Sociedad

Solo sé que lo sé todo

Tenemos un total acceso a la información, pero los bulos y las falsas certezas proliferan como si de un virus se tratase. ¿La ignorancia genera más confianza que el desconocimiento? La psicología social confirma las sospechas y Sócrates se revuelve en su tumba al descubrir que, en la batalla por la razón, la duda va perdiendo.

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18
Ago
2022
Razón

Pese a ser una de las figuras más representativas de la epistemología, a Sócrates no se le caían los anillos cuando reflexionaba sobre la imposibilidad de la certeza. Poseer el conocimiento absoluto era un desiderátum para el filósofo, un imposible en un mundo en constante evolución; dudar era –y es– la elección más sabia, pero muy pocos se adscriben a esta doctrina. «Solo sé que lo sé todo» es el mantra que mueve a una sociedad en la que las opiniones pesan más que los hechos, opiniones que a base de repetición se convierten en verdades a priori y, después, en bulos que circulan tan rápido como la luz en el vacío.

Navegar por las redes sociales se ha convertido en una carrera de obstáculos contra la desinformación. A veces proviene de usuarios anónimos, otras de perfiles con su fotografía y nombre real. Incluso son partícipes de ello algunas figuras políticas, expertos en economía, sanitarios y, en definitiva, figuras de autoridad a las que asignamos una credibilidad en su campo. Sea cual sea la formación, los conocimientos o la experiencia que hay detrás de estos perfiles, las opiniones se les escapan de la boca –o, más bien, de los dedos– convirtiéndose en afirmaciones irrefutables. Mientras tanto, quienes realmente saben sobre una materia en concreto, temen compartir su conocimiento por si puede estar incompleto o malinterpretarse. El síndrome del impostor de unos y la arrogancia de otros nos han conducido a una batalla en la que la duda razonable va perdiendo. 

Esta arrogancia del que cree saberlo todo fue estudiada en 1999 por los psicólogos sociales David Dunning y Justin Kruger, doctorandos en aquel momento en la Universidad de Cornell, Nueva York. ¿Por qué el que menos sabe es que opina con más firmeza? Para responder a esa paradójica cuestión pidieron a 65 participantes que puntuasen su habilidad lógica, gramática, social y de comedia. Después, aplicaron un test relativo a dichas áreas a todos los participantes. Los resultados confirmaron, en palabras de los autores, que «la ignorancia genera más confianza que el desconocimiento»: las personas más incompetentes en una materia tendían a sobreestimar su capacidad, así como a infravalorar la de las más competentes. Este sesgo cognitivo recibió el nombre de ‘efecto Dunning-Kruger’.

Según el ‘efecto Dunning-Kruger, los más incompetentes sobreestiman su capacidad, e infravaloran a quienes realmente saben de un tema concreto

Posteriormente, otros psicólogos sociales replicaron las investigaciones analizando otras áreas: los conocimientos económicos y políticos, la habilidad de conducción, la memoria espacial e incluso la empatía. El resultado siempre era el mismo, ya que unas puntuaciones objetivas inferiores predecían una mayor consideración de uno mismo. Por tanto, quedaba demostrado que los más ignorantes se creían más sabios pero seguía flotando una incógnita en el aire: ¿por qué nos cuesta tanto reconocer que no sabemos, que tenemos dudas o que necesitamos información antes de opinar? Hay dos explicaciones compatibles, la primera en la psicología cognitiva y la segunda en la psicología conductual.

Desde el enfoque cognitivo, se explica el ‘efecto Dunning-Kruger’ aludiendo a la capacidad de pensar sobre nuestro pensamiento, es decir, a la metacognición. Esta habilidad comienza a gestarse durante etapas tempranas del desarrollo, concretamente entre los tres y los cinco años, y posteriormente se perfecciona si el entorno así lo permite. Cuando le enseñamos a un niño a reflexionar no solo sobre lo que sabe, sino también sobre lo que desconoce, le resultará mucho más fácil reconocer sus puntos débiles, diferenciar las opiniones de los hechos e incluso preguntar a aquellas personas que sí conocen las respuestas sin ver amenazada su autoestima.

Opinar es una válvula de escape inmediata, un reflejo no solo de la soberbia ideológica, sino también de nuestra intolerancia a la incertidumbre

Desde el enfoque conductual, por otro lado, cobra especial importancia el refuerzo social. ¿Cómo reacciona tu entorno ante la ignorancia? Condenamos a nuestros hijos al ‘efecto Dunning-Kruger’ cuando la educación es autoexigente, ya que la duda pasa a ser sinónimo de fracaso, o cuando es competitiva, ya que la necesidad de ser mejor que los demás les impedirá reconocer sus propias carencias. En ambos casos, se desnaturaliza y negativiza algo tan natural y positivo como es no saberlo todo.

Esta atribución negativa de la duda se produce también cuando somos adultos, sobre todo en ciertos entornos profesionales. Un político no tiene permitido dudar o pasa a ser un ‘inútil’, un periodista no tiene permitido estar desinformado o pasa a ser ‘ignorante’, un psicólogo tiene que tener todas las respuestas o pasa a ser una ‘pérdida de tiempo’ y un médico tiene que recordar todos los diagnósticos o pasa a ser ‘negligente’. A ojos de la sociedad, está mejor visto decir lo primero que se te pasa por la cabeza, aunque sea completamente falso, a reconocer que no sabes sobre algo.

Opinar es una válvula de escape inmediata, un reflejo no solo de la soberbia ideológica, sino también de nuestra intolerancia a la incertidumbre. Sentamos cátedra sobre el coronavirus, la viruela del mono, los incendios que arrasan nuestros pueblos, la nueva cuota de autónomos o las variaciones en el precio de la gasolina sin tener ni la más remota idea de las causas proximales y distales de cada uno de estos fenómenos, porque un tuit o una conversación vacía desplaza el miedo de nuestra cabeza.

A corto plazo, sentimos una agradable seguridad, pero lo curioso de la desinformación, los bulos y las falsas certezas es que se caen por su propio peso. Después, se instaura en nuestro cerebro la disonancia cognitiva, es decir, la frustración que produce saber que lo que creíamos cierto es en realidad falso. Es entonces cuando se nos plantean dos alternativas: desarrollar un pensamiento crítico a base de hechos o aferrarnos a una nueva opinión afín a nuestra ideología. ¿Qué camino escoge?

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