Opinión

Vivir para servir (o servir viviendo)

La hiperactividad que se expande en nuestro día a día nos mantiene completamente ocupados, pero también nos perjudica gravemente, obligándonos a derrochar el poco tiempo que tenemos. Y no solo eso: tal como afirmaban los estoicos, hacer cosas no necesariamente significa que estas sean útiles.

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21
Sep
2022
hiperactividad

El estrés, el concepto de estar inmersos en una cotidianidad que nos cansa mediante una permanente ocupación, se torna en problema cuando el quehacer que succiona casi la totalidad de nuestro tiempo responde a satisfacer una necesidad externa y no a una pasión que nos envuelve en un tipo de vocación placentera, creativa y productiva. Dicha problemática surge cuando la hiperactividad se impone como producto de moda y modo de vida que ha logrado sustituir el esclavismo clásico por la autoexplotación del sujeto como aparente método de realización personal. 

Séneca señalaba al respecto que estar constantemente ocupados no tiene que ser necesariamente bueno, en el sentido estricto en que dicha forma de vida nos estaría distrayendo de aquellos aspectos de la existencia que son realmente relevantes. Para lograr comprender este razonamiento es crucial, en primer lugar, pensar que no todo es importante: que hagamos cosas no implica necesariamente que sean trascendentes, significativas, necesarias, interesantes o útiles; es decir, cantidad no tiene por qué ser calidad. 

La recomendación estoica interpela permanentemente a centrarse, prestando atención a lo que hacemos, por qué lo hacemos, cómo lo hacemos y para quién lo hacemos. Estar «ocupado» por inercia o para brindar a una sociedad virtual una imagen de utilidad ficticia es, en esta concepción, una estupidez: todo el mundo puede estar realizando simultáneamente actividades totalmente intrascendentes, por más llamativas que sean o por más likes que reciban. 

«Que hagamos cosas no implica necesariamente que sean trascendentes, útiles o necesarias»

Pero preguntémonos lo siguiente: si hoy fuera el último día de nuestra vida, ¿querríamos estar haciendo esto? Estimados lectores, hagan el intento de registrar sus actividades diarias –ya sea en una lista material o mental– al caer la noche durante al menos una semana y procedan a concluir honestamente si aquello que más tiempo les lleva cotidianamente está o no mejorando vuestras vidas. Por ejemplo, ¿cuántas horas diarias dedicamos al consumo visual de los contenidos de redes sociales? De ser posible, pregúntense también si querrían hacer lo que suelen hacer hasta el último día de sus vidas

Los estoicos dirían que lo único que está bajo nuestro control son nuestras opiniones, juicios y decisiones, y no la de los demás. Las opiniones de otros tal vez puedan resultarnos interesantes, e incluso quizás podamos aprender algo de ellas, pero no son más que eso: perspectivas y juicios sobre las cuales no tenemos el más mínimo control o poder. Ahora bien, si nos pasamos la vida buscando la aceptación y aprobación de la percepción que tienen otros de nosotros –ser famosos, vistos o considerados por los demás–, lo que estamos haciendo, básicamente, es tirar a la basura una cantidad considerable de nuestro tiempo. Es bien sabido que la fama es extraordinariamente volátil e ingrata: un día te vitorean y otro, en cambio, un ejército de críticos se vuelven en tu contra. 

Ahora bien, no es necesario que caigamos en malas interpretaciones: las redes sociales no son más que herramientas, y es el uso que le damos lo que propicia las consecuencias que retornan. En todo caso, siempre es fundamental colocar una limitación temporal, incluso si el uso es laboral, promocional o académico, puesto que la idea es no perder innecesariamente la unidad de medida primordial de la vida en estado de existencia: el tiempo. En ese sentido, los estoicos nos enseñaron que una herramienta es eso y nada más, un «útil-para»; cada cual decidirá si las utilizará correcta o incorrectamente. Evidentemente, el dispositivo no nos dirá jamás cómo debemos usarla, aunque en el caso de las redes sociales nos hace permanentemente sugerencias (a las cuales les recomiendo enérgicamente ignorar intencionalmente).

«Los estoicos dirían que lo único que está bajo nuestro control son nuestras opiniones, juicios y decisiones»

Epicteto nos brinda una clara perspectiva al indicar en sus Discursos una reflexión que tal vez pueda resultarnos relevante: si tienes dinero, ¿qué vas a hacer con él? La moneda por sí sola no te lo dirá, ya que es una simple herramienta que acumulamos ya sea por el placer de acopiar o por la necesidad de hacer cosas con ella, como comprar bienes y servicios. Por sí misma, por tanto, es un objeto que carece de valor propio, motivo por el cual desde la óptica estoica no tendría sentido dedicarle completamente la vida a su acopio: no es el oxígeno que llena nuestros pulmones o da sentido a nuestra corta existencia, sino simplemente un medio para un fin concreto. Agustín de Hipona supo traducir al cristianismo lo señalado al decirnos que no es más rico quien más cosas posee, sino el que menos cosas necesita. 

Frente a la cultura de la exposición mediática, prudencia; frente al estilo de vida alienado completamente de un sentido trascendente, razón; y ante la esclavitud propia de sistemas económicos y culturales, sencillez y sensatez. Como habrán podido apreciar, el desapego a lo innecesario es el motor del pensamiento estoico, y no es casual su relectura en nuestros tiempos. Tratemos de recordar que al mismísimo Marco Aurelio, emperador del Imperio romano, le preocupaba el hecho de la adulación constante que recibía, en lugar de gozarla y sacar provecho de ella. Las fuentes históricas y sus escritos nos dan bastantes pruebas de que, a pesar de su fama, intentó ser lo más justo posible en el trato cotidiano con la gente. En Meditaciones nos interpela drásticamente: «Alejandro el Macedón y su mulero, una vez muertos, vinieron a parar en una misma cosa; pues, o fueron reasumidos en las razones generatrices del mundo o fueron igualmente disgregados en átomos». En otras palabras, «recuerda que Alejandro Magno era mucho más importante de lo que eres tú y, aún así, murió». Abocar una existencia tan corta a la búsqueda desesperada de fama y prestigio a cualquier coste no haría otra cosa que renunciar al principio de individuación propio que nos lleva inevitablemente a olvidarnos de nosotros mismos y a quienes decimos amar.

Ante la incesante oferta y demanda de soluciones mágicas ofrecidas por las corrientes editoriales que acercan brebajes de autoayuda masiva, el estoicismo ha sobrevivido con sus ideas a cientos de años. No es un accidente: su invitación a vivir mediante un pensamiento coherente que busca un sentido de la existencia debe ser un permanente recordatorio que nos golpee fuerte e insistentemente en la posibilidad de convertir el efímero destello de vida que nos toca en algo significativo.

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