«En las crisis están las semillas del próximo orden global»

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21
Jul
2022
ian bremmer

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El politólogo Ian Bremmer (Estados Unidos, 1969) esconde tras sus gafas algunas de las perspectivas más precisas acerca del orden mundial (y su ahora turbulento futuro). Así lo ha demostrado una vez más con la publicación de ‘El poder de las crisis’ (Simon and Schuster), donde analiza la probabilidad de una nueva Guerra Fría y el posible declive del sistema democrático. ¿Cómo se dibuja hoy el contorno de nuestro futuro?


Las crisis siempre se asocian con devastación, caos y desorden, pero en su libro argumenta que la crisis puede utilizarse como una fuerza movilizadora, como un instrumento que abre oportunidades de cambio que no existían antes de la crisis. 

Durante las últimas dos o tres décadas todos hemos visto con creciente ansiedad cómo nuestras instituciones se han hecho más débiles y menos legítimas, a medida que nuestras poblaciones se han vuelto más y más polarizadas. Y sabemos que no va a mejorar. La realidad es que no nos gustan las crisis, pero en ellas están plantadas las semillas para el próximo orden global, ya que nos obligan a tomar pasos para reformar nuestras instituciones y construir unas más apropiadas para los cambios en el balance de poder del siglo XXI, así como para las nuevas prioridades y la nueva realidad de la economía global, que es radicalmente diferente a la que existía cuando construimos las instituciones que existen hoy.

«Necesitamos nuestras instituciones para la nueva realidad de la economía global»

Eres optimista sobre la posibilidad de que la amenaza en sí active el cambio en cuanto a la crisis climática. La tendencia hasta ahora ha sido pegar balonazos, ignorar y diluir el asunto, necesitándose mucho más para abordar la emergencia climática. Y está seguro de que ese más que se necesita está listo para hacer una aparición en el escenario mundial.

Cada país acepta ahora que tenemos 1,2 ºC de calentamiento global, y todos estamos de acuerdo en que no se debe a los ciclos de la naturaleza, sino a que los seres humanos han emitido demasiado carbono y metano a la atmósfera. Puede que no estemos de acuerdo en cómo abordar la crisis climática, pero el hecho de que haya una aceptación fundamental del problema es una ventaja enorme para poder crear una respuesta. Cuando vemos que los chinos invierten en energía solar y nuclear y en la infraestructura de vehículos eléctricos, nosotros, los estadounidenses, decimos: «Bueno, debemos comenzar a invertir también, de lo contrario, los chinos van a dominar el ámbito de la energía post-carbono». No es una competencia virtuosa, en el sentido de que no hay una colaboración entre China y Estados Unidos, pero estamos remando en la misma dirección, y en ella van también los bancos, las corporaciones, los europeos y las organizaciones no gubernamentales. Sería muy negativo que personas como el Secretario General de las Naciones Unidas de momento dijeran públicamente: «Bueno, podemos resolver esto. No tenemos que trabajar más. Todo va a estar bien». Yo entiendo por qué suenan las alarmas, pero creo que decirle a las personas que somos capaces de responder a esta crisis y que estamos creando las instituciones adecuadas para tener un planeta para nuestros nietos es muy importante. 

Otro gran tema del que habla en el libro es la revolución digital. Como todas las tecnologías, es un arma de doble filo: tiene un gran potencial (y uno positivo), pero también es una amenaza. Usted argumenta que está contribuyendo a la brecha digital entre los que tienen y los que no tienen acceso a todos los beneficios y oportunidades creados por el nuevo entorno tecnológico digital. ¿Por qué?

Bueno, cuando aún estaba creciendo y obteniendo mis grados universitarios, lo que más me preocupaba era la capacidad de las armas nucleares para destruir el planeta. Los estadounidenses y los soviéticos trabajaron bastante duro para contener la cantidad de armas nucleares disponibles por cada nación, así como para evitar que otros actores accedieran a ellas. Ochenta años más tarde, creo que el planeta es más seguro por ello. Hoy, sin embargo, no hay confianza entre estadounidenses y chinos: ambos dominan muchas de las nuevas tecnologías, como los algoritmos de inteligencia artificial para la desinformación y los llamados deep fakes, que impiden determinar qué es real y qué no. Ambos controlan herramientas altamente peligrosas, como las armas autónomas letales y los drones, la computación cuántica y las capacidades cibernéticas ofensivas. Aún así, los estadounidenses y los chinos no están haciendo absolutamente nada para tratar de prevenir que esas tecnologías se expandan a otros países y a otros actores no estatales en todo el mundo. Para mí es evidente que en los próximos 10 años nos vamos a enfrentar con estas tecnologías disruptivas; es decir, el tipo de crisis que el planeta ha enfrentado históricamente con las armas nucleares. Necesitamos identificar ese desafío de manera colectiva y comenzar a trabajar para contenerlo.

«En la próxima década nos vamos a enfrentar con muchas tecnologías disruptivas, como ocurrió con las armas nucleares»

Ha estado prestando mucha atención a lo que está pasando en la guerra en Ucrania ¿Cuáles han sido las principales sorpresas del conflicto?

Es evidente que Vladímir Putin no leyó mi libro, porque es obvio que creyó que se podría salir con la suya. No reconoció que una crisis de esta magnitud era precisamente lo que movilizaría una extraordinaria reacción unificada por parte de Occidente. De hecho, estoy bastante convencido de que si Putin hubiera entendido el nivel y la naturaleza de la reacción que suscitaría su invasión, no hubiera invadido a Ucrania el 24 de febrero. Terminó siendo el mayor error de juicio por parte de un líder global desde que cayó el Muro de Berlín en 1989. Creo que fue una sorpresa muy grande para él, y creo que muchos, que habían visto a la OTAN deteriorarse y estar a la deriva sin una misión, observaron la respuesta occidental con alivio. Los europeos se habían rehusado a gastar dinero en su propia defensa, a pesar de la presión de Estados Unidos. Todos hablaban de cómo los estadounidenses se enfocaban en Asia prestar atención a la relación trasatlántica. Resultó que todo eso se podía abordar con una crisis, y fue el presidente Putin quien proveyó una.

El debate ahora es cómo poner fin a esta guerra, y hay dos campos campos dominantes: uno es el alto el fuego para dar pie al inicio de las negociaciones de paz, mientras que otro dice que tiene que haber una victoria antes del alto el fuego y antes de las negociaciones. ¿Dónde se sitúa en ese debate? 

Mira, el presidente ucraniano, Volodymyr Zelensky, ha dicho que está preparado para sentarse con Putin. Los estadounidenses han apoyado la idea, exigiendo que los rusos retiren todas sus tropas del territorio ucraniano. Es muy evidente que los rusos no están preparados para hacerlo. Por tanto, no creo que existan las condiciones para terminar la guerra. Creo que la realidad es que la paz de la que los europeos han gozado durante 30 años ha terminado. La desvinculación forzada de la economía rusa del resto de las economías industriales avanzadas –a través de las sanciones más importantes jamás implementadas– es permanente. Mientras exista Putin o Rusia tenga un régimen parecido no creo que podamos revertir esto. Ello sin hablar de los cientos de miles de crímenes de guerra que los rusos han cometido contra mujeres, niños y civiles en Ucrania. Sencillamente: no veo una resolución satisfactoria para el gobierno ucraniano y para la gente ucraniana. Creo que generaciones de ucranianos sentirán animosidad, odio y deshumanización a causa de los actos de los rusos. Mi temor es que se pueda congelar el conflicto y el enfrentamiento, sin terminar la guerra. Y probablemente el conflicto se transforme en una guerra fría más amplia, con elementos de una guerra caliente entre Rusia, Europa y la OTAN.

Hay quien sostiene que el poder norteamericano ha ido declinando, mientras otros dicen que Biden está tratando de cambiar lo que está sucediendo con Estados Unidos en el mundo.

El poder estadounidense en el mundo no ha declinado en muchos ámbitos. El porcentaje de la economía global que representa Estados Unidos se ha mantenido relativamente estable durante los últimos 20 años. Las compañías tecnológicas estadounidenses son las dominantes y el país, además, también domina la producción de energía y alimentos. Las universidades estadounidenses, a su vez, atraen a personas de todo el mundo. La fuerza militar estadounidense también es mucho más capaz que cualquier otra fuerza militar en el mundo. El problema es el declive del sistema político de Estados Unidos, que es una parte esencial de cómo los estadounidenses han proyectado su poder global. Se habla de la «nación excepcional», pero la democracia estadounidense se ha erosionado dramáticamente en los últimos 30 años, volviéndose mucho menos funcional. Nadie en el mundo observa hoy a los Estados Unidos y dice «así es que quiero que funcione mi sistema». Y aún así, el presidente Joe Biden sigue hablando de una lucha entre las democracias y las autocracias, como si Estados Unidos fuese la democracia líder. No obstante, ese no es el caso: se trata de un declive estructural que los estadounidenses aún no han comenzado a abordar. Casi todos los días vemos cosas que no tienen precedentes en los Estados Unidos: la filtración de la opinión de la Corte Suprema sobre Roe v Wade, que garantiza el aborto en la nación; los eventos del 6 de enero de 2021 en el Capitolio; el porcentaje de los estadounidenses que no confía en los resultados de las elecciones sin importar quién gane. La realidad es que la habilidad del país de liderar y la disposición de otros países para seguir el ejemplo estadounidense se han erosionado dramáticamente, a pesar de que el poder y la riqueza de los Estados Unidos se ha mantenido.


Este contenido fue emitido en formato audiovisual por el programa de televisión ‘Efecto Naím’, una producción de Naím Media y NTN24. Forma parte de un acuerdo de colaboración de este programa con la revista Ethic.

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