Cultura

«La política no puede tener la última palabra en la programación de un teatro»

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19
octubre
2022

En un mundo profesional en el que la juventud puede ser trascendental, Aitana Sánchez-Gijón (Roma, 1968) ha demostrado que la experiencia es un grado. Debutó como actriz antes de los 18, a los 29 años se convirtió en la primera directora de la Academia de Cine de España, ha pasado por los escenarios de teatros de todo el país, la televisión, la gran pantalla y ahora, con la gran revolución del mundo audiovisual, también por las plataformas (tanto de series y películas, como de audiolibros). La veterana artista acaba poner voz al libro póstumo de Almudena Grandes, ‘Todo va a mejorar’, disponible en Audible. «Soy de esas lectoras que corrían a la librería cada vez que publicaba un nuevo libro, así que te puedes imaginar lo que significa para mí dar voz a la última novela de Almudena», confiesa. 


La última película en la que ha trabajado, La jefa, pasó desapercibida cuando se estrenó en las salas de cine, pero cuando llegó a Netflix tuvo una gran repercusión. ¿Han cambiado las plataformas a la industria cinematográfica?

Las salas de cine están sufriendo progresivamente un abandono de su público, que empezó ya antes de la pandemia y se agravó después. Pero para mí es insustituible la experiencia de ver una película en una sala oscura, con gente que no conoces y compartiendo esa experiencia colectiva. Es cierto que una película como La Jefa ha tenido esta segunda oportunidad sorprendente, porque además hablamos de un alcance mundial. De este modo, se produce esta paradoja y esta situación que tiene su lado bueno y su lado negativo: a mayor auge de las plataformas, también menos gente va a las salas, así que es una alegría un poco amarga. Pero la cuestión es que se sigue consumiendo ficción, quizá más que nunca, y que las historias se siguen viendo de una u otra manera.

¿El futuro del cine va a depender de las plataformas? Más concretamente en nuestro país, ¿hacia dónde camina?

Ya es una realidad que el cine está ligado a las plataformas en su mayor parte. Pero espero que no sea la única vía, porque también las plataformas tienden a tirar de algoritmo y, a veces, a fabricar películas o series como mercancías de uso inmediato. Esperemos que dentro de toda esa vorágine siga existiendo esa independencia y un respeto hacia los autores y las autoras que cuentan sus historias.

«Lo que más perpleja me deja de esta era de los mensajes reduccionistas es cómo se utilizan las opiniones como armas arrojadizas»

Nunca ha tenido pelos en la lengua para hablar de ningún tema. Pero el panorama ha cambiado y las reacciones de la población a cada opinión pueden ser más agresivas. ¿Le da miedo hablar de política?

Sigo diciendo lo que pienso. Más que no opinar porque cada vez esté más crispado el ambiente o cada vez haya más enfrentamiento, lo que pasa es que a veces puede echar para atrás o hacer que te lo pienses dos veces antes de abrir la boca lo que se hace con esas declaraciones o esas opiniones: cómo se manipulan tantas veces las cosas, cómo se sacan de contexto, cómo se utilizan como armas arrojadizas simplificando los mensajes… Eso es lo que más perpleja me deja esta era del Twitter y de los mensajes reduccionistas.

Las posiciones tan polarizadas que vemos hoy en día en la política española, ¿juegan en contra de la cultura? ¿La instrumentalizan?

Se están dando casos de control desde el poder político hacia el hecho cultural, véase como ejemplo lo que ha ocurrido con Paco Becerra y su Santa Teresa en los Teatros de Canal [retirada de la programación por injerencia política]. Es urgente y necesario que se legisle rápidamente para que no sea el poder político quien tenga la última palabra a la hora de programar los teatros públicos o cualquier manifestación cultural.

El movimiento MeToo no tomó la misma dimensión en España, si bien a pesar de ello artistas como Maribel Verdú ha comentado que ciertos productores la vetaron por negarse a alguna propuesta. ¿Usted también ha sido o se ha sentido víctima del abuso de poder?

Yo no he vivido situaciones como las que ha contado Maribel, pero sí que he estado inmersa en este sistema en el que además, cuando yo era joven, el factor de la belleza o el de las actrices jóvenes como objetos sexuales de las historias pesaban. Así que sí he sentido esa mirada hacia la mujer como objeto de deseo; es algo que ha pesado durante toda mi juventud y en la parte de mi edad adulta. Pero de repente, llegó la frontera: los 35 años.

«El cine ya está ligado a las plataformas, pero es insustituible ver una película en una sala oscura, con gente que no conoces y compartiendo esa experiencia colectiva»

Precisamente por eso le quería preguntar, porque en varias ocasiones ha dicho que a partir de los 35 el cine español dejó de contar con usted. ¿Cómo lidió durante esa etapa con los miedos y las inseguridades propias de su profesión?

Sentí que ahí se producía un vacío en mi carrera cinematográfica y hubo un salto directo de ser objeto de deseo a ser la madre del objeto de deseo, pero sin tener todavía la edad suficiente para ser madre. Esas chicas de 18, 20 o veintipico años como hijas cuando apenas tenía 35… Sí que he notado eso en relación con el rol que juegan o que hemos jugado durante mucho tiempo las actrices cuando éramos jóvenes y hacíamos este tipo de personajes. Evidentemente, se reproduce y sigue existiendo ese canon, pero creo que ahora hay mucha más variedad y mucha más conciencia que hace 30 años.

¿Las actrices se sienten en la obligación de encontrarse en unas condiciones físicas y estéticas determinadas para poder desempeñar vuestro trabajo?

Esta presión la sentimos todas las actrices del mundo, no solo españolas, porque nos pesa el canon o lo que se espera de nosotras. Y si no cumplimos determinadas normas o determinadas características y nos salimos de ese molde, sentimos que estamos decepcionando a esa mirada masculina que se posa sobre nosotras (y que nos ha calado tan profundamente que ya la hemos hecho nuestra). Pero no es un problema de las actrices, sino de la mirada masculina en la percepción que tenemos de nosotras mismas y que queremos ofrecer al mundo.

En su día se bautizó como la musa de la intelectualidad. ¿Se siente identificada todavía hoy con esa etiqueta?

No me gustan las etiquetas, pero puestas a elegir «musa de la intelectualidad» no está mal. ¿No?

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