Sociedad

El Rastro, territorio de hallazgos

Lo define a la perfección el escritor Andrés Trapiello: «al Rastro va la gente, aunque no lo sepa, a buscar su pasado». Pocas cosas resultan tan castizas, fascinantes y asombrosas como el mercado más antiguo de Madrid, que cada domingo visitan más de 100.000 personas.

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23
Nov
2022

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Pocas cosas resultan tan castizas, fascinantes y asombrosas como El Rastro madrileño. En sus 3.500 puestos uno encuentra quincalla, chamarilería, restos, cuadros, ropa, enseres, antigüedades, vinilos, baratijas, números sueltos de revistas y periódicos fuera de curso, sellos, monedas… Gómez de la Serna lo describía «ese sitio ameno y dramático, irresistible y grave que hay en los suburbios de toda ciudad».

Dice bien, porque en otros lugares se reproduce la magia abigarrada de este tipo de bazar público: Los Encantes, en Barcelona; el Waterlooplein, en Ámsterdam; Portobello, en Londres, y Porta Portese, en Roma. Pero «El Rastro es, sobre todo, más que un lugar de cosas, un lugar de imágenes y de asociaciones de ideas», según el forjador de greguerías.

Con la Plaza de Cascorro como epicentro –llamada así en honor al soldado Eloy Gonzalo, que ganó su fama al volar un polvorín ubicado en el pueblo del mismo nombre, en la Guerra de Cuba, y cuya escultura inauguró Alfonso XIII– este símbolo madrileño de gangas y oportunidades nació al amparo de las células reales de 1496, que permitieron crear mataderos en la zona, próximos al río y a las puertas de acceso de la ciudad. «Matadero viejo de la Villa», se llamó entonces.

En 1599 se prohibió la venta errante en toda la Villa: hay numerosa documentación que registra la pena de cárcel para los comerciantes que desatendieron el imperativo

Al arrastrar los cuerpos degollados de las reses hasta su punto de venta, el reguero de sangre dio origen al nombre. Sebastián de Covarrubias, en su fabuloso diccionario Tesoro de la lengua castellana, lo detalla como «el lugar donde matan los carneros… díxose Rastro porque los llevaban arrastrando, desde el corral a los palos donde los degüellan, y por el rastro que dexan se le dio este nombre al lugar». Es, por tanto, el mercado más antiguo de Madrid, al datar de la Edad Media.

Alrededor del matadero se fueron instalando distintos talleres de oficios: curtidores, zapateros, fabricantes de velas, tejedores, sastres, y las fábricas de salitre y tabaco. La zona iba creciendo tanto que tuvo que derribarse una manzana de edificios, conocida como «el tapón de El Rastro», frente a la actual calle Maldonadas. Desaparecieron las vías de El Cuervo y San Dámaso.

A finales del XVI, las principales arterias de la Plaza de Cascorro se fueron poblando de vendedores ambulantes que formaban improvisados baratillos (mercados públicos). Proliferaron de tal modo que en 1599 se prohibió la venta errante en toda la Villa. Hay numerosa documentación que registra la pena de cárcel para los comerciantes que desatendieron el imperativo, cuya aplicación fue, con el tiempo, abandonándose, hasta que los buhoneros de toda ralea volvieron a hacer suyas las calles aledañas a la plaza de Cascorro.

Durante la II República, la Sociedad de Vendedores pugnaba por erradicar El Rastro, al considerarlo un territorio muy poco controlado

En esos puestos callejeros podía encontrarse cualquier cosa que uno necesitara. Eso sí, para deambular por entre la mercancía, se hacía necesario «taparse bien las narices», como recoge Mesonero Romanos en Panorama Matritense, en 1835, por el fuerte olor que despedían los trabajos con la carne de los animales.

A principios del XX, a la mercancía tradicional (ropa usada, botones, muebles, calzado, bártulos y utensilios de toda naturaleza) se añadieron productos como desguace de automóviles,  herramientas y aperos de labranza. Incluso pornografía (postales o fotografías sicalípticas). En mayo de 1931, la prensa de la época recogía la venta en El Rastro de una berlina que había pertenecido a la infanta Isabel por 500 pesetas (un jornal diario de entonces rondaba las siete pesetas). Durante la II República se constituyó la Sociedad de Vendedores de la Vía Pública y la Sociedad de Vendedores en General, que pugnaba por erradicar El Rastro, al considerarlo un territorio más o menos anárquico y poco controlado. Pero mantuvo el tipo incluso en la Guerra Civil, donde los madrileños de uno u otro bando acudían para conseguir comida.

La apertura de la Galerías Piquer durante la década de los cincuenta revitalizó la zona, favoreciendo además la aparición de otras tiendas de antigüedades y almonedas. Su lozanía decayó sensiblemente al convertirse, durante los años ochenta, en punto de venta de droga, lo que deterioró su imagen. Pero también salió invicto del bache. A día de hoy, según datos del Ayuntamiento de la capital, más de 100.000 personas lo visitan cada domingo.

Despojado de su truculento origen, El Rastro ya no invita al  olor de la carne sino al del sinfín de objetos que podemos encontrar incluso sin saber que los necesitábamos. Al fin y al cabo, como dice Andrés Trapiello, «al Rastro va la gente, aunque no lo sepa, a buscar su pasado».

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