Sociedad

Cómo ser feliz en la tercera edad

La senectud gana terreno en los países desarrollados: sólo en 2022, el envejecimiento se ha disparado un 133,5% en España, según el INE. Aunque no hay una fórmula perfecta, reforzar el Estado del bienestar es una de las medidas esenciales.

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23
Dic
2022
tercera edad

«Imita a tus padres y a tus ancestros, pues uno se sirve exitosamente de sus conocimientos. Mira, sus palabras permanecieron en los libros. Ábrelos, debes leer e imitar sus conocimientos, pues se llega a ser un experto gracias al maestro». Si las Enseñanzas para Merikara, a las que pertenece el fragmento, han resistido la agresividad del tiempo y la indolencia de la historia es por un afán que aún hoy demuestra su popularidad: preservar los bienes que consideramos valiosos. El egipcio, como la mayoría de pueblos de la antigüedad, consideraba valioso el poder propio de la ancianidad. No es el único: ahí está el rol de los ancianos, sabios o trabajadores analfabetos, en la mitología china o japonesa; Homero, de hecho, nos cuenta en la Ilíada cómo los aqueos escuchaban el consejo del anciano rey Néstor, que contaba con aproximadamente 80 años. 

El envejecimiento progresivo de la sociedad del primer mundo parece imparable: según el INE, en 2022 el envejecimiento se ha disparado un 133,5% (o lo que es lo mismo: se contabilizan hoy 133 personas de más de 64 años por cada 100 menor de dieciséis). En 2030, de hecho, se espera que los mayores de 65 años sumen el 26% del total poblacional. Crisis de la natalidad o crisis de longevidad, el verdadero obstáculo reside en cómo está organizado el Estado social que todavía preside la mayoría de países de Europa. ¿Cómo debe adaptarse la sociedad al paradigma de una senectud creciente?

Un modelo diseñado a largo plazo

Existe un malentendido con el llamado Estado del bienestar. Un modelo de impuestos, cotizaciones y economía de libre mercado requiere alcanzar dos niveles: uno, un conjunto de servicios sociales, como la facilidad de acceso a la educación superior o el desempleo que ofrezcan empleo de calidad a la población; dos, un equilibrio entre la población dependiente del Estado (entre ellos, los jubilados) y quienes lo sostienen mediante la contribución de su actividad económica. Es decir, que el Estado del bienestar está configurado para unos movimientos demográficos internos, lentos y muy equilibrados. Este modelo, que en sí mismo representa un triunfo organizativo indudable en la historia de la humanidad, sólo funciona a largo plazo, cuando los altibajos entre la población activa y la población pasiva se equilibran a tiempo vista.

Hoy se contabilizan 133 personas de más de 64 años por cada 100 personas menores de 16 años

La sociedad envejecida y la crisis de la natalidad tienen que ver, desde un punto de vista matemático y científico, con un periodo en el que se alcanzará un pico absoluto, dando lugar a una bajada. Se trata de un equilibrio sinusoidal donde cada intervalo se acorta y la amplitud de la onda se reduce. La población que ahora está alcanzado el umbral de los 65 años de edad en Europa procede de la generación del baby boom: consecuencia de la posguerra y de un pujante crecimiento económico, la natalidad aumentó de manera abrumadora entre 1946 y 1964.

Estos nacimientos son la consecuencia de otra forma de hacer sociedad, basada en Estados no sociales y un planteamiento que orbitaba en torno al Estado-nación y la conflictividad bélica. A partir de ese momento, y al coincidir con la propia implantación del Estado social, la natalidad ha ido descendiendo paulatinamente, algo perceptible con cada nueva generación. La incorporación creciente de la mujer al ámbito laboral, el loable esfuerzo desde el feminismo y el acceso a una educación superior y un mercado de trabajo más amplio, sin barreras nacionales, constituyen nuevos objetivos más allá de la vida en pareja, la crianza y la constitución de una familia propia. No se trata tanto de egoísmo como de una promesa de prosperidad en perspectiva. Por ejemplo, en España, la tasa de natalidad sobre 1.000 habitantes era de 21,7 en 1960, de 10,32 en 1990 y de 7,19 en 2020. En un modelo donde el trabajo y sus aspiraciones son parte imprescindible de la vida de hombres y de mujeres, la tenencia de múltiples hijos se hace insostenible.

¿Cómo debe gestionar la sociedad la llegada a la edad de jubilación de una masa de población mucho mayor que su reemplazo proporcional? En principio, redoblando sus esfuerzos en mantener los derechos humanos y el Estado socialComo sostienen numerosos expertos, el cuidado de nuestros ancianos debe ser prioritario tanto como deber ético como estructural. Debe invertirse en sanidad, en servicios sociales y en mecanismos que, escuchando tanto a profesionales de la geriatría como a la propia población anciana implicada, sean más favorables para su bienestar.

En equilibrio, el Estado debe olvidar la idea de la competición bélica –desde Erasmo y Leibniz hasta Kant, sin contar con decenas de filósofos y científicos desde la antigüedad, se han demostrado una y otra vez los estragos de la guerra– y centrarse, en cambio, en construir una diplomacia fuerte, en conservar la paz y en promover el entendimiento amistoso entre las diferentes culturas y países. Asimismo, el Estado debe intervenir en beneficio de su tejido industrial, que debería solidificar alrededor de la inversión nacional: cuanta más industria con salarios de calidad y equilibrio político interior y exterior, mayores serán los recursos de los que dispondrá el Estado para sostener su propio sistema de bienestar sin necesidad de tomar decisiones que amenacen una buena vida para sus ciudadanos, en concreto aquellos más mayores.

Algunos consejos para una vejez de calidad

La senectud es, probablemente, el periodo vital más difícil al que debe enfrentarse la persona que tiene la suerte de alcanzarlo con una cierta calidad en su salud. A diferencia de la niñez, donde nuestra estructura neuronal aún se está consolidando, y de la adolescencia, etapa de agitación e inseguridad en las decisiones, en la vejez el individuo suele ser ampliamente consciente de su decadencia. La menguada esperanza de vida, la agudización de las enfermedades crónicas (o la aparición de la algunas de ellas) y la cada vez mayor fragilidad física y psíquica conducen a los individuos en direcciones muy dispares, cada cual según su personalidad y sus circunstancias. Mientras unas personas resultan clínicamente propensas a sufrir trastornos depresivos, otros viven la senectud con un vitalismo reforzado.

Algunas recomendaciones incluyen trazar metas cotidianas realizables, atender las actividades que más nos satisfacen, cuidar el cuerpo y la mente

Cómo afrontar la ancianidad y sus desafíos ha sido una de las preocupaciones que los diversos eruditos han abarcado desde la antigüedad. Los estoicos, con Séneca a la cabeza, han legado una impronta valiosa en consejos para atender las necesidades que surgen en esta etapa de la vida. En sus Cartas a Lucilio, el cordobés hace referencia al temple con el que se afrontan los dolores y los sinsabores de la vejez. Antes, Marco Tulio Cicerón, en De senectute, escribió un hermoso elogio de la ancianidad: en él destacó la importancia de mantener el vigor y la virtud, entendida como excelencia moral y práctica, incluso cuando las fuerzas comienzan a fallar por el paso del tiempo. Como ejemplo excepcional para la época puso al político y militar Catón el Viejo: cuando contaba con una edad de más de 80 años, aún era capaz de discutir de temas candentes con los jóvenes.

Trazar metas cotidianas realizables, atender las actividades que más nos satisfacen, cuidar el cuerpo y la mente, eliminar las preocupaciones mediante ejercicios como la meditación y apostar por una vida serena y tranquila son algunas de las recomendaciones en las que los modernos psicólogos y los intelectuales de todos los tiempos coinciden. En nuestros días, donde todavía es accesible una lozana calidad de vida para los ancianos, cultivar la sociabilidad, hacer ejercicio suave y regular y viajar, si se tiene la suerte de poder hacerlo, son factores clave para mitigar el azote que proporciona la edad avanzada.

El contacto estrecho con los seres queridos resulta otro factor a destacar. Confucio, en sus Analectas, aboga por la piedad filial, concepto vertebral de su doctrina, que se vertebraría desde el individuo hasta el Estado: de hacerse plenamente realidad, los ancianos serían atendidos en sus necesidades materiales, intelectuales y espirituales (desde la familia, pero también desde las instituciones públicas). «En la vejez no hay ningún consuelo más hermoso que el de quien ha incorporado a toda la fuerza de su juventud unas obras, las cuales no envejecen», escribió Arthur Schopenhauer en su obra El arte de envejecer. Para aspirar a prosperar antes debemos esforzarnos en cuidar: cada anciano es nuestro reflejo futuro y cada acto en su favor, una promesa de bienestar.

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