Opinión

No es nostalgia de otro tiempo (pero sí de otro espacio)

Hay quien mira hacia atrás para buscar en la historia una vida ideal. No obstante, ¿no buscan en realidad una existencia menos hiperconectada y más tangible?

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06
Mar
2023

La nostalgia y su legitimidad han sido algunos de los temas más debatidos en los últimos años. En los extremos, unos defienden la incontestabilidad del progreso y blanden datos que lo confirman. Steven Pinker, Johan Norberg o Hans Rosling han publicado libros y papers asegurando no que vivamos en el mejor de los mundos posibles, pero sí en uno mejor que los que dejamos atrás, con sus plagas y sus pandemias sin vacunas, con sus cirugías sin anestesia.

En el otro lado, han aparecido nostálgicos políticos, autores y pensadores con hipersensibilidad a una decadencia que ven por doquier; figuras que han condenado nuestra época y han rebuscado en el pasado las retropías por las que conviene luchar. «¿Qué tenéis contra la nostalgia, eh? Es lo único que nos queda a los que no creemos en el futuro. ¡Lo único!», dramatizaba en un monólogo Romano, uno de los personajes de La gran belleza, película que giraba en torno de esa denuncia de decadencia esteticista tan habitual hoy.

En medio de ambas posiciones está una mayoría, perdida en el pesimismo epocal propio de nuestros días, pero aún resistiéndose a considerar muerta la idea de progreso o a dar por imposible la construcción de nuevos horizontes promisorios. ¿Realmente añoran tantos otros tiempos? Cuesta creerlo, siendo como es la historia un repositorio de sufrimiento, penurias y dolor.

«Cuesta creer que tantos añoren otros tiempos, siendo como es la historia un repositorio de sufrimiento, penurias y dolor»

Pasteur, entre los muchos ejemplos que pueden exponerse, no encontró el impulso para su método revolucionario en ninguna beca ni en ninguna oportunidad financiera de alguna empresa, sino en las muertes prematuras de tres de sus hijos, que le hicieron rebelarse contra un destino aciago. Si se hace con verdad, mirar atrás es mirar el horror. Dos lecturas recomendables para no olvidarlo son De matasanos a cirujanos. Joseph Lister y la revolución que transformó el truculento mundo de la medicina victoriana, de Lindsey Fitzharris, y El arte del bisturí. La historia de la cirugía a través de 29 operaciones célebres, de Arnold Van de Laar.

Claro está que quien mira al pasado con ojos vidriosos de melancolía no abjura de la ciencia y la tecnología que nos ha procurado bienestar, comodidad o, al menos, mitigación del dolor físico cuando ya no cabe más que pedir eso. Pero hay algo tramposo en mirar atrás y hacer un cherry picking de aquello que sí se querría conservar y descartar el resto: la casa de los abuelos sí, pero el machismo, no; la estabilidad laboral sí, la homosexualidad en el armario, no. Como si las épocas no fueran un todo. Sin embargo, hay en esa mirada hacia el pasado un impulso que no se debe despachar a la ligera, pues nos dice algo de un anhelo presente que yo, cada día más, sospecho que no es por otro tiempo, sino por otro espacio. En un mundo hiperconectado, complejo, donde el día a día ha perdido apariencia analógica y se ha integrado en la inmaterialidad de lo digital; en el que se ha pasado de economías locales en las que se conocía y presenciaba el proceso productivo casi al completo, a cadenas de valor internacionales en las que todo queda demasiado lejos. Tenemos más productos y mejores que antes, pero no el sentido que adquirían ante nosotros en una economía a la vista. 

Es el proceso de pérdida de sentido que reveló el sociólogo Richard Sennet en La corrosión del carácter, su libro de la década de los noventa en el que analizaba la transformación de las tiendas artesanas de su barrio de infancia en comercios estandarizados de venta. No es nostalgia de ninguna materialidad perdida de otro tiempo, sino de sentido y, por tanto, de otro espacio. Un matiz importante a la hora de volver a pensar nuestros pueblos, ciudades y relaciones comerciales y socioeconómicas ahora que el antropoceno nos impulsa a ello. 

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