Opinión

Por qué no leer

Algunos autores defienden la lectura como un medio en el que adentrarse en el mundo situado más allá de nuestras fronteras. Pero ¿debemos tomarnos la ficción escrita como un medio para alcanzar la virtud o como un fin con el que disfrutar?

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03
Ene
2023
leer
‘Bodegón con tarro blanco, naranja y libro’ (1932-1933), por Vilhelm Lundstrøm.

«Muchos estudios han demostrado que la lectura de obras de ficción literaria –a diferencia de la no ficción o la ficción pop– aumenta la empatía y la inteligencia emocional», escribía la periodista Jemima Kelly en su columna del Financial Times. Y añadía: «Esto se debe a que el lector está expuesto a un abanico de experiencias y culturas mucho más amplio que el que encontraría en la vida real, lo que le ayuda a comprender que otras personas tienen creencias, deseos y perspectivas que difieren, a veces mucho, de las suyas». La autora recomienda leer más novelas para acabar con la polarización: «En un mundo tan plagado de políticas polarizadas, todo lo que pueda contribuir a construir visiones del mundo más complejas y matizadas debe ser bienvenido».

Supongo que tiene razón, aunque al mismo tiempo me molesta su visión de la ficción como un «deber emocional»: venga, un capítulo de una novela esta noche para mejorar la inteligencia emocional. O casi como un deber cívico. Cuando uno lee una novela para «culturizarse» o cuando lo hace para, como dice Kelly, «comprender que otras personas tienen creencias, deseos y perspectivas» diferentes, está viendo la lectura como un medio, no como un fin. 

En 2022 he leído poco por placer. He escrito un libro y todo lo que he leído, aunque no tuviera nada que ver, lo he hecho pensando en él. Ahora que lo he entregado, he redescubierto la lectura por placer. Y claro que de algún modo me busco a mí mismo en lo que leo, busco historias relatables, como dicen los anglosajones. Y por supuesto que a veces me ayuda la ficción: uno puede descubrir que ese problema personal que considera único e intransferible es en realidad bastante universal.

«Me encuentro con gente que confiesa como un pecado el hecho de no leer»

Ese descubrimiento tiene un efecto terapéutico, pero ¿iba buscando eso? Es decir, ¿mi objetivo inicial era encontrar esa enseñanza? No. Es un efecto secundario. Para mejorar mi salud mental, relativizar mis problemas o reducir mi ansiedad ya voy al psicólogo. 

No sé por qué nos acompleja admitir que no leemos. Me encuentro con gente no lectora que me lo confiesa como un pecado y, sin embargo, a nadie se le ocurriría confesar con esa misma vergüenza que no le gusta la pesca submarina, la escalada o las series de Netflix. Y no es que esté comparando esas cosas; es solo que hay algunos lectores que defienden la lectura como si estuvieran hablando de las virtudes de comer fruta o ir al gimnasio.

Cuando un lector defiende la lectura con argumentos así de utilitarios o con aquellos usados por Jemima Kelly, tengo la sensación de que no disfruta realmente de la lectura, que la considera un esfuerzo como ponerse a dieta. 

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