Opinión

La teoría del hombre (y la mujer) disponible

Los héroes del cine y la literatura están disponibles para que les sucedan cosas. Parece que, de un tiempo a esta parte, todos somos hombres (y mujeres) disponibles.

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09
febrero
2024

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Hacía notar alguien que jamás, mientras los vemos enredarse en amores truncos y aventuras políticas, reparamos en que todos esos personajes apasionantes de Tolstói carecen de oficio conocido. Cubiertas sus necesidades, sin rutina prefigurada, su profesión es estar abiertos al gran panorama de la vida. Son tipos justamente de novela, gente a la que le pasa cosas interesantes porque no tiene otras engorrosas que resolver. Hombres disponibles.

Hace poco, vagando por Madrid como el rentista que no soy, me encontré felizmente en la presentación de un libro, Ficción fatal (Taurus). El libro es una disección minuciosa del Vértigo de Alfred Hitchcock, película con más pliegues que una mesa camilla. Su autor, Manuel Arias Maldonado, lanzó en un momento dado un concepto al aire, a cuenta del protagonista de la cinta, Scottie Ferguson (James Stewart), un hombre disponible. Él mismo se hace llamar irónicamente the available Ferguson.

Me quedé con la copla, tal vez me vi concernido.

El sintagma es imputable a Eugenio Trías, que hacía notar que la mayoría de los héroes hitchcockianos están disponibles para que le sucedan cosas: solteros, sin hijos, libres de ocupación y ataduras. Es algo tan evidente que nunca lo había pensado. De hecho, hasta hace no mucho, las cosas interesantes solo le pasaban a tipos disponibles, mayormente a personas con dinero. Eso era así en el cine y era así en la literatura. Alonso Quijano, con horario de oficina, difícilmente hubiera leído tanto y tan obsesivamente y difícilmente hubiera encontrado motivo de excedencia para salir a desfacer entuertos.

Alonso Quijano, con horario de oficina, difícilmente hubiera encontrado motivo de excedencia para salir a ‘desfacer’ entuertos

Seguí vagando por Madrid con el concepto en la cabeza. En principio, pensé, soy un hombre disponible, y no suena mal dicho así. Días después, reconsideré mi postura: de un tiempo a esta parte, todos somos hombres (y mujeres) disponibles, y no es tan divertido. Ni somos terratenientes ni estamos libres de rutina, pero nos han vendido que somos artífices de nuestra novela y para eso debemos abrazar una disponibilidad total y un optimismo histérico. Estar expuestos de continuo a los acontecimientos, a las experiencias y a los inputs; rehacernos y reciclarnos, descreer de lo firme y lo hecho. No darnos nunca por consumados.

El hombre (y la mujer) disponible, tal como lo quiere el siglo, es lábil y tiene la cintura de una bailarina de hula hoop. Nadie conoce su peso porque no lo tiene, es una estrella que a nada alumbra. Expuesto a la aventura, sin atadura conocida o irrenunciable, sin centro de gravedad permanente, es presunto señor de su narrativa (¡esa cosa manida, esa cosa exasperante de la narrativa!). No aspira a una zona de confort porque la zona de confort es cosa medieval, probablemente criptofascista. «Encuentra lo que amas y déjalo ir», diría hoy Bukowski. Porque el hombre disponible, que nada tiene y todo lo aspira, está llamado a fluir. Las cosas pasan por él como los carteles de las cintas mecánicas de Barajas. Las ve y las codicia un segundo antes de ver y codiciar la siguiente.

No tiene ni debe querer casa propia, trabajo fijo ni pareja estable. Alguien le dijo que era excitante y muy amazing mudarse cada tanto: de piso, de empleo, de pareja. Que no poseer nada era como poseerlo todo. Como mínimo, debe estar disponible, con talante marcadamente resiliente, sin ápice de nostalgia ni otras toxicidades. Si no estás abierto a todo, ¿quién va a tenerte en cuenta? Si aquí te plantas, ¿cuánto te pierdes?

Por eso el hombre disponible siempre está en línea. Es propio de él acarrear con todas las opciones; tener diez, quince, cien pestañas. No puede descartar nada, no puede cerrarse puertas. Incluso cuando se decide, no se planta. Por ejemplo, en el amor. Dice el psicoanalista Luciano Lutereau en una entrevista en La Razón que a su consulta llegan más casos de escarceos que de infidelidad: «La infidelidad no está materializada en el plano sexual. Lo que ocurre es que mientras alguien está en pareja, seduce virtualmente a otra persona o tiene un chat con varias (…) Es tan inestable la relación de pareja, que, ante el miedo de que pueda terminarse algún día, vamos coqueteando con otras opciones y teniendo simultáneamente otros vínculos ante la eventualidad de que el más formal pueda terminar».

El hombre disponible siempre tiene un pie fuera y los calzoncillos en la maleta

Así, el hombre disponible siempre tiene un pie fuera y los calzoncillos en la maleta. Le han dicho que es el amo de su destino, el capitán de su alma. La vida, piensa, se performa hasta el infinito. Aquí hay que bailarlo todo, como dice Julio Iglesias. Si no estás, te lo pierdes; si no apareces, le sucede a otro. Va con la lengua fuera el hombre disponible, con su vida rutinaria e incluso aburrida, pero una capacidad de deseo infinita fomentada por el entorno.

Pero no es un hombre del todo estúpido el hombre disponible. Solo es un tipo secretamente impotente ante su destino, del que le dicen dueño y protagonista. Desea en bruto y alberga una vaga insatisfacción, una esperanza inconfesable de escapar de la rueda. Justo esa esperanza engrasa la caldera de la sociedad de consumo, que para cada hombre disponible tiene un truco de magia. Ante todo, no puede ni debe ser un hombre acabado ni estanco, seguro de su lugar en el mundo y con un fuerte amarre. ¿De qué sirve hoy día un hombre completo? ¿Qué se hace de una persona que no quiere subir al Kilimanjaro a postearlo? Alguien que renuncia a verse como el centro de todas las tramas, que sabe lo que quiere de aquí a cincuenta años, ¿a quién sirve, para qué vale?

Después de varios días en Madrid expuesto a lo contingente, hago mi maletita y abandono mi mísera habitación de hombre disponible. Paseo las calles a la hora triste en que las riegan. Quizás, después de todo, pienso, no quiero ser tan protagonista de mi vida.

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