Sociedad

La felicidad, ¿pura química?

Nuestros estados de ánimo, positivos y negativos, son la expresión cognitiva de un proceso biológico que se inicia en lo más diminuto del sistema nervioso, con la liberación de endorfinas, dopamina, serotonina… ¿Son estas moléculas las máximas responsables de nuestro bienestar?

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06
Sep
2022

Pocas preguntas existenciales son tan complejas de responder como la de qué es la felicidad. No se puede tocar. No se puede medir de forma absoluta. Ni siquiera estudiar en otros animales. Pero el ser humano sigue en su eterna empresa por dar con una respuesta. La felicidad, para algunos, es el poder definitivo de la autoconciencia, capaz de trascender el mundo físico. Para otros, un mero mecanismo de supervivencia, más sofisticado que el del resto de mamíferos pero lejos de ser una habilidad divina.

En la Antigua Grecia, Aristóteles ya reflexionaba sobre ello y dejó por escrito que la felicidad constaba de dos componentes: la hedonia, que es el placer espontáneo que sentimos a corto plazo tras realizar una actividad que realmente nos gusta, y la eudaimonia, la satisfacción prolongada al echar la vista atrás y reconocer haber disfrutado de una vida buena. Aquella teoría fue tan bien acogida entre los académicos que ha perdurado hasta hoy, aunque en lugar de hedonia y eudaimonia distinguimos simplemente entre placer (o dolor) y autorrealización, respectivamente.

Las teorías más actuales apuntan a que ambos componentes son parte de un proceso cognitivo caracterizado por la búsqueda de incentivos (el querer algo), la satisfacción (el placer al conseguir ese algo) y el aprendizaje (la asociación entre un comportamiento y el incentivo que conlleva). Las tres facetas están en constante interacción, por lo que resulta realmente complicado entender cómo funciona concretamente la felicidad como concepto unificado.

Aristóteles ya dejó por escrito que la felicidad constaba de dos componentes: la hedonia, el placer espontáneo, y la eudaimonia, la satisfacción prolongada

Además, la representación cognitiva peca de superficial, por lo que la psicología se acoge a las reglas de la neuroquímica para intentar aportar una explicación más precisa: la felicidad podría ser el resultado de la actividad eléctrica en dos sistemas de nuestro cuerpo,  el nervioso y el endocrino, que trabajan estrechamente para crear las emociones que a posteriori identificamos como bienestar. Cada uno de ellos tiene a su mensajero químico predilecto; el sistema nervioso a los neurotransmisores y el endocrino, a las hormonas. Y de todas ellas hay algunas hacia las que la ciencia apunta como posibles responsables de la felicidad humana:

-Las endorfinas, moléculas con una estructura química muy similar a la morfina que, como esa, actúan como un analgésico (natural). Se liberan cuando hacemos deporte, comemos chocolate o nos enamoramos y, además de ayudarnos a reducir el dolor, tiene un efecto antidepresivo y antiestrés

-La dopamina, uno de los neurotransmisores más importantes del sistema nervioso central que participa en funciones motoras, afectivas, de memoria y aprendizaje. Incluso es la mediadora de placer momentáneo, de aquí el sobrenombre de «molécula de felicidad a corto plazo». Por ejemplo, cada vez que miramos cuántos likes ha recibido nuestra última foto, cada vez que escuchamos nuestra canción preferida o que nos compramos una camiseta nueva, se libera dopamina

-La serotonina, la molécula de la felicidad por excelencia. Se encarga de mantenernos alegres regulando las funciones fisiológicas más importantes como el sueño, el hambre, el ritmo cardíaco o el humor. Una forma de estimular su producción es recordar un evento del pasado en el que nos sentimos felices. Si de la dopamina decíamos que está más ligada al corto plazo o a la hedonia aristotélica, la serotonina sería más responsable de la eudaimonia o el largo plazo

-El cortisol, que más que aliado, es casi enemigo de la felicidad. Se encarga de preparar al cuerpo para la batalla contra el estrés, por eso es una hormona imprescindible de nuestro organismo. Sin embargo, es muy fácil volvernos adictos a sus efectos, por lo que sin querer perseguimos estilos de vida demasiado estresantes en busca de la liberación de cortisol. Por tanto, altos niveles de cortisol pueden disminuir nuestra sensación de felicidad

-La oxitocina, hormona de las relaciones interpersonales o del amor. Es la sustancia que nos ayuda a establecer vínculos emocionales con los demás, favoreciendo nuestra seguridad, generosidad y empatía

A pesar de actuar con más de discreción, la norepinefrina (o noradrenalina) y la melatonina también son partícipes del proceso. La primera es una sustancia derivada de la dopamina que nos da impulsos de energía para mantenernos atentos ante los peligros del mundo exterior. La segunda es sintetizada a partir de la serotonina y está encargada sobre todo del descanso. ¿Acaso un mal dormir no genera infelicidad?

Ahora bien, por el momento no existe un modelo biológico concluyente. Si bien es cierto que la comunidad neurocientífica lucha contra viento y marea por establecer relaciones entre actividad molecular y percepción de la felicidad, los hallazgos actuales son una gota en el océano: es más que nada, pero todo por descubrir. Todavía no existe tecnología que pueda medir la felicidad más allá de las autoevaluaciones, que aunque pueden ser orientativas, se alejan de la medición objetiva. Así que, hasta que descubramos una explicación mejor a la de Aristóteles, seamos felices.

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