparecido en aquel momento de repente, sino que conectaba con muchas otras cosas —la otra palabra clave para entenderlo es blockchain— de las que se llevaba hablando por años. «No era nada del otro mundo», reconoce el especialista, pero «pasó la tormenta perfecta». El experto suma que esa era también la época del boom de las criptomonedas, algo muy volátil. Quienes las poseían estaban buscando un valor refugio donde invertirlas. El arte digital emergió como una solución y se convirtió así en un elemento para la especulación, protagonista de una fiebre del oro. «Es muy parecido a la burbuja puntocom», señala Sainza.

Quizá, que el público general no entienda bien qué es el arte digital —«el contemporáneo en general», añade la profesora— no ayudó a la hora de frenar la escalada. Pero tampoco hay que olvidar que el valor del arte no es un compartimento estanco. Más allá de lo que ocurrió con los NFTs —que fue una burbuja casi canon—, las modas y las tendencias también impactan en el valor económico del arte. «Hace años lo más valioso era el arte sacro», ejemplifica Castro Jiménez. Los precios fluctúan. Más todavía cuando, como en el caso de los NFTs, funcionan como la bolsa.

Pero lo que pasó entonces no debería condenar para siempre al arte digital o marcar los juicios de valor de sus obras. No hay que olvidar algo que comenta Castro Jiménez: «La utilidad de una obra de arte es disfrutarla». Como ocurre con el arte en general, el digital no debería ser solo juzgado como valor refugio. Su condición económica debería ir por un lado y la artística por otro. En este último punto, el digital tiene ya identidad propia en el arte. Lo compran coleccionistas, fans y galerías y es mucho más diverso que esas obras que protagonizaban titulares en 2021. Como apunta Sainza, ya se guarda en repositorios y museos. Así, entra a formar parte de las colecciones y, en paralelo, se trabaja contra los efectos de la obsolescencia de la tecnología en la que se basa y que muchas veces es necesaria para disfrutarlo.

Los retos del arte digital no son, de hecho, los NFTs —que tienen su utilidad, insisten los expertos— sino los debates sobre cuestiones como la autoría o las nuevas fronteras como la inteligencia artificial. A pesar del «miedo casi atávico» al reemplazo del artista, como concede Sainza, tiene su potencial. «Hay IA en el arte desde hace muchos años», apunta, y añade que permiten explorar nuevas fronteras. Es, como afirma Waelder, «una herramienta que puede potenciar la creatividad, pero tiene que haber una creatividad antes».

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