Sociedad

La generación perdida: esperanzas olvidadas del siglo pasado

Al igual que ocurre ahora, los adultos de hace un siglo no entendían a los jóvenes. Una encuesta de ‘El Sol’ intentó desvelar qué les preocupaba y cómo veían el mundo, una llave que ahora nos ayuda no solo a comprender el pasado, sino la construcción del futuro.

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09
Ene
2023
jóvenes
‘Love of Winter’ (1914), por George Wesley Bellows.

 A los adultos de hace 100 años les preocupaban bastante los jóvenes. Sus quejas eran, de un modo fascinante, no muy diferentes de las que también se hacían con respecto a la juventud hace una década, como si los veinteañeros de la década de 1920 hubiesen sido una suerte de millennials avant la lettre: les inquietaba que fuesen demasiado despreocupados, que estuvieran demasiado centrados en divertirse, que fueran demasiado superficiales y que estuvieran demasiado poco interesados en la política.

Aquellos años se irguieron como un periodo de profundos cambios sociales. Para muestra, un sencillo ejemplo: durante la década, las mujeres entraban en las peluquerías con sus «moños de siempre» y salían con el pelo a lo garçon. Un peinado de moda puede parecer algo un tanto frívolo para entender un tiempo, pero para los cronistas de la prensa era uno de tantos ejemplos de que el mundo como lo conocían estaba acabando (lo que, en líneas generales, no gustaba), lo que significaba que otro iba a ocupar su lugar y que sería necesario entenderlo.

La periodista Magda Donato se fue a recorrer España en 1930 para entender cómo eran ahora las mujeres españolas, algo que contó en una serie de crónicas. El Sol, entonces una publicación intelectual e influyente, también intentaba desvelar entonces cómo era la juventud con una ambiciosa encuesta. 

Aquellos años fueron un periodo de profundos cambios sociales, como demuestran trivialidades como el peinado a lo ‘garçon’

En octubre de 1929, el diario pidió a los jóvenes españoles que respondieran a un cuestionario y lo mandaran a su redacción. Les preguntaban por temas tan trascendentales como el amor, el trabajo, la religión, la política, el deporte o España. Por supuesto, teniendo en cuenta la época de eclosión feminista, también se les preguntaba por «la cuestión femenina». Era un cuestionario complejo, si bien los lectores se apresuraron a cumplimentarlo: «Las respuestas son muy numerosas –1.326– y, en general, de gran extensión», publicaba en diciembre el diario, indicando que a leerlas «están dedicadas estos días muchas personas». 

Durante unos cuantos meses, el periódico fue publicando una selección de estos testimonios, que despertaron la curiosidad de sus contemporáneos y que constituyen, hoy, una ventana abierta para comprender el pasado. «Cuando dentro de cien años y un día se reconstruya la historia, es indudable que en la proyección del panorama espiritual del momento se dibujará, bien valorizado su relieve, la oportuna encuesta de El Sol», valoraba la periodista María Luz Morales, aunque lamentaba que no hubiese más respuestas de lectoras. 

No estaba equivocada: un historiador, Juan Francisco Fuentes, tropezó en las hemerotecas con estos testimonios y los usaba en sus clases en la universidad. Ahora, de hecho, los ha convertido en un libro –La generación perdida: Una encuesta sobre la juventud de 1929– que captura a esos jóvenes modernos de hace 100 años y permite descubrir sus ilusiones, sus opiniones y su visión de futuro. Como bien avanza el título, se trata de una lectura agridulce: la de una generación optimista y rabiosamente comprometida con los avances que acabará teniendo una trayectoria completamente diferente a la esperada. 

En 1929, sin saber cómo sería el futuro y a pesar de lo que había pasado ya (el crack de la bolsa o la dictadura española de la década pasada), los jóvenes tenían, en general, grandes esperanzas. «De nuestro tiempo me agrada todo, por eso si me hubieran pedido mi opinión no habría deseado nacer en otro tiempo», asegura Corina, funcionaria y estudiante de Derecho. Fuentes ha buscado en archivos y hemerotecas a las personas que firman las cartas que publicó El Sol para descubrir cómo fue su futuro. Las suertes son diversas, abarcando la horquilla de lo que ocurriría en España durante y tras la Guerra Civil: hay quien –algunos pese a proclamar su compromiso con la izquierda– acabará en el bando franquista, quien partirá al exilio o quien acabará siendo represaliado. 

Fuentes ha logrado descubrir quién era una de las 27 mujeres que se identificaron como tal en la firma de sus cartas –77 textos «no consignan sexo»–, M.U., y su historia es bastante paradigmática: con un carácter optimista y renovador, Matilde Ucelay escribía que «conviene que la mujer trabaje aspirando a una independencia». Ella misma se convertirá en la primera arquitecta titulada de la historia de España, aunque no le servirá de mucho: la guerra y la depuración franquista truncarán durante años su carrera. 

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