Sociedad

«La felicidad no es una sucesión ininterrumpida de sensaciones placenteras»

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30
Dic
2022
Matthieu Ricard

De biólogo molecular en el Instituto Pasteur de París a monje budista en el Himalaya. La historia de Matthieu Ricard es una de búsqueda de la paz interior, retiros de meditación, enseñanzas de los grandes maestros tibetanos, viajes por todo el mundo y una amistad y larga colaboración con el Dalai Lama. Por eso acaba de publicar en España ‘Memorias de un monje budista’ (Arpa), el relato de una vida sencilla y, a la vez, extraordinaria, sin ataduras materiales ni geográficas. Unas memorias fascinantes y enriquecedoras sobre las que reflexiona en esta conversación con Ethic.


Decenas de medios de todo el mundo le han calificado como «el hombre más feliz del mundo». Incluso hay un estudio de la Academia Nacional de Ciencias de EEUU que así lo constata. Pero usted huye del término. ¿Por qué?

Es simple sentido común. Piénselo durante 30 segundos: ¿cómo podríamos conocer el nivel de felicidad de 8.000 millones de personas? Es evidente que no tiene sentido. Para poner en contexto, alrededor de 2005, la televisión australiana ABC realizó un documental sobre la felicidad. Habían venido a grabar la investigación en Madison, cuando yo estaba en el laboratorio de Richard Davidson, y luego vinieron a Nepal. En una de las últimas secuencias se me veía bajar de las montañas por un pequeño sendero, mientras el comentarista decía: «¿Quizá estemos ante el hombre más feliz del mundo?». Y así fue… durante un tiempo. Pero un día, un periodista inglés que había visto el documental publicó el siguiente titular: «¿El hombre más feliz del mundo?». A partir de ese momento, no tuve ningún control sobre los acontecimientos. En Madison, Davidson y Lutz acababan de terminar una investigación que demostraba que los practicantes experimentados que se dedican a la meditación de compasión generan oscilaciones de frecuencia gamma de una intensidad que nunca se había descrito en neurociencia. Yo fui uno de los 15 meditadores a largo plazo que participaron en esta investigación y mostraron resultados similares. Una de las zonas activadas durante esta meditación también está asociada a las emociones positivas: eso es todo lo que necesitaron los periodistas para declarar que habíamos encontrado al hombre más feliz del mundo. Comuniqué mi vergüenza a mis amigos científicos e hice todo lo posible por corregir esta exageración. Pero no sirvió de nada. Ahora intento tomarme este rumor con filosofía y aprender de él una lección de humildad. Es muy bonito, pero absurdo.

«Los individuos que centran su vida en la riqueza están menos satisfechos con su vida»

¿Existe un secreto para la felicidad?

No. Muchos filósofos, psicólogos y científicos han estudiado la cuestión. Yo mismo escribí un libro de 300 páginas para hacer balance y definir qué es la auténtica felicidad. El sentimiento de plenitud, o eudaimonia de los griegos, es el resultado de un proceso que consiste en cultivar un cierto número de cualidades humanas fundamentales –altruismo, compasión, fortaleza, libertad interior, serenidad y algunas otras– que juntas constituyen una forma de ser. Por tanto, la verdadera felicidad no debe confundirse con la búsqueda de una sucesión ininterrumpida de sensaciones placenteras, que más bien sería una receta para el agotamiento. La felicidad es una forma de ser óptima y sostenible que nos proporciona los recursos internos para gestionar los altibajos de la vida. En esencia, se trata de convertirse en un ser humano mejor para servir mejor a los demás.

Para usted, ¿el secreto de la felicidad va más allá de lo material?

¿No es obvio? Podemos ser terriblemente infelices en un pequeño paraíso y seguir siendo felices en la adversidad. Aunque hay que hacer todo lo posible por abordar la desigualdad, la pobreza dentro de la riqueza, la opresión o la discriminación, nuestro control sobre las condiciones externas es limitado, efímero y a menudo ilusorio. Tratamos con nuestra mente de la mañana a la noche y puede ser nuestra mejor amiga o nuestra peor enemiga. Es ella la que traduce las circunstancias externas en bienestar o infelicidad. Por lo tanto, no debemos subestimar la importancia de transformar la mente, sin descuidar la mejora de las condiciones externas.

Vive la mayor parte del tiempo apartado del mundo, en la localidad tibetana de Namobuddha. ¿Cómo se ve la guerra en Ucrania, la inflación, el cambio climático y el mundo en general desde esa distancia?

Pasé años de retiro en solitario, pero fue un entrenamiento excelente para servir a los demás. Hoy, la organización humanitaria que fundé en 2000, Karuna-Shechen, ayuda cada año a casi 400.000 personas en India, Nepal y Tíbet en los ámbitos de la pobreza extrema, la sanidad y la educación. Le dedico todos mis ingresos y gran parte de mi tiempo. Me mantengo al tanto de la actualidad mundial escuchando todos los días la BBC World Service. El cambio climático es posiblemente el mayor reto del siglo XXI, pero los políticos se resisten a actuar porque exigiría medidas drásticas que no serían populares en las urnas. Por desgracia, no se escucha lo suficiente a los científicos. En cuanto a la invasión de Ucrania, es una barbaridad que ya no creíamos posible en nuestra época. Tanto sufrimiento innecesario debido al orgullo de un potentado.

«La inteligencia, la creatividad y el conocimiento no tienen relación directa con la felicidad»

Ahora que menciona el medio ambiente. La percepción occidental del consumismo y la extracción de recursos naturales casi infinita, contrapone con la concepción budista de lo material. ¿Deberíamos aprender de esta filosofía para tratar de salvar el medio ambiente?

Sí, claro, pero no solo budista. Muchos investigadores respetables dicen exactamente lo mismo. El psicólogo estadounidense Tim Kasser y sus colegas de la Universidad de Rochester han advertido sobre el alto coste de los valores materialistas. En estudios realizados a lo largo de unos 20 años, han demostrado que, en una muestra representativa de la población, los individuos que centran su vida en la riqueza, la imagen, el estatus social y otros valores materialistas promovidos por la sociedad de consumo están menos satisfechos con su vida. Son egocéntricos, prefieren la competencia a la cooperación, contribuyen menos al interés general y se preocupan menos por las cuestiones ecológicas. Sus vínculos sociales se debilitan y, aunque tienen muchos conocidos, tienen menos amigos de verdad. Muestran menos empatía y compasión por los que sufren y tienden a instrumentalizar a los demás según sus intereses. Paradójicamente, están menos sanos que el resto de la población. Este consumismo inmoderado está estrechamente ligado a un egocentrismo excesivo. Por otra parte, los científicos nos dicen que debemos cambiar considerablemente nuestro estilo de vida si no queremos crear un inmenso sufrimiento a las generaciones futuras.

De biólogo molecular en el Instituto Pasteur de París a monje budista en el Himalaya. ¿Qué revelación le llevó a un cambio tan radical?

Nada radical. Cuando una fruta está madura, cae en la mano nada más tocarla. Antes de hacer un viaje de ida a principios de 1973, hice seis viajes de ida y vuelta a la India, donde había conocido a un gran maestro espiritual tibetano, Kangyur Rinpoche, en 1967. Tuve la suerte de encontrarme en mi adolescencia con un gran número de personas extraordinarias: escritores, filósofos, artistas, exploradores, etcétera.

«¿Por qué ‘dejarlo todo’? Lo importante es elegir una dirección, determinar prioridades en la vida que tengan sentido»

Por muy esclarecedores que fueran estos encuentros, me desconcertaba el hecho de que no pareciera haber ninguna correlación entre el genio particular de estos individuos y el hecho de que se comportaran como seres humanos fundamentalmente buenos. Por muy brillante que uno sea, la inteligencia, la creatividad y el conocimiento no parecen tener relación directa con la benevolencia o la malevolencia, la felicidad o la infelicidad. Había filósofos simpáticos y cálidos, otros execrables; lo mismo ocurría con los músicos, los jardineros, los eruditos y los carpinteros. Todo iba a cambiar con el encuentro de Kangyur Rinpoche: su calidad de ser me mostró lo que hay al final de un camino de transformación de la desorientación a la sabiduría, del sufrimiento a la liberación y del egocentrismo a la bondad incondicional. Por fin había encontrado una dirección que inspiraría el resto de mi vida.

En la actualidad hay mucha gente –especialmente las generaciones jóvenes– que tiene ganas de dejarlo todo y cambiar de vida. Es lo que se llama La Gran Renuncia. ¿Invitaría a esta gente a renunciar a todo y buscar una nueva inspiración?

¿Por qué «dejarlo todo»? Lo importante es elegir una dirección, determinar prioridades en la vida que tengan sentido, y llevar a cabo poco a poco la doble consecución del bien de los demás y de nosotros mismos. Se trata, pues, de una cuestión de discernimiento, determinación, perseverancia y altruismo. Pero sí, es esencial definir lo que realmente nos importa en la vida.

En su libro afirma que con el paso de los años ha visto cosas que no tienen explicación científica: maestros que han logrado leer su mente o personas cuyos cuerpos, después de morir, han permanecido intactos y en posición sentada durante un largo período de tiempo. ¿Cómo explica un hombre de ciencia estas situaciones?

Un científico observa e informa de lo que ha observado, aunque no tenga explicación para ello en ese momento. Pero así es como progresan la ciencia y el conocimiento. Así que no tengo explicaciones que ofrecer, pero tampoco he soñado ni inventado historias. No intento convencer a nadie y solo informo de lo que he presenciado.

«No debemos subestimar la importancia de transformar la mente, sin descuidar la mejora de las condiciones externas»

¿Cree en los fenómenos paranormales?

En general, no. Principalmente, porque suelen ser burdos engaños que buscan explotar la vulnerabilidad y credulidad de la gente. Así que comprendo que algunas de las cosas que describo sean, cuando menos, sorprendentes. Pero todo lo que ocurre es, en última instancia, «normal». Como dijo Cicerón, y estoy parafraseando, no existe el milagro: o algo sucedió y debe haber una explicación; o no sucedió y, por tanto, no hay milagro. El budismo hace hincapié en el «conocimiento válido» y no en la creencia ciega.

¿Cuál ha sido la mayor enseñanza que ha obtenido en tantos años de budismo?

Que el altruismo y la compasión son los valores más preciados en una vida humana y que transformándose uno mismo para ser mejor ser humano, también puede contribuir a cambiar el mundo.

Usted ha sido traductor del Dalai Lama en varias ocasiones. ¿Qué es lo que más le impresiona de él?

Su perfecta transparencia y coherencia: es exactamente él mismo, con la misma benevolencia y sinceridad ante la persona que limpia el pasillo del hotel donde se aloja que ante un jefe de Estado. No tiene nada que ganar o perder personalmente y todo que dar y compartir. En esencia, es un corazón enorme.

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