Economía

6 motivos por los que la economía de impacto no es perfecta, pero nos hace más falta que nunca

En los últimos años se ha producido un desarrollo significativo de la denominada economía de impacto, que busca que las empresas generen efectos positivos para las personas y el medio ambiente.

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En los últimos años se ha producido un desarrollo significativo de la denominada economía de impacto, que busca que las empresas generen efectos positivos para las personas y el medio ambiente. Instrumentos internacionales como el Acuerdo de París o los Objetivos de Desarrollo Sostenible (con permiso de sus predecesores, los Objetivos del Milenio) han ayudado a construir un consenso común de lo que queremos conseguir y el tipo de impactos positivos que debemos buscar. Consecuentemente, facilitan tener un marco de referencia sobre el que medir el impacto.

Además, los avances en términos metodológicos de instituciones como Value Balancing Alliance, Harvard Business School o The Capitals Coalition, entre otras, han sido notables y cada vez disponemos de un mayor número de estudios académicos y de expertos que nos facilitan proxies (factores de conversión) para poder monetizar los impactos.

La medición de impactos todavía es una disciplina poco madura

No obstante, este desarrollo de la economía de impacto ha sido más filosófico que práctico. La medición de impactos todavía es una disciplina poco madura. Si podemos utilizar la animación 3D como metáfora, posiblemente todavía nos encontremos más cerca del vídeo de Money for Nothing (Dire Straits) que de Avatar. Ya conseguimos crear algo que funciona, pero posiblemente todavía no destaca por su nivel de realismo. A nuestro juicio, los seis aspectos más importantes que nos ayudarían a recorrer esa distancia son:

  1. La medición de impacto debe asegurar que los resultados tengan un significado acorde al momento: la Isla de Pascua es el ejemplo paradigmático de cómo los valores de una comunidad pueden atentar contra su propia sostenibilidad y supervivencia. En su momento de mayor esplendor, la Isla de Pascua se estima que llegó a tener una población de entre 6.000 y 30.000 personas con un nivel de desarrollo cultural y tecnológico razonablemente elevado para los estándares de la época. En un periodo de apenas 500 años (hasta el año 1400), los pascuenses –o rapanuis– deforestaron y agotaron la mayor parte de recursos naturales necesarios para sostener la vida y actividad humana, lo que los llevó casi a la extinción. Lo que en un momento fue una isla cubierta de vegetación terminó sin tener ni un solo árbol con el agravante de que, en muchos casos, se utilizaban solo para fines suntuosos. En términos de externalidades, probablemente el valor del primer árbol que se cortó no puede ser igual que el del último. En términos emocionales, seguro que no lo fue. El valor de las externalidades y los impactos debería variar en función del significado que tiene en cada momento concreto. No necesitamos factores de conversión para monetizar impactos, necesitamos ecuaciones que hagan variar el valor de acuerdo con el contexto. Llevado a nuestro caso (el de la sociedad moderna), nuestra isla es un poco más grande, pero los recursos siguen siendo igualmente finitos. El valor de cada tonelada de CO2 emitida (por ejemplo) debe ser exponencialmente mayor que la anterior por cómo nos acerca a una situación de riesgo y un umbral que no debemos sobrepasar.
  2. La medición de impacto debe tener en cuenta el contexto geográfico y ser específica para cada comunidad: Haití y la República Dominicana posiblemente sean los dos países más alejados que se encuentran más cerca (con permiso, quizá, de las dos Coreas). El hecho de que compartan la isla de La Española puede hacer pensar que las condiciones naturales, sociodemográficas y culturales son similares. Pero en realidad, las características del lado Este (República Dominicana) son muy diferentes a las del lado Oeste (Haití). El lado Este recibe más lluvias, cuenta con montañas más altas y con una inclinación que favorece la circulación de agua hacia ese lado de la isla, y dispone de valles, planicies y mesetas más amplios y con suelos más fértiles. En resumen, el lado Este es húmedo y fértil y el lado Oeste, seco e infértil. Por lo tanto, el valor social que proporcionan el agua y los cultivos no puede ser igual en los dos lados de la isla. Todo esto en una superficie que representa aproximadamente el 15% de la superficie de España (o el tamaño de la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha). Si en un espacio tan relativamente pequeño pueden existir tantas diferencias en el valor de las cosas, en espacios geográficos más grandes las diferencias de valor pueden ser mucho mayores. Afortunadamente, hoy contamos con el conocimiento y las herramientas necesarias (los Sistemas de Información Geográfica o GIS) como para poder evaluar y determinar el valor de un impacto con un nivel de precisión muy elevado, de tal forma que seamos capaces de reflejar adecuadamente el contexto en el que se producen. La valoración de impactos requiere del uso de herramientas modernas de geo-representación.
  3. La medición de impacto debe tener en cuenta los flujos y los stocks de valor: cualquiera que haya seguido las discusiones de las conferencias del clima (las COP) se encontrará familiarizado con esta reflexión: ¿a quién debemos exigir más?, ¿a los países que en estos momentos están contaminando más (por ejemplo, China, responsable del 30% de las emisiones de 2022) o a aquellos que han realizado una contribución más grande históricamente a la actual concentración de CO2 en la atmósfera (por ejemplo, Estados Unidos, responsable del 25% de las emisiones históricas)? Por simplicidad metodológica, en estos momentos las mediciones de impacto tienden a fijarse en los flujos de valor que se generan en un determinado periodo (normalmente en un año) pero esto solo nos ofrece una visión sesgada del impacto real de una organización. Si el objetivo es definir estrategias de desarrollo sostenible, debemos tener en cuenta no solo el impacto que una organización hace en un año sino todo el impacto acumulado que ha tenido en su historia. Esto es lo único que realmente nos puede llevar a tener empresas que sean regenerativas.
  4. La medición de impacto debe tener en cuenta el objetivo de aquello que pretende conseguir: The Limits to Growth dice que una de las palancas para promover un desarrollo sostenible es la transformación de los mercados. Los mercados se basan en las señales que mandan los precios y, como decía A. Pigou, los precios a veces no reflejan el valor real de un bien o servicio (esto es lo que llamamos «externalidad»). Por lo tanto, la medición de impacto debería acercarnos a, al menos, entender el malfuncionamiento de los mercados y, en el mejor de los casos, poder corregirlo. Aplicado a un ejemplo concreto, imaginemos un bosque de 100 árboles que cada año se regenera de forma natural a un ritmo equivalente a 10 nuevos árboles (es decir, que cada uno de los 100 árboles crece a un ritmo de 0,1 árbol al año). Una empresa que venda los árboles de ese bosque fijará el precio en función de sus costes y de sus competidores. Supongamos por un momento que ese método de fijar precio le lleva a establecerlo en un nivel tal que hay 20 personas interesadas en comprar árboles. En ese caso, la demanda anual de árboles estará superando la capacidad de regeneración del bosque y el bosque terminaría desapareciendo. Por lo tanto, lo que tendríamos que hacer es subir el precio (con un impuesto pigouviano) para que hubiera menos gente dispuesta a comprar árboles, hasta ajustar el nivel de demanda a 10 árboles anuales. Eso si nuestro objetivo es simplemente conservar el nivel de masa forestal de ese momento. Si quisiéramos aumentar el nivel de ambición para, no solo mantener, sino hacer crecer el bosque, el precio y el impuesto pigouviano deberían ser incluso superiores. Ese impuesto pigouviano refleja el impacto asociado a cada árbol que se tala y podría constituir un proxy adecuado para su monetización. Podrían existir otras formas de asignar un valor monetario a los árboles como, por ejemplo, cuantificar el excedente del consumidor que genera entre aquellas personas que los compran por el beneficio social que les produce. No obstante, esas otras formas de cuantificar no te aseguran el cumplimiento de un objetivo que, en este caso, era el de preservar (o regenerar) el bosque. En definitiva, la metodología de valoración de los impactos debe definirse en función del objetivo de lo que se pretenda conseguir. En este ejemplo, calcular el impacto de acuerdo con el excedente del consumidor sería válido si quisiéramos maximizar el bienestar social, pero inadecuado si el objetivo es asegurar la protección del bosque. Para los amantes de las matemáticas, si quisiéramos compatibilizar los dos objetivos (maximizar el valor social y preservar el bosque) lo que tendríamos es un sistema de ecuaciones.
  5. La medición de impacto debe contemplar todos los posibles efectos: quemar combustibles fósiles es bueno para la lucha contra el cambio climático. Al menos esta sería la conclusión si solo tuviéramos en cuenta que las emisiones de dióxido de azufre y otros productos que forman aerosoles (asociadas a los combustibles fósiles) contribuyen a reflejar la luz solar y enfriar ligeramente la Tierra. Este efecto puede haber reducido aproximadamente en 0,4 ºC el nivel de calentamiento global que estamos experimentando precisamente por quemar combustibles fósiles. Una lástima que la quema de combustibles fósiles también provoque la emisión de gases de efecto invernadero, cuyo efecto en la temperatura global puede haber superado los 1,5 ºC. Además, el dióxido de azufre contribuye también a la lluvia ácida y tiene efectos severos sobre la salud humana en términos de enfermedades cardiacas y respiratorias. Cuando se mide el impacto de algo, se tienen que considerar todos sus posibles efectos con especial atención de no dejar de lado aquellos que puedan resultar más significativos. En caso contrario, corremos el riesgo de llegar a una conclusión incorrecta, como que quemar combustibles fósiles es bueno. A veces es más fácil decirlo que hacerlo porque a menudo los impactos presentan spillover effects difíciles de identificar y que pueden ser relevantes. Por eso, la fase de identificación de los efectos puede ser tan importante como la de cuantificación y monetización.
  6. Pero, sobre todo, la medición de impacto se tiene que hacer y usar: Harvard Business School solo ha sido capaz de identificar 56 compañías que publican informes que, a su juicio y con criterios estrictamente técnicos, se pueden considerar informes de impacto. El ejercicio seguramente no haya sido exhaustivo y tengo plena certeza de que hay alguna empresa que ha pasado inadvertida, pero lo cierto es que la medición de impacto está lejos de ser una práctica extendida entre las organizaciones (al menos de una forma rigurosa técnicamente), a pesar de la demanda creciente del regulador, el mercado de capitales y el conjunto de grupos de interés. Al igual que un niño aprende a andar andando y a hablar hablando, la única forma de aprender a medir bien el impacto es midiéndolo. Esto es lo que nos llevará a identificar y corregir las carencias en las metodologías, desarrollar modelos matemáticos, crear nuevos proxies y factores de conversión, incorporarlo en la gestión y los cuadros de mando de las empresas y, en definitiva, hacer que nuestra película se parezca un poco más a Avatar y menos a Money for Nothing. Es un cometido que no puede estar confinado al ámbito académico o intelectual, sino que necesita de las empresas para que los resultados sean realmente prácticos y aplicables. Por lo tanto, necesitamos empresas con la voluntad de querer transformar los procesos, los productos y los mercados mediante la incorporación de un enfoque científico y sostenible que ayude a determinar el valor de una actividad.

 

La lucha contra el cambio climático, la preservación de la biodiversidad, el aseguramiento del suministro de materias primas clave para la actividad humana, la salvaguarda de los derechos sociales o la promoción del bienestar y salud de las personas dependen de incorporar este enfoque científico en la gestión de las empresas, que se base en la medición real del valor y los impactos.


Alberto Muelas es director de Negocio Sostenible en Kreab

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