Siglo XXI

Enhorabuena, tiene un millón de correos

La digitalización ha conllevado grandes avances en campos como la ciencia o la técnica, pero también ha creado nuevas patologías, como ocurre con la vertiente digital del síndrome de Diógenes, un trastorno que impide a los afectados deshacerse de objetos (o recursos) acumulados. Pero ¿en qué consiste y qué consecuencias puede tener para nuestras vidas?

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17
Ago
2022
síndrome de diógenes

Todos tenemos en mente habitaciones llenas de objetos amontonados, armarios repletos de utensilios y ropa sin usar o sacos y sacos de cosas que no han sido recopilados por necesidad, sino por obsesión. El síndrome de Diógenes es un trastorno del comportamiento que surge a través de dos factores básicos: un aislamiento completo de la persona y la acumulación de grandes cantidades de lo que, para los demás, sería considerado basura. Se trata de un síndrome característico de las personas mayores que viven solas, si bien también afecta a personas jóvenes.

En 1975 este patrón de conducta fue bautizado de este modo en honor a Diógenes de Sínope, un filósofo cínico griego que defendía la necesidad de independizarse de los bienes materiales en favor de la austeridad: ¿por qué no cargar solo con lo estrictamente necesario? Aunque parezca paradójico, lo cierto es que las personas aquejadas de esta condición suelen identificarse con esta descripción: sienten que lo que almacenan les va a resultar de utilidad en un momento desconocido, si bien en pocas –o ninguna– ocasiones van a encontrarle realmente un servicio. 

Desde la aparición de los dispositivos digitales personales, como los teléfonos móviles, los ordenadores o las tabletas, estos aparatos no solamente se han introducido en nuestras rutinas; también lo han hecho los distintos hábitos que asociamos a su uso. Estas costumbres, como no podía ser de otro modo, han acarreado la aparición o adaptación de algunas patologías: es el caso del síndrome de Diógenes digital. 

Al no ocupar un espacio físico, la acumulación de residuos virtuales se presenta, aunque no sea así, como algo sencillo y sin aparentes consecuencias visibles

¿Quién no acumula cientos de correos electrónicos con promociones caducadas? ¿Cuántas fotos hemos tomado sabiendo que quizás no vamos a recuperar nunca? Hace unos años, la psicóloga especializada en comportamientos digitales Aurora Gómez explicaba en Maldita.es algunos de los principales rasgos de esta patología online. Según la experta, hay dos hechos remarcables en la acumulación excesiva de recursos en línea. La primera es que, al no ocupar un espacio físico, la acumulación virtual se presenta como algo sencillo y sin aparentes consecuencias visibles. Esto también contribuye a no tener la sensación de que la acumulación afecte ni al entorno ni a las personas que nos rodean al no tener un límite material aparente; es decir: no se acumulan en pilas ni habitaciones, sino en inofensivas carpetas digitales. Esto lleva a la segunda observación, que es la traducción de esta acumulación en lo que ya se conoce como residuos digitales, que tienen un grave impacto sobre el medio ambiente. Los servidores consumen muchísimo y esto genera no solamente un mayor gasto de energía y, por tanto, una mayor contribución a la contaminación global, sino también un fuerte desgaste de los servidores centrales. Una de las personas que más ha llamado la atención sobre el impacto de estos residuos digitales es la investigadora y artista Joana Moll, que ha impulsado proyectos como CO2GLE, una instalación digital gratuita que calcula a tiempo real las emisiones del buscador más usado del planeta en su actividad global.

La tecnología ya ha generado auténticos vertederos digitales –originados a partir de los restos materiales– en muchos lugares del mundo, pero la acumulación sin límite de recursos digitales está emulando estos espacios en un no-lugar que poco podemos controlar. ¿Se deben poner límites en la capacidad de almacenamiento virtual? De hecho, ¿se debe educar en el arte de eliminar archivos digitales o no acumular documentos innecesarios? Encontrar un número que represente el máximo acumulable de una persona en la red será, sin duda, una tarea ardua y compleja. Mientras esto ocurre, una pregunta une el síndrome en su vertiente real y digital: ¿por qué no guardar solamente lo necesario?

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