Sociedad

El niño sobreprotegido

La infancia es una patria insondable. Por eso, la crianza representa un reto renovado en cada generación de padres. Y las preguntas se repiten. ¿Estamos sobreprotegiendo a los niños? ¿Debemos dejarles enfrentarse a las dificultades con libertad para que adquieran habilidades que solo se pueden desarrollar mediante la experiencia?

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21
Dic
2022

Desde hace varias décadas ha ido ganando terreno en el discurso público la tesis de que los niños de las nuevas generaciones están siendo malcriado, una idea que comenzó a cobrar fuerza con el intercambio de métodos entre pediatras en los años noventa, defendiendo algunos el apego y, otros, su contrario. ¿Se está criando adecuadamente a los niños de hoy? ¿Existen diferencias apreciables y científicas desde la educación en la familia de generaciones atrás respecto de las actuales? Es una cuestión ancestral.

La preocupación sobre el tándem educación-crianza queda actualizada en cada padre y en cada madre desde el origen de los tiempos para el homo sapiens. Por un lado, es evidente que un niño necesita vigilancia y protección para guiar la evolución de su desarrollo cognitivo y experimental. El proceso es simétrico al que nos enfrentamos cada día los adultos, con la diferencia de que poseemos una memoria infinitamente más nutrida de experiencias y costumbres que, adecuadas o no, sirven de punto de partida para nuestra desenvoltura.

Así lo defienden buena parte de los psicólogos infantiles y los especialistas en neurociencia: para que un niño desarrolle sus habilidades y su personalidad con aspiraciones de plenitud necesita un equilibrio entre cuidados y cierta libertad. Los niños requieren criarse en el seno de su núcleo familiar para poder llegar a relacionarse bien en otros contextos donde deberá convivir en solitario con otros niños, como es la escuela. En 1995, el libro Duérmete, niño, del pediatra Eduard Estivill y la escritora Sylvia de Béjar, se convirtió en un best-seller en España: proponía el método Estivill, que consiste en enseñar a los bebés a ser autosuficientes en su reclamo del contacto.

Es decir, cuando descubren que berreando no van a conseguir atención instantánea acaban por aceptar la situación, mejorando su sueño. Esta postura, que proviene de los métodos que el doctor Richard Ferber postuló en los años ochenta, fue ampliamente contestada por otros pediatras, siendo uno de los principales portavoces en el contexto hispánico el zaragozano Carlos González, autor de libros como Mi niño no come (1999) y Hablando de niños (2019), entre otros. Esta otra línea de enfoque propone que, desde el parto hasta la vida adulta, la afectividad en el seno familiar es imprescindible para el desarrollo de habilidades humanas como la empatía, el respeto a las normas desde la voluntad y la buena convivencia en cualquier ambiente.

Somos mamíferos, y se nota

Más allá de las conjeturas y las apreciaciones facultativas, la verdad, que es científica, es tozuda: los seres humanos somos mamíferos. Como especie miembro de este taxón nuestros cerebros están diseñados para tener pocas crías y protegerlas con fiereza de agresiones.

Los humanos presentamos el mismo instinto que el resto de animales cercanos a nosotros: necesitamos proteger a los hijos, igual que cuando somos niños precisamos sentirnos protegidos

Como puede observarse en los simios, especies animales que pertenecen al mismo orden que nosotros, los adultos dejan, por un lado, que las crías desarrollen su propia percepción del mundo y el estar en conjunto con libertad, dentro de un territorio, de unos contextos y de unos desafíos. Aquellos que les pueden resultar más difíciles, como las habilidades para conseguir alimento por su cuenta, deben ser enseñadas por el espécimen adulto. Ante una agresión o un peligro, las crías se refugian junto al adulto, y este último, normalmente, suele ser especialmente vehemente en la defensa del joven.

Los humanos poseemos el mismo instinto por muchas manos de cultura con las que pintemos nuestras inclinaciones naturales. En pocas palabras, necesitamos proteger a los hijos, igual que cuando somos niños precisamos sentirnos protegidos: el proceso de aprendizaje, que no cesa en ningún momento de la existencia humana, debe iniciarse desde bebé.

Una familia cuidadosa y un entorno escolar atento aporta el equilibrio ideal para el bienestar infantil

Estudios como el del neurólogo y psicólogo Allan N. Schore revelan que los niños que en sus dos primeros años de vida no han satisfecho sus necesidades naturales de atención y afecto adquieren patrones de conducta equivalentes a los del estrés postraumático en adultos. Otro trabajo científico esclarecedor es el que relaciona cambios neurobiológicos relevantes en el cerebro de aquellos adultos que vivieron traumas en la infancia (de múltiples grados y contextos), publicado por el psiquiatra Ulrich Sachsse.

El afecto, las atenciones, el juego y la comunicación en el seno de la familia resulta imperativa para un desarrollo adecuado de la sociabilidad y de la afectividad en los niños. Pero, además, también lo es el contacto con otros niños en la escuela, lejos de las normas del hogar y del control parental. Como sostienen los especialistas, es importante que los niños aprendan a interrelacionarse, tejer amistades y enfrentar desafíos propios de la convivencia bajo nuevas normas y una comunidad más amplia.

La convergencia de una familia cuidadosa y afectuosa y un entorno escolar con unos maestros atentos a la evolución de sus alumnos propicia un equilibrio ideal para el bienestar infantil, la corrección de posibles traumas presentes y futuros y de aquellos vicios del carácter que puedan manifestarse temprano. La escuela equivale, en consecuencia, al contexto grupal en otros mamíferos.

Malcriados, ¿sí o no?

Pero la cuestión que preocupa a muchos padres es si al consentir caprichos a sus hijos los están malcriando. Esta es, quizá, el debate más antiguo sobre educación que conocemos, patente en casi todas las culturas desarrolladas de las que tenemos constancia documental. Algunas tribus y grupos étnicos, como la comuna israelí Kibutz o los Kipsigis en Kenia, tienen por costumbre milenaria la crianza en el seno de la comunidad.

Antropólogos de todo el mundo llevan desde los años cincuenta apreciando mejoras en este sistema, que favorece un autoaprendizaje regulado y un desarrollo precoz de habilidades como aprender a caminar, a hablar o las destrezas complejas. Ensayos como ¿Dónde está mi tribu?, de Carolina del Olmo, proponen la posibilidad de introducir esta forma de educación en la sociedad occidental de nuestro siglo.

Exponer a los niños a la diversidad en la medida en que sea posible es clave para que puedan desarrollar un buen juicio que sofistique su voluntad

Sin embargo, este método es efectivo en comunidades pequeñas, donde todos los miembros se conocen entre sí y se poseen unas normas de convivencia tan libres como estrechas. Alfonso Aguiló, en Educar el carácter, atinó a la importancia de este rasgo de la educación muchas veces ignorado. Curtir el carácter implica abandonar el deseo banal o, al menos, refinarlo. Para lograrlo es necesaria la renuncia: ceder a la voluntad de los niños en exceso es contraproducente, al igual que imponerles un criterio hermético. La clave de una correcta crianza equivaldría al aristotélico «justo medio», donde los padres deben aprender del carácter de sus hijos y del contexto social en el que se encuentran.

Además, exponer a los niños a la diversidad en la medida en que cada familia le sea posible garantizarla es clave para que puedan desarrollar un buen juicio que sofistique su voluntad. Por ejemplo, en las familias donde se cocinan diversos productos en diferentes platos y sabores se entrena el criterio del gusto. La exposición a la diversidad, lejos de ser negativa, es multiplicadora en el correcto desarrollo de los niños, siempre y cuando no se convierta en una cesión constante a la voluntad del pequeño.

Para evitar frustraciones futuras, cuando en la adolescencia y en la vida adulta la mano salvadora de los padres no esté ahí, los niños deben enfrentarse a los obstáculos lo más en soledad posible

Otra línea de especialistas y gurús propone, en cambio, que precisamente al vivir un contexto de amplitud material e informativa como es la era de internet los niños están siendo malcriados muy habitualmente: tienen lo que quieren, cuando lo quieren y como lo quieren. En cierta medida asiste en esta línea el ensayo Hiperpaternidad, de la periodista Eva Millet, que señala lo que la autora considera una evidente falta de decisión propia de los niños, acostumbrados a recibir ayuda en cuanto se enfrentan a un obstáculo.

El modelo de la hiperpaternidad, proveniente de los Estados Unidos, donde los padres monitorizan constantemente las actividades de sus hijos, sería el culpable de que aprendizajes básicos como atarse los zapatos o levantarse del suelo por sí mismos cuando apenas han comenzado a aprender a caminar se estén retrasando. Para evitar frustraciones futuras, cuando en la adolescencia y en la vida adulta la mano salvadora de los padres no esté ahí, deben enfrentarse a los obstáculos lo más en soledad posible. No obstante, un enfrentamiento al problema en soledad, incluso cuando es exitoso, puede provocar trauma, como sucede frecuentemente en los adultos.

Como antaño, no queda claro si estamos o no malcriando a nuestros hijos porque la situación depende de la forma de ser de cada uno y de la manera de enfocar la crianza de cada progenitor. Sí está confirmado científicamente que los niños deben combinar una autonomía en sus desafíos vigilada por adultos que protejan a los pequeños de incidentes y, si fuera necesario, les ayuden a superar los obstáculos que proporciona la vida. Ninguno de nosotros hemos nacido para transitar los días bajo el manto de la infelicidad. Solo siendo amables y protectores no ya hacia nuestros niños, sino entre todos nosotros, podemos espantar a los monstruos que amenazan nuestro bienestar.

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