Sociedad

¿Quién es cuando deja de trabajar?

Todavía a ojos de muchos, ser un adicto al trabajo es sinónimo de éxito. La satisfacción que proporciona «la tarea bien cumplida», siguiendo los razonamientos del padre de la sociedad líquida, Zygmunt Bauman, adquiere hoy la categoría de «entretenimiento supremo» y difumina la fina línea que divide la conexión con uno mismo y su ocio de la jornada laboral.

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19
Sep
2022

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Workaholism. Detrás de este término entre lo irónico y lo sombrío se encuentra un concepto que cada vez cobra más importancia: la adicción al trabajo. Según como se mire, para muchos resulta incluso un elogio.

El concepto data de los años setenta y aparece por vez primera en un libro titulado Confesiones de un workahólico, del psicólogo Wayne Oates: atrás quedaron las suspicacias de los compañeros y los jefes ante quien echaba horas de más –los primeros, por considerar que les hacía un flaco favor al dejarlos en evidencia; los segundos, por sospechar que lo que causaba esa práctica era una falta de rendimiento–, hoy en día se ha implantado tal culto al trabajo que comienza a ser, además de un práctica pírrica, un serio problema, sobre todo de salud. 

Los ejemplos vienen de antaño, si bien eran excepciones. En la década de los treinta se extendió el estajanovismo, un movimiento nacido en la antigua Unión Soviética e impulsado por el minero Alekséi Stajánov que propugnaba el aumento de la productividad laboral basado en la propia iniciativa de los trabajadores. En los ochenta, un agente de bolsa japonés, Kamei Shuji, alardeaba de que su jornada laboral, por decisión propia, era de noventa horas semanales –sus responsables estaban encantados con él–; un infarto se lo llevó por delante con 26 años. Siempre ha habido quien ha vivido para trabajar.

La inestabilidad laboral y los contratos precarios han conseguido que se anteponga la realización personal a través del trabajo

En la actualidad, sin embargo, todavía a ojos de muchos ser un adicto al trabajo es sinónimo de éxito, de que las cosas van bien. Carece de sentido el matiz –categórico– que distinguía trabajo de empleo ya que, mientras el primero guardaba vínculo estrecho con lo que conocemos como vocación, el empleo, en cambio, era un cometido remunerado regido por un contrato entre un empleador y un empleado. Las horas que excedían la jornada solían estar motivadas por un acentuado disfrute del trabajo. Ya no: ahora el contrato es de uno consigo mismo. Y es difícil que uno se retribuya económicamente a sí, pero trabaja a destajo.

No cabe duda de que la inestabilidad laboral, la incertidumbre económica, los contratos precarios, la escasa posibilidad de prosperar profesionalmente dentro de una misma empresa, la desaparición de los oficios artesanales y la deslocalización empresarial, entre otros factores, han conseguido que se anteponga la realización personal a través del trabajo en detrimento de otras contraprestaciones como el sueldo, el horario, la conciliación o la estabilidad. Y así se forjan aquellos que no saben decir quiénes o qué les define una vez terminan su jornada laboral.

Vivir para trabajar provoca el abandono de las redes de afecto, agotamiento, problemas de salud y desmotivación

La satisfacción que proporciona «la tarea bien cumplida», siguiendo los razonamientos del padre de la sociedad líquida, Zygmunt Bauman, adquiere hoy la categoría de «entretenimiento supremo». Si uno no para de trabajar vende la imagen de lo plenamente realizado que está. Sin embargo, el fruto de nuestro trabajo es cada vez más opaco: antes, un trabajador en una fábrica de automóviles podía comprobar el resultado final de aquello en lo que intervenía; hoy, los empleos adquieren un perfil multitarea al ritmo voraz de una competitividad cainita, por lo que no poder concretar el fruto de nuestro trabajo nos exige renovadas habilidades y destrezas, sin poder permitirnos bajar la guardia un instante. Si no te mueves, no sales en la foto.

Adictos al trabajo con la perversión que lleva implícito el término, que hace recaer en el sujeto toda la responsabilidad, como si las relaciones laborales del sistema o las condiciones de los entornos laborales fueran ajenas al proceso, al síntoma. El trabajo es la felicidad, por eso nos cristalizamos en adictos al trabajo, relegando el hecho de que provoca el abandono de las redes de afecto y cuidado (familia, amigos), agotamiento, problemas de salud (depresión, estrés) y finalmente desmotivación, porque las exigencias para alcanzar la satisfacción en el trabajo, para transformarnos en ese yo ideal que presupone la realización personal por la vía laboral, se vuelven inalcanzables. Es el adicto al trabajo el que crea lo que el filósofo norcoreano Byung-Chul Han denomina la sociedad del rendimiento.

La pandemia ha agravado la situación, inoculando el miedo al despido y el imperativo de estar en casa, con lo que los límites espaciales entre trabajo y ocio quedaron por completo difuminados. A ello se une la digitalización de la vida, que permite responder a un correo desde el teléfono móvil a cualquier hora: somos emprendedores, dinámicos, audaces, dispuestos, infatigables. Le dedicamos el trescientos por cien de nuestro tiempo a esta empresa en que nos hemos convertido, pero ¿a qué precio?

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